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Crítica

Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres – David Fincher

posted by Manel Carrasco 12 enero, 2012 0 comments

El mal que acecha

 

Los hombres que no amaban a las mujeres

La historia con la que se inicia el fenómeno es ampliamente conocida: En 2004, el periodista sueco Stieg Larsson da punto final al tercero libro de su saga Millennium, con la que saca los colores de la Suecia actual con un retrato de sus interioridades, pasadas y presentes, más vergonzantes. Entre sus mejores bazas, un notable diseño de personajes, encabezado por el periodista Mikael Blomkvist y, en mayor medida, por Lisbeth Salander, una hacker tan brillante como condicionada por un pasado de psicótica potencial. Pero Larsson, tristemente sujeto al mismo ritmo de vida que Blomkvist, muere de un ataque de corazón a las puertas de su redacción, y no llega a ver cómo su trilogía se convierte en uno de los primeros fenómenos del siglo XXI, arrastra a millones de seguidores a las librerías, y se convierte en la punta de lanza de la irrupción del noir sueco en el mercado mundial. Con semejantes antecedentes, solo era cuestión de tiempo que la televisión sueca encargara adaptaciones para la pequeña pantalla, que aquí pudimos ver en el cine como largometrajes estancos y en formato de miniserie.

¿Ya está? Pues mira, no. Hollywood se ha interesado por el proyecto y se ha marcado su propia versión de Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer volumen de las aventuras de Blomkvist y Salander. Nada raro para una industria que siempre ha tenido el hábito de reinterpretar películas de otras partes del mundo, con mayor o menor fortuna. Claro que si la cosa la dirige David Fincher el proyecto toma otro cariz. Con La red social (2010) aún enfriándose, el respetado realizador se destapó con su interés por adaptar el trabajo de Larsson. De entrada, el anuncio dotaba de cierto prestigio a un proyecto que a muchos les sonaba absurdo, habida cuenta de que las adaptaciones suecas apenas cuentan con un par de años de existencia y su impacto fue bastante apreciable. Fincher tiene, como se suele decir, mucho futuro en Hollywood, pero aún más presente, con un ritmo de trabajo envidiable en producción y resultados, pero estaba por ver hasta dónde podía llegar con un material tan masticado como inflamable.

De entrada, el relato tiende un puente entre el universo del escritor y el del cineasta. La tesis de base de Los hombres… no anda muy lejos de los universos fincherianos: tras cada sociedad, bajo cada familia, acechan monstruos. Psicópatas, obsesos, violentos autodestructivos, ególatras tiburones de las finanzas, todos viven en ambos mundos y transmiten pareja fascinación. Sin embargo, en la narración de Larsson el primer volumen centra sus esfuerzos a partes iguales entre la investigación de una trama de asesinatos al uso y la construcción de unos personajes que deben desplegarse en el resto de la trilogía. Pero el equilibrio que el autor sueco lograba en la primera narración se desmoronaba en las siguientes entregas, sobredimensionadas en el retrato de Lisbeth hasta salirse por la tangente en atisbos de superheroína. En la versión norteamericana, Fincher y el guionista Steven Zaillian escapan a la condición anecdótica de “adaptación de…” que lastra tantas películas surgidas de best-sellers. Sin traicionar la esencia del relato, sin veleidades autorales, sin golpes de efecto barato, la narración plantea un doble objetivo que convierte la investigación en música de fondo, un marco para las pretensiones de los cineastas: Por un lado carga las tintas en el retrato de personajes, con la necesidad bien planteada de que el espectador se rinda sin ambages al perfil de Lisbeth Salander y a su condición de elemento diferencial del relato. Por el otro, y en perfecta sintonía con la tesis de la trilogía larssoniana, la constatación de las miserias de una familia se convierte en representación de los traumas de una sociedad entera, cuyos puntos oscuros van más allá del asesinato de Olof Palme.

La elección de Rooney Mara como Lisbeth Salander, tras un cásting exhaustivo y repleto de nombres, es un nuevo acierto. Su nervio y su capacidad para salir airosa de las escenas más peliagudas permiten que el relato se apoye en ella sin problemas. En la versión sueca, Noomi Rapace logró superar con buena nota el desafío de dar cuerpo a lo que solo era tinta sobre papel, y en la norteamericana Mara ha sabido recoger el testigo y amoldarlo a su talante, a su respiración, a su propio físico. Es muy temprano aún, pero si la carrera de esta actriz se va a caracterizar por la entrega y el temple que demuestra en este caso, todo director puede tener en ella a una valiosa aliada. El resto del reparto, como el de todo el equipo técnico, juega con el mismo reglamento, ciegamente confiados a Fincher, y el prestigio de la mayoría de sus nombres da buena cuenta de la envergadura del proyecto.

Los logros de Fincher saltan a la vista. Su buen hacer como realizador se materializa en una planificación impecable y una puesta en escena que no deja casi nada al azar. Cuesta imaginar que incluso los pequeños deslices que puedan detectarse no sean elecciones conscientes y reflexionadas. Si su colaboración con Zaillian ha resuelto centrarse en unos aspectos de la historia y no en otros, y al margen de si coincidimos con su criterio, difícilmente podemos achacar el resultado a una falta de previsión, o a los errores de un director novato o más torpe. Y podemos discutirle una cierta apatía en el relato de la trama de la investigación, o alguna licencia personal que no necesariamente aporta nada al conjunto. Pero ante un producto de tan impecable factura cuesta no hacer la vista gorda, especialmente si las dos horas y media de metraje consiguen mantenernos razonablemente pegados a la butaca con su combinación de belleza formal, ritmo ajustado y alguna que otra pequeña gamberrada personal. Una reflexión sobre el mal en algunas de sus peores formas, encarnado en el sexo masculino pero pegado a toda una estructura social, latente bajo estratos de honorabilidad, escondido en los bellos parajes de la Suecia invernal. Fincher asume el riesgo de adaptar un best-seller tan conocido como inclinado a la truculencia y el exceso, y el resultado reivindica la fusión entre el Hollywood más obsesionado con la readaptación y el remake y el prestigio de un cineasta capaz de ofrecer un producto incontestable, ajustado a su perfil pero con vocación comercial.

marco 75

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