Crítica

Meek’s Cutoff – Kelly Reichardt

posted by Marc Muñoz 3 mayo, 2011 0 comments
La llanura del anti-western

Joseph Conrad escribió en su día que “El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector.”, una frase que encaja bien con el cine de la norteamericana Kelly Reichardt. Su última película, Meek’s Cutoff, es una muestra de obra abierta que exige la máxima colaboración de, en este caso, el espectador. Aquí el público no puede sentarse en la butaca y esperar ser una figura pasiva del discurso narrativo. La audiencia está obligada a implicarse en la obra, a destripar sus imágenes en busca de significado, respuestas y sentido, en una película que puede resultar vacía e insustancial si uno no da ese esfuerzo.

La directora de Old Joy no nos narra en su última película un viaje al corazón de las tinieblas, sino la travesía de unos personajes a través de él. En clave de road movie psicológica, la película resigue la historia real de tres familias que en 1940 atravesaron el camino de Oregón para establecerse como tanto miles de colonizadores en los terrenos inhabitados del lejano Oeste americano. Pese a contar con la ayuda del guía Stephen Meek para abordar el camino que los separa de su destino, ponto se nos señala, mediante una escena en la que uno los pioneros graba la palabra “Lost” (perdido) en un tronco caído, que en realidad desconocen hacía dónde se dirigen. Cuando las cosas parecen encaminarse irremediablemente hacía un callejón sin salida, la expedición se topa con un inquieto piel roja, en quien depositan sus últimos cartuchos para lograr agua, o morir en el intento.

Con Meek’s Cutoff, Reichhardt cierra lo que ella misma ha definido la “trilogía de Oregon”, que completan Old Joy y Wendy & Lucy. Todas ellas comparten ciertos hilos temáticos que caracterizan el cine autoral de esta cineasta independiente. En su última producción la caravana se encuentra perdida desde el primer fotograma, y se resalta desde el inicio con la escena comentada en el párrafo de arriba. En Old Joy los protagonistas también se pierden en su camino por las montañas, y en Wendy and Lucy su protagonista parece perdida, sin un rumbo claro y dejada a la suerte de ese pueblo que muestra su faceta menos acogedora. En las tres los personajes se ven inmersos en un viaje que se deteriora, se trunca, y con ello aumenta su desesperación. Por último de ambas se pueden extraer corrientes subterráneas de signo político. Stephen Meek representa un líder obsoleto, llano, incompetente, y cuestionado que encajaría con el papel de George W. Bush en la presidencia. También sobrevuela en la película el choque de culturas de la invasión norteamericana en los territorios de Afganistán e Irak, con la división radical resultante que hay entre Meek y el indio. Entre los cuáles prevalece la fricción y la violencia como métodos únicos para extraer información o resultados (que encontraría su reflejo actual en el deshumanizado Guantánamo).

Al igual que en Wendy & Lucy, la cineasta prioriza en el relato su visión femenina. Si allí, Wendy (Michelle Williams) se erigía en protagonista absoluta de la cinta, aquí Michelle Williams repite con Emily Tetherow, un personaje femenino con carácter, que va adquiriendo cada vez una voz más activa en el tortuoso viaje. La directora no duda en detallar el papel relegado al que la mujer estaba destinada durante la época en que transcurre la historia, y es, precisamente en esta contraposición, cuando Tetherow remarca su rol de heroína atípica, que cuestiona los modales, la ética y las decisiones del líder de la expedición (incluso por encima de su marido), y se convierte en la gran defensora (¿la única?) de las intenciones del indio. El traspaso de roles definitivo se cristaliza en esa escena en la que se arma con un rifle para apuntar a Meek, que a la vez apunta al indio.

Uno de los motivos por los que se puede considerar a Meek’s Cutoff un anti-western es por este retrato inusual de la mujer en el lejano oeste. Aquí no se presencian duelos, tiroteos entre vaqueros y indios, no aparecen salones donde la cerveza se desparrama y las cartas de póquer comparten atención con los bustos de las prostitutas, sin embargo sí que hay un personaje femenino de fuerte presencia que puede recordar por ciertos trazos a los que interpretaba Haile Steifield en Valor de ley de los Coen,  otro western de tono atípico.

Las constantes de Reichardt no se quedan sólo en el plano temático, la representación formal vuelve a plantearse desde el naturalismo y una mise en scène minimalista. Una vez más el despojo de elemento fílmicos suma a favor del relato y los estados de ánimo de sus personajes. Su angustioso via crucis por el desolado, arisco y seco landscape americano se instala en la retina del espectador con esos planos generales de los carros avanzando como hormigas por las interminables e inertes explanadas. Una vez más, el paisaje se atenaza sobre los protagonistas como el verdadero enemigo, y Reichardt lo filma con panorámicas que subrayan la vulnerabilidad de los personajes frente a él. La directora también potencia ese creciente ritmo de desesperación ante la no evidencia de agua alrededor con sutiles pero efectivos hincapiés. La angustiosa música compuesta por Jeff Grace subraya mediante la estridencia de los instrumentos de cuerda la cada vez más inaguantable situación de sus protagonistas. Algo que en el plano físico, se percibe con el aumento de tensión entre el grupo, la fatiga y cómo toda la situación va mermando físicamente y agrietando psicológicamente. En ese sentido, cobra un papel preponderante el inquietante indio, que de amenaza para el grupo, se torna en la única esperanza a la que agarrase para salir con vida del atolladero. Reichardt acierta en dotarlo de una ambigüedad perturbadora, que se refleja en las propias dudas de Tetherow (su máxima defensora), y que se traspasan al espectador.

Toda una paleta de sentimientos, dudas, crispaciones, incertidumbres que quedan extendidas a la perfección por un plantel actoral a las órdenes de una directora que puede alardear de dominar la dirección de actores. Michelle Williams demuestra una vez más porque es una de las mejores de su generación. No menos impecable están los compañeros de reparto de esta caravana de la muerte: Paul Dano, Will Patton, Zoe Kazan, y especialmente, Bruce Greenwood en el barbudo y mal intencionado Meek, y el hermético indio que interpreta Rod Rondeaux.

Como casi no podría entenderse de otra forma, la película presenta un final abierto, deja sin concluir el frágil devenir de esa expedición. Una apuesta que dejará insatisfecho a un buen número de espectadores, en concreto a todos aquellos que no hayan sabido ver (o no hayan querido) que la historia de Meek’s Cutoff se centra en ese viaje crudo y visceral por la estepa norteamericana, no en su destino. En el camino el espectador se ve abocado, junto a sus protagonistas, a un terreno pesadillesco de impredecible suerte. Es el viaje por el que nos lleva esta cineasta independiente lo que hace a su filme notorio, su destino queda abierto a las cavilaciones de cada uno,  o a las posteriores investigaciones, como una estimable obra abierta.

                  


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