Crítica

Maya – Mia Hansen-Løve

posted by Marc Muñoz 14 marzo, 2019 0 comments
Escapadas regeneradoras

Maya poster

La francesa Mia Hansen-Løve se ha ganado a pulso erigirse como una voz autorizada en la cinematografía europea. Emancipada de lo regular gracias a una mirada capacitada que encuentra en los personajes, su hervidero emocional interno y la expresión no verbal de esta, el ajuste dramático deseado para una variedad de obras que mantienen conexiones entre ellas y que comparten una sombra autobiográfica.

En su última obra hasta la fecha, Maya (en 2020 estrenará la siguiente, la medio rodada Bergman’s Island), se repiten algunas de las constantes de su filmografía. El filme arranca con la liberación de un reportero de guerra Roman Kolinka) por parte del ISIS, y cómo este, tras unas jornadas de desorientación y desaprecio vital en París, decide irse a la India (Goa), para recobrar el aliento y reconectar con su etapa de infancia en esa zona del país. Allí conocerá a Maya, una prima segunda que le aportará la serenidad, la perspectiva vital y el amor que su traumática experiencia ha destripado.

Pero lejos de estructurar su filme en una temática cerrada alrededor del amor curativo (e imposible) – una fase por la que pasa el filme -, Hansen-Løve, como ocurre con tantos otros protagonistas de sus películas, multiplica la dimensionalidad (la hace más compleja al entendimiento general) al dibujar un personaje de altibajos emocionales, atrapado en la melancolía (otra seña característica de su autora), disgustado con su realidad, casi, como una persona incómoda con la mera idea de esa paz interna que muchos buscan cuando acuden a la supuestamente idílica Goa, un lugar que no resulta tan paradisíaco, sino más bien el próximo enclave deformado por la presión turística occidental en búsqueda de paraísos empaquetados, o al menos, esa es la idea que subyace en la mirada que aplica Løve en este cambio de escenario notorio en su filmografía.

Aunque el verdadero motor de la obra, lo que estimula la mirada perspicaz y sensible de su autora, es esa idea de movimiento como terapia para sanar heridas, y para evitar de nuevas. Se entiende así cómo el desarraigo crónico de su protagonista, su incapacidad para permanecer estático (también en el campo sentimental), le ayuda a seguir adelante, y cómo lo presenta, ante la otra implicada en el efímero pero bello relato de amor, dándole una vuelta noble.

Maya es un drama ligero, pero hermoso, de los que en manos de otros cineastas hubieran podido caer, fácilmente, en la indiferencia, pero que bajo la sensibilidad de la autora de Eden por los detalles inapreciables, adquiere una  mayor entidad y permanece más perenne en la memoria de lo que se podría intuir.

 


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