Crítica

Nadie sabe – Hirokazu Kore-eda

posted by Marc Muñoz 9 julio, 2011 2 Comments
Criaturas del desamparo

La infancia siempre ha sido un tema recurrente en el séptimo arte. Diferentes cineastas han abordado desde sus distintas visiones esta etapa tan mágica, inocente e importante en el desarrollo de los humanos. Sin embargo, las propuestas que más han calado en la memoria (al menos en la de quien esto subscribe) son aquellas que han enfocado su mirada en infancias disfuncionales, atípicas, antimodélicas. Ya sea partiendo desde un realismo sucio para retratar una pandilla de niños de la calle en Los olvidados de Buñuel, el (neo)realismo hiriente que Rossellini impartió en Alemania 0 con la trágica historia de Edmund, estragos de la guerra que también aniquilan la infancia del niño protagonista de Masacre: ven y mira, o acercamientos más modernos, como la mirada inquietante y turbadora de Michael Cuesta en el Fin de la inocencia. A todos estos filmes hay que añadir ese grupo que se acercan al tema desde la fábula y las disgregaciones surrealistas, en el que entrarían desde la reciente Abel, a C.R.A.Z.Y., Leólo, o El tambor de hojalata, entre muchas otras.

Desde hace siete años podemos añadir a este grupo de películas que han dibujado una infancia, como mínimo, traumática, la japonesa Nadie Sabe. Filme del realizador Hirokazu Kore-eda, alabada por activa y pasiva por crítica y festivales, que como el de Cannes, la premiaron con el premio al mejor actor.

Inspirada en hechos reales, la cinta sigue a Keiko y sus cuatro hijos: Akira, Kyoko, Shigeru, y Yuki, que acaban de mudarse a un piso en Tokyo. La madre decreta las reglas: está prohibido gritar y salir del piso. Si alguien los viese, los echarían del piso. Un día cualquiera Keiko desaparece, es entonces cuando la vida de Akira y sus hermanos se recrudece.

Es en ese preciso momento, en que los niños son dejados a su suerte, y la incomprensión, la ira y el desprecio caen sobre el papel de la madre, cuando Kore-eda teje una telaraña de espacios brillantes, pero que también guarda recovecos amargos.

Los mejores minutos del filme coinciden con los peores de Akira (erigido como el héroe forzado, responsable de cuidar de la familia) y sus hermanos. Pese a todo hay instantes de felicidad en la vida de estos cuatro cachorros desgraciados que viven recluidos en su reducido piso de la capital nipona sin pasar advertidos por nadie.

Kore-Eda resigue la evolución de los sentimientos de los protagonistas a través del paso del tiempo estructurado por las cuatro estaciones del año. En lugar de cargar sus dardos, su director opta por un estilo más oriental, recreándose en la descripción, y deja para el público la decisión de buscar los culpables de ese situación intolerable e injusta (¿la madre, la sociedad, el sistema, ambos?). Es algo que dictaminará con empuje el espectador, porque por el camino el director de Air Doll lo ha conseguido sensibilizar, tocarle la fibra y regalar momentos bellos, poéticos y enfrentarlo con la cruda realidad.

Todo partiendo de una elección formal que busca la máxima simplicidad con el mayor efecto. Con Ozu en la cabeza, Kore-eda teje con mano maestra, y sacando un efecto dramático multiplicador, ese espacio cerrado en el que sobreviven los niños y del que el mundo es completamente ajeno. En ningún momento se deja contagiar por los giros dramáticos que va adquiriendo la historia, y eso proporciona que la cinta no caiga nunca en sentimentalismos, y que se mantenga siempre en una situación privilegiada sin necesidad de recurrir a ningún efecto.

Alabar la portentosa interpretación de Yuya Yagira en el papel de Akira, que mediante su despreocupada naturaleza nos introduce de lleno en el desconcierto que aflige las vidas de esos pequeños. Como en las historia de los pequeños que encabezan el primer párrafo de esta crítica, Akira lucha contra las adversidades desde la desvalidez, la inexperiencia, pero sacando una fortaleza que forjará un carácter de hierro. El agravante de todo será que por el camino se dejará la infancia, y lo más importante, perderá una inocencia que ya no podrá recuperar.

Un punto sin retorno, que queda grabado a fuego lento cuando el joven intenta expresar sus sentimientos a una amiga en los alrededores de un aeropuerto, justo después de recibir el golpe más duro de su vida.

Nadie sabe es belleza, sinsabor, fascinación, animadversión, incomprensión, desprecio… desplegadas con maestría. Un remolino de emociones dispares al que sólo te consiguen arrastrar los grandes largometrajes.

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2 Comments

Bea. 9 julio, 2011 at 10:04

Extraordinaria. La vi en el cine hace años y me sorprendió, te hace pensar, como dices, como absolutamente todos los agentes sociales han fallado, porque aunque la madre tenga la mayor responsabilidad, estoy convencida de que todos nosotors como sociedad tenemos nuestro grado de culpa.

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Marc Muñoz 9 julio, 2011 at 15:20

No puedo estar más de acuerdo contigo Bea. Pero especialmente doloroso resulta ver el comportamiento de la madre, cuando todos sabemos el lazo de unión inquebrantable que une a las madres con sus hijos.

Como digo más arriba tierna y dura a la vez. Magnífica cinta

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