Crítica

Nana – Valérie Massadian

posted by Alberto Varet Pascual 16 abril, 2013 0 comments
Desequilibrios en (el retrato de) la infancia

Nana Valerie Massadian

La fotógrafa francesa Valérie Massadian debuta en el cine con el estupendo largometraje Nana, una sencilla historia bucólica cargada de matices que bascula entre el documental y la ficción de forma desequilibrada pero apasionante.

La propuesta es bien simple: la cámara sigue las peripecias de Nana, una niña de cuatro años que vive con su madre en el bosque, durante algo más de una hora. La trama, pues, es una excusa para que la autora ponga su capacidad para la observación y su lirismo tras el objetivo al servicio de la realidad, y consiga escenas tan conmovedoras como aquella en la que la pequeña juega con unos cerditos en el interior de una nave.

La aparición de estos animales nos trasporta rápidamente a la famosa fábula, y es que Nana tiene un (muy marcado) aroma de cuento con el que abraza esa mirada maravillada de quienes se asoman por primera vez al balcón de la vida y la conjuga con el miedo a lo desconocido, tan presente en las narraciones infantiles.

Esa bisagra que une ambas sensaciones se hace evidente hacia la mitad del metraje cuando la madre inmóvil, cual Bella Durmiente, suscita la más temida imagen comunal de las edades cándidas.

Hasta entonces hemos sido testigos de un retrato honesto y hermoso de la familia en el campo, de la delicadeza de la naturaleza en comunión con la de los críos y de las relaciones que se establecen entre los humanos y los lazos de estos con lo que les rodea. Todo ello expresado a través de planos generalmente largos y apoyado en un gran uso del sonido directo.

Un trabajo, pues, que tiene mucho de descriptivo y de contemplativo y en el que la directora rehúye la música extradiegética y el guión acabado (estuvo durante varios meses yendo a jugar con la protagonista para, más tarde, rodar sus hábitos diarios). Así, poco a poco, terminó construyendo un film en el que fluyen el tiempo y los sonidos como la vida misma, con el objetivo de generar unos estímulos similares a los que provoca una canción de cuna.

Una pretensión que, sin embargo, nunca llega a materializarse del todo durante el metraje, aunque está cerca de hacerlo. También resulta inobjetable el desequilibrio surgido entre la ficción y el documental dentro del mismo (decantado de forma evidente por la segunda vertiente) que genera la impresión de mostrar en demasía su mecanismo. Por ello, cuando sucede ese acto ‘mágico’ en el que la madre desaparece, la cinta parece adentrarse en un espacio insólito y, sin embargo, sólo se acerca a su umbral. Nada que ver con lo que logró Nobuhiro Suwa en la excepcional y memorable Yuki & Nina, por poner un ejemplo.

Aún así, el esfuerzo se aplaude y los logros también ya que, si bien la cineasta no alcanza algunas de las metas que se propone, sí logra otras inesperadas, como la evocación de la adolescencia (ese periodo en el que se desprecia lo familiar en busca de la escisión de la persona con la inocencia primitiva) mediante la filmación de la familia como los primeros lazos que uno tiene con el mundo.

En esa tesitura también se inscribiría la representación de la infancia en forma de territorio mítico destinado a la desaparición, inscrito en los espacios de una casa y en los rituales de la primera juventud, donde la llegada de la soledad provoca un desasosiego que, algún día, hará que la protagonista pierda el miedo a lo extraño y emprenda el éxodo en busca de la libertad y el fin de la niñez.

Una obra, pues, lejos de la redondez pero tan llena de retos y estímulos que ningún cinéfilo de pro debería perdérsela.

8


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