Crítica

Mistress America – Noah Baumbach

posted by Marc Muñoz 1 octubre, 2015 0 comments
Damiselas en apuros

Mistress America poster

El neoyorquino Noah Baumbach anda inmerso en una vorágine creativa que le ha llevado a compaginar la dirección de varios proyectos en un corto período de tiempo. Tras estrenar la grácil Mientras seamos jóvenes regresa con Mistress America, otra historia alrededor del salto generacional que lo erige como cronista del Nueva York de hoy en día aunque el resultado , como en la citada, resulta desigual y descafeinado. Por si fuera poco, a estas dos ficciones les seguirá un documental sobre Brian De Plama, codirigido junto a Jake Paltrow.

Una hiperactividad laboral que destapa las carencias de un cine impregnado de sabor francés – especialmente el de la nouvelle vague, pero también sus perecederos, Leos Carax – así como del cine del también neoyorquino Woody Allen. Sin embargo, en su último acercamiento -quizás debido a esta falta de aire entre proyecto y proyecto – las costuras de su cine se destapan prefijadas, poco consistentes, y sin duda no tan firmes ni sugerentes como en la formidable Frances Ha, u otros largometrajes anteriores, como Una historia de Brooklyn.

Construida como una screwball en el Nueva York de nuestros días, Mistress America cuenta el relato de amistad entre Tracy (Lola Kirke), una inadaptada y poco popular estudiante de primer curso de universidad que entra en contacto con la que va a ser su hermanastra, la aventurera, decidida y vital Brooke (Greta Gerwig).

Sin embargo la primera zancadilla impuesta por el guión escrito entre Noah y su pareja Greta Gerwig son dos personajes centrales de los que dificilmente brota empatía, y a los que cuesta cogerles cariño. Ambas por una afección desmesurada que afecta sus personalidades, respaldadas con sendas actuaciones de las actrices mencionadas, y que termina afectando el grado de empatía que pueda surgir, indistintamente del vínculo que el espectador pueda establecer con ellas.

Dos personajes que representan ese sentimiento neoyorquino tan compartido de solitud, dos mujeres a la deriva, en busca de afecto, una transmitiendo ese afecto adulador, que como reverso le propiciará un incremento de su popularidad en el difícil ambiente universitario, y la otra como una consumada víctima de la vida en la gran ciudad, que busca instruir a esa hermana pequeña que nunca tuvo. Sin embargo ese contenido queda la mayor parte del metraje inerte, incapaz de subir a la superficie mediante las imágenes. De hecho impulsa mucho más ese sentimiento la genial banda sonora que componen Dean Wareham y Britta Phillips – habituales del los filmes del director de Greenberg – que la propias imágenes dibujadas, las cuales solo logran impregnarse de cierta melancolía y valor en lo exteriores de ese Nueva York que actúa como escenario en las representaciones de Baumbach.

Y utiliza el término “representación” porque la película se aqueja de un tono demasiado teatral que no cuaja con el relato, y que provoca esa afección en los personajes que puede resultar hasta molesta. Tampoco las situaciones imaginadas terminan de encajar en una historia que se presupone cómica, pero que apenas deja aflorar brotes humorísticos, más allá de algún diálogo y situación aislada, la mayoría de ellos concentrados en esa larga secuencia final en la casa de las afueras donde de nuevo se intenta invocar la esencia de Woody Allen, e incluso de los Hermanos Marx sin demasiado acierto.

Mistress America se construye, como su anterior film, con una película desinflada por la perspectiva de la mirada que impone Noah Baumbach, quizás demasiado distraida con todos sus proyectos. Una que no logra encontrar ni el tono, ni el estilo, ni el relato con el que nos maravilló hace pocos años con Frances Ha, y eso, que ambas historias, presentan varios puntos de unión.

5


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