Crítica

Mirai, mi hermana pequeña – Mamoru Hosoda

posted by Alberto Varet Pascual 12 marzo, 2019 0 comments
La casa de un arquitecto

Mirai, mi hermana pequeña

La casa en la que vive Kun, el niño que protagoniza el último trabajo de Mamoru Hosoda, es particular. Cuando llueve se moja, pues tiene un patio central descubierto. Está forjado con enormes cristaleras que ponen a dialogar los espacios: el superior, destinado a los adultos; el medio, donde encontramos el citado patio; y el inferior, que es donde el crío juega. La llegada de una hermanita, la Mirai del título, desplazará a Kun forzosamente del espacio inferior al superior, ya que es allí donde sus padres pasarán las horas por cuestiones tanto domésticas como profesionales.

El film encuentra en esta estructura por niveles la principal razón de su puesta en escena. O quizás, más bien, en la eliminación de la misma, materializada con brío en los pases de la realidad a la ficción que Hosoda propone con una naturalidad espectacular. Ahí está la figura antropomórfica del perro de la familia para atestiguarlo. Todo un disparate que agradaría al mismísimo Goya.

Una vez rotos los límites realistas que se le suponen a un relato familiar ozuiano, el autor de Summer Wars puede hacer correr su imaginación para llevarnos a tratar de entender los recovecos de la mente infantil. Lo hace a través de unas set-pieces vertiginosas capaces de dar cuerpo a un estallido de furia y lágrimas en forma de banco de peces o a la soledad mediante ese lugar gigantesco y vacío a los ojos de un niño (y un adulto) que es una estación de tren.

Es allí donde se opera el clímax de un film igualmente empeñado en el diálogo entre la memoria y la Historia. La vida y/o la familia, entonces, como un tren que no cesa, que se carga y se vacía de viajeros en su trayecto, y que tiene para cada uno de nosotros un recorrido con diversas estaciones y un destino.

La construcción de este Tren de la Vida es emocionante y verdadera. La candidez de la fotografía en la estación se entrelaza con lo impersonal de los viajeros para dar cuerpo a esa sensación perfectamente reconocible para cualquiera que se haya sentido perdido espiritualmente en esas sofisticadas arquitecturas. Los largos planos tranquilos y ambientales de la secuencia bien pueden remitir a las paradas previas a un recorrido de un tren de alta velocidad que será reflejado en las posteriores y excitantes escenas de acción.

Hay algo puramente abstracto en toda la puesta en escena de una obra que abre con una frase que hace mención a lo extraña que es la casa diseñada o elegida por un arquitecto. Mamoru Hosoda es ese maestro de líneas rectas (las de la casa, los trenes, las vías o el robot asistente de la estación) y curvas (las del rostro de Kun, las del reloj del animatrón) que dialogan constantemente hasta que la imaginación las rompe para que podamos comprender mediante el fantástico el significado de los pequeños gestos cotidianos que se nos escapan en nuestra rutina.

Mirai, mi hermana pequeña se las apaña para cimentar un universo de viajes de ida y vuelta sin salir del hogar. Con ello consigue hacernos recordar por qué colocamos aquel día en el salón esa figurilla de valor familiar e histórico (o sea, tradicional) cuando las obligaciones sociales nos lo han hecho olvidar. ¿Y no es ésta la razón de ser del cine? No parece casualidad, entonces, que el emblema de esta gran película sea un tren.

8


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