Crítica

Moonlight – Barry Jenkins

posted by Marc Muñoz 8 febrero, 2017 0 comments
Bajo la luz azul púrpura

Cartel Moonlight

Con Hollywood sumido en una crisis de identidad y creatividad alarmante, y con los académicos deseosos de resarcir las heridas abiertas el pasado año con el #Oscarsaresowhite, Moonlight irrumpió en la temporada de premios como la roseta salvadora: esa pequeña perla indie a la que mimar y  con la que enarbolar  de nuevo orgullosos las “causas justas” que cada año centran las galas temáticas (la de este año, ya lo avanzo,  será negra y naranja) promovidas por los académicos.

Sin opciones reales de competir con La La Land en la cercana gala de los Oscar, no deja de ser manifiesto que el contexto descrito arriba ha favorecido de forma acusada la visibilidad de una película, que quedará por saber, si en otros años, sin esa necesidad imperiosa de poblar los asientos del Dolby Theater con afroamericanos, hubiera gozado de la misma suerte dispensada hasta la fecha. Aunque es igual de cierto que la coincidencia ha resultado beneficiosa para todas las partes, ya que el espectador poco dado a este tipo de cine se acercará mediante este impulso promocional a una mirada inusual,  poco envasada desde la meca del cine, al menos, bajo la estampa del sello Oscar.

Basado en la obra teatral In Moonlight Back Boys Look Blue de Tarell Alvin McCraney, Barry Jenkins se apodera de este relato eminentemente autobiográfico sobre una juventud marcada por la adversidad, volcando en éste un cúmulo de experiencias vitales propias – tanto el dramaturgo como el director crecieron en Liberty City, uno de los barrios más humildes de Miami, y sus madres fueron víctimas de la pandemia del crack de los 80 – con las que consigue un lustre realista lacerante. El resultado es un coming of age que explora las 3 etapas de crecimiento y de construcción de identidad de un chaval negro  golpeado por la pobreza, la adicción a las drogas de su madre, el acoso escolar, la homofobia y la violencia. Un regadero de quebraderos que oprimen una identidad atrapada en un mundo crudo e hipermasculino, donde el único referente lo obtiene de figuras paternales adscritas al otro lado de la ley, y donde aún resulta más complejo, no solo salir del armario, sino definir la identidad sexual ante tanto malestar haciendo mella en el ánimo.

Pese al presagio de un drama social de corte británico, Moonlight se desenvuelve como un agente libre capaz de subvertir la rudeza y crudeza de esos ambientes y situaciones dramáticas mediante un tomo emocional de cine de autor, con cierto halo lírico, preocupándose más por los personajes que por la historia. Porque puede que la película adopte cierto ceñimiento sobre la llamada estética indie, pero la mirada aplicada por Jenkins viene educada más allá de sus propias fronteras cinematográficas. Wong Kar-Wai y el cine de Hou Hsiao Hsien son referencias admitidas por el propio autor  que se perciben en el contorno de la película, pero también en los modales refinados y sensibles con los que trata algunos de los temas más peliagudos que afronta el joven Chiron en sus tres etapas vitales.

Hay en el trabajo de Jenkins una belleza que fluye por debajo de la magnética fotografía de James Laxton, escondida en los pequeños detalles que asoman desde su guion y montaje. Las elipsis que separan los tres períodos que captura el filme o la ausencia en pantalla de sucesos relevantes en la vida de Chiron, su determinación por no caer en la recreación de lo grotesco sin renunciar por ello a ciertas sacudidas dramáticas, el uso expresivo del silencio y esas elipsis mucho más sugestivas que lo explícito y lo manido. Y quizá lo más extraordinario es como la película no se pierde ni desfigura ante la multitud de temáticas tratadas, ni cae en esa inercia de quedar limitada al drama social puro o al coming of age edulcorado. Es obvio que Jenkins se esfuerza en recrear la crudeza de esos ambientes que ha palpado pero su criatura sobresale bajo una nueva forma, una sensibilidad que le permite alejarse de la podredumbre, las miserias, pero especialmente de los estereotipos y los estigmas asociados a la población negra en ese contexto conflictivo para sobresalir bajo un ángulo poco explorado, bajo una luz que brilla por su intensidad y belleza.

No todo funciona a la perfección, hay fragmentos más irregulares que otros, pero cuando todas las partes conjugan; la fotografía, la música, el excepcional elenco, la realización, el resultado predispone a dejarse llevar por una belleza insondable y quebradiza, como expone en amplitud ese último tramo que aborda un Chiron crecido (y cambiado), cuando la sensibilidad de dos mundos opuestos representados por los dos personajes se funden en un abrazo especial y tierno, como la propia película, que partiendo desde distintos territorios reconocibles, logra sobresalir bajo esa luz propia y auténtica, la azul púrpura del anochecer.

marco 75


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