Crítica

Nebraska – Alexander Payne

posted by Alberto Varet Pascual 30 enero, 2014 4 Comments
Sensibilidad fantasma

Nebraska poster

Alexander Payne regresa, tras la estupenda Los descendientes, con un nuevo film acerca de sus dos obsesiones máximas: las relaciones paternofiliales y la muerte; y lo hace, como en aquella vez, con un estilo depuradísimo (da la sensación de que más que nunca), de claras raíces clásicas, que le ha vuelto a generar, al igual que en sus otras películas, la crítica de quienes ven en él tan solo a un buen alumno. Sin embargo, no deberían sus detractores fiarse de la límpida fachada de esta producción.

Porque, para empezar, Nebraska es una historia que, en sí misma, no es tan sencilla como aparenta. De hecho, podría tratarse, sin más, del trayecto de un anciano hacia una determinada meta, pero ese periplo encuentra un matiz esencial en su propia formulación: el protagonista quiere viajar a otro estado para cobrar una fortuna inexistente. O sea, que estamos ante un relato filtrado por un absurdo que quiebra el clasicismo desde el exterior, dejando la vía libre a otras rupturas venideras, y mucho más salvajes, surgidas desde un palpitante interior.

Unas maneras que remiten al David Lynch de Una historia verdadera (un título muy próximo a esta cinta en fondo y forma), que esquivaba la imitación del universo de John Ford en el cúmulo de referentes puramente lynchianos (el onirismo, el uso del sonido o un cierto sentido del humor resquebrajaban desde dentro la carcasa realista). Algo similar a lo que hace Payne aquí, quien detiene, a mitad de camino, una narración que había comenzado demasiado ocupada en contar su anécdota para hacer brotar, sin trampas, la emoción al contacto con lo naturalmente payneniano: el deceso y la familia.

Y no deja de resultar paradójico que la realización gane justo en un instante en el que el relato deja de avanzar, pues si de algo grave adolecen los personajes del cine del de Entre copas es, precisamente, de inactividad: todos ellos son unos seres estáticos que viven en un mundo que les supera. Unos tipos incapaces de percibir el paso del tiempo y lo que ello conlleva: la mutación y el final de lo que existe alrededor.

Así, en esta ocasión, no parece un asunto banal que el sujeto más vital sea un hombre senil que ve en un viaje absurdo un estímulo que va mucho más allá del premio gordo a ganar (¿quién está realmente mayor?). Es alguien que anhela justificar, de algún modo, una dolorosa existencia que ha ido de la mano de la tumultuosa y beligerante Historia norteamericana del pasado siglo (el director vuelve a hacer bascular su película entre lo mínimo y lo máximo).

Por eso la obra se ensancha al llegar al viejo pueblo, donde nada (y, a la vez, todo) ha cambiado. Allí, el autor rueda con mano invisible una serie de encuentros mientas acumula, con clase e inteligencia, y sin menospreciar jamás al espectador, sutiles capas que, poco a poco, construyen un complejo estrato. De esta manera, el diálogo en el cementerio, afortunadamente alejado de cualquier tipo de sensiblería y moteado por un humor magnífico (uno de los sellos personales del americano, que recorre enteramente este metraje de aliento tragicómico), revela la dificultad de la puesta en escena transparente de Payne.

Es un instante de un importante calado lírico y humano que vira lo visto y lo que está por verse. A partir de aquí, el dolor y la amargura suscitados por el paso del tiempo se filtrarán a través de las ajadas pieles de los ancianos pueblerinos, auténticos espectros y casi los únicos habitantes de un espacio condenado a la desaparición (la ligazón entre lo grande y lo pequeño de nuevo) donde tan solo un par de gordos vagos, que se mueven únicamente de su sofá por interés, son jóvenes.

Todos estos sujetos respiran en un ecosistema plagado de objetos inertes disfuncionales (máquinas antiguas), inmigrantes perdidos en el significado de las palabras u otros elementos relacionados con la inconexión vital, como la televisión familiar frente a la cual se citan los hombres de la casa para mirarla perplejos dentro de una extraña toma en la que da la sensación de que la luz de las imágenes de un partido de fútbol está erosionando sus figuras al igual que hace el tiempo con las estatuas (regreso al drama de la inactividad).

Unos indiscutibles logros en la puesta en escena que van acompañados de otros sutiles hallazgos textuales que son expresados, por lo general (y una vez más en el cine de este director), a través de los personajes femeninos. Así, resulta prácticamente imposible no conmoverse ante lo que se antojan las ruinas de una vieja disputa entre dos mujeres por un varón que, quizás, no lo merecía (¿un eco de otra época convenientemente matizado por el trato que la esposa del protagonista le da a su marido?). Del mismo modo que no podemos evitar sentirnos agitados al verlas usar repetidamente la palabra ‘zorra’ cual epíteto multiusos. Sin duda, unos deliciosos detalles que nos mantienen asombrados durante toda la proyección y que son culminados con una maravillosa confesión final de un padre a un hijo que encuentra su cumplimiento en un bello gesto de autoafirmación.

O sea, que nos encontramos frente a una de esas películas que son grandes sin parecerlo ni alzar la voz; es decir, frente a un trabajo de Alexander Payne que, como tal, no se muestra preocupado en aparentar, ni intimidado ante la mirada inquisidora de quienes no pueden/quieren participar de su sensibilidad fantasma.

marco 75


4 Comments

Marc Muñoz 6 febrero, 2014 at 22:46

Maravillosa crítica para una película que no lo es menos. Me cautivó desde el primer instante esta road movie existencial de curvas tragicómicas, cercana al Lynch de Una historia verdadera, en particular, y al cine indie USA, en general. Y creo que no podías estar más acertado con el subtítulo de “Sensibilidad fantasma”, ya que en el deambular, aparentemente absurdo, del protagonista (al que da vida un inmenso Bruce Dern), Payne arma de significado y emoción el relato, muchas veces con una puesta en escena austera, pero resolutiva, y otros a través de un subtexto que fluye a través de los gestos y las miradas. Me fascinó su mirada tierna, que no sensiblería, y los brotes de humor, como esa pareja de primos holgazanes. Pasará sin pena ni gloria en los Oscar, pero es uno de los mejores exponentes del cine hollywoodiense de este año, y habla un hater de Los descendientes. Sea dicho

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Alberto Varet Pascual 6 febrero, 2014 at 22:59

Jajaja… me alegro de que te conviertas a Payne. La peli creo que lo vale.

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Guillermo García 5 marzo, 2014 at 22:01

Acabo de ver la peli y he venido a leer tu crítica. Muy satisfecho con ambas cosas.

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Alberto Varet Pascual 6 marzo, 2014 at 14:00

Pues muchas gracias, Guillermo.

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