Crítica

No Home Movie – Chantal Akerman

posted by Alberto Varet Pascual 28 junio, 2016 0 comments
Un impagable acto de resistencia

no home movie

El que esto escribe tuvo la oportunidad de ver en Londres, justo el día en que nos enteramos de la trágica salida de Gran Bretaña de la UE, No Home Movie, la, desgraciadamente, última película de la insoslayable Chantal Akerman. Fue una proyección llena de emoción desde la misma presentación, que corrió a cargo de su excelente (y encantadora) montadora, Claire Atherton. Estar allí era como asistir a una sesión de espiritismo sobre la pérdida llevada a cabo antes de la pérdida, pero vista, al menos por este crítico, tras la pérdida. La de Chantal Akerman (¡cómo te vamos a echar de menos!) y la de su madre, sí, pero, también, la de un proyecto común tumbado, como el resto de nuestro mundo, por el egoísmo, la mezquindad y la ruindad de lo material frente a lo que auténticamente nos hace hombres. La cinta de la sublime autora de La folie Almayer hacía bueno así aquello que Nicole Brenez (amante confesa del film) comentó acerca de las vanguardias hace unos meses en una visita al BFI: ‘Son capaces de anticipar un estado de las cosas’.

La película, montada magistralmente sobre largos planos secuencia, necesita de la paciencia del espectador para que éste pueda ver hacia el final de su inteligente proceso de sedimentación. El discurrir de sus imágenes es como un río calmado, como la propia vida, y, al igual que ella, manifiesta el dolor con naturalidad. También el amor. Sin estridencias, las cosas, pequeñas o grandes, pasan sin ser notadas, hasta que, en algún momento del metraje, nos topamos con la verdad. Así, por ejemplo, en uno de los instantes más conmovedores de la obra, nos damos cuenta de lo débil que luce ante nuestra mirada una madre que espeta a sus hijas un significativo ‘ahora estamos más cerca de lo que nunca antes estuvimos’. La escena es reveladora dentro de este trabajo acerca de la distancia: cuanto más lejos de la vida se halla la mujer (se dirige inexorablemente hacia la muerte), más cerca de la misma se encuentra gracias al amor, pues el amor permite a los tres personajes (Chantal Akerman, su madre Natalia y su hermana Sylvaine) atravesar de algún modo el tiempo. Y si esta pasión, nos dice la cinta, está puesta en el cine, será el propio medio el que sea capaz de cruzarlo para mostrar la realidad. De manera que, aunque la directora se nos haya ido, su compleja aproximación a la familia palpita hoy, tras el Brexit, con una fuerza extraordinaria gracias a una pegada que mucho tiene que ver con la visibilidad del dispositivo en pantalla (las cámaras digitales y los ordenadores aparecen constantemente en cuadro, ya sea de forma directa o reflejada). El film es un brutal acto de resistencia (a todos los niveles: económico, de planificación, de erosión de los límites genéricos, de depuración formal, de relación audiencia-personajes-imagen-cine…) en el interior de la tormenta bajo la que vivimos. Justo como el árbol que resiste el golpe del viento en el plano con el que arranca el metraje.

Porque lo que el film de la belga lleva dentro está, de algún modo, en esa secuencia inicial, que da cuenta de lo universal y lo íntimo, la distancia y su relatividad, la Historia y la historia… La película, entonces, cual insólito gesto político, culminado en el memorable instante en el que la criada suramericana que cuida a Natalia Akerman la reemplaza en cuadro para hablar con la directora de un pasado europeo (global y particular) trágico y convulso que provocó muertes y migraciones. El rostro de esa mujer, obligada a abandonar su casa para buscar una vida mejor en un país de distinta lengua y cultura, emerge como una llamada de atención sobre el descalabro espiritual de nuestro continente (y del mundo en general), y cuestiona, meses antes del fracaso europeo vía Brexit, las (sin)razones de toda una comunidad para creer que el problema reside en la inmigración.

Akerman, que hizo de la incomunicación y los no-lugares la bandera de su carrera, previó a través de su universo el Apocalipsis por llegar. Su trabajo cede el protagonismo al cine para que descubramos el potencial del medio a la hora de enseñarnos esta verdad, pues ésa es la única razón de ser del arte. El resultado, ultraconmovedor, dispara la agenda de las imágenes de No Home Movie al infinito: no estamos sólo ante la emoción comunal que suscitan los encuentros entre madre e hijas y la filmación del tiempo pasante que convoca estas uniones; también nos encontramos ante una mirada crucial a una época tumultuosa que bien se podría haber evitado desde la generosidad y la humanidad.

No Home Movie exhibe el poder del cine en su totalidad como captor del tiempo que nos ha tocado vivir según reivindica la palabra para articular el pasado, hacer vivo el presente y anticipar el futuro. Igualmente levanta acta acerca de la importancia del núcleo familiar, la comunidad y las figuras paternas. Por eso, estar ante una obra así en Londres justo el día después de que los hijos de la Gran Bretaña apoyaran el Brexit es tan emocionante: ¿para qué quiere esta gente sus museos si al final se olvidan de que es, precisamente, para la preservación de un legado por lo que los humanos hacen arte? ¿A santo de qué tanta estatua de Churchill si los padres (el presente) se han olvidado del abuelo (el pasado) y, por extensión, de los hijos (el futuro)? La salida de UK de la UE demuestra el extremo grado de sordidez impuesto por el neocapitalismo. Una tragedia ante la que se levanta con grandiosa humildad esta impagable conquista audiovisual. Su producción es un acto de resistencia. Su proyección en la capital británica, también. La prueba última de que, mientras existan cineastas como Chantal Akerman, hay esperanza en un mundo de la imagen hecho añicos.  

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