Crítica

Nomadland – Chloé Zhao

posted by Marc Muñoz 7 abril, 2021 0 comments
La poética de la desolación

Nomadland

El cine estadounidense, especialmente el fortificado en los márgenes de la industria, ha recurrido con insistencia a las cunetas del neoliberalismo despiadado en busca de un retrato (a veces morboso) de sus víctimas; personajes escupidos por el sueño americano. Esa desolación visible en cualquier gran urbe norteamericana, y en las extensas llanuras de las zonas despobladas, ha florecido en un riego de celuloide a través de un grupo numeroso de cineastas (Sean Baker, Debra Granik, Gus Van Sant, Kelly Reichardt, Larry Clark, Roberto Minervini, Dennis Hopper, por citar los primeros que le vienen a la cabeza a quien escribe), atraídos por el humanismo que se esconde detrás de los expulsados, desterrados y outsiders, pero también por el esplendor lírico que puede brotar de la tristeza anegada sobre esos pastos de pobreza, escozor y desesperanza. Un brillo poético institucionalizado por el estilo visual arrebatador del gran pope del indie estadounidense, el texano Terrence Malick. Cauces estéticos y temáticos a los que acude Chloé Zhao, una cineasta ya interesada en esos recodos del sueño americano apartados y desatendidos, para alumbrar su aplaudida última obra. 

Nomadland se encuadra en esas coordenadas para construir un drama sobre el nomadismo y el anclaje de sus sujetos en la gran carretera norteamericana, entendida esta como ese espacio de fuga y tránsito continuo. A los lomos de una viuda que vive a salto de mata, moviéndose entre Estados, allí donde pueda optar a un indeseable trabajo temporal, o anclar la caravana donde malvive, la cineasta chino-estadounidense narra la pericia emocional de estos desclasados forzados (la mayoría) a vivir en tránsito, sin echar raíces ni acumular bienes inmuebles, desmontando esa enorme falacia del sueño americano y las orgullosas cifras macroeconómicas en las que se escuda, mientras la cruda realidad que se aloja detrás de los números resulta ser muy distinta.  

Ese descontento, esa lucha diaria de los apeados por el sistema capitaliza el motor narrativo de la primera parte de este film que fluctúa entre la ficción y la no ficción, apuntalada esta a través de la galería de esos nómadas reales que desfilan por delante de la cámara austera y naturalista de Zhao. Sin embargo, el filme apunta más alto cuando se pega a los railes ficticios y en desenmarañar el escozor y la carga punitiva que llevan en sus curtidas carnes tanto la protagonista como ese personaje interpretado por un excelente David Strathairn que representa el lazo romántico y tierno de la historia. Si en la parte más naturalista (y social) impera cierta vulgaridad realista que sitúa al espectador en las condiciones duras de estos personajes que, en su tercera edad, y tras la crisis económica de 2008, se ven abocados al desamparo, escudándose algunos en la libertad de romper con los grilletes sociales (y familiares), su oposición al sistema, y su conexión con la naturaleza como los grandes pioneros, el segundo bloque saca a relucir ese latido lírico apuntado en la entrada mediante el acople del personaje central sobre el paisajismo de esa América tan rica en estampas inolvidables y recursos naturales, y tan despiadada y desvalijadora para los que la pueblan. Es ese turno, cuando el espectador atento descubre las razones de la itinerancia forzada por el trauma y la lealtad del personaje central hacia su difunto amado, más que como una opción de vida alternativa, cuando Zhoé logra conectar con un espectro lírico que realza las formas y el contenido, potenciando el espacio expresivo ligado a los personajes. 

Eso se traduce en un poso sobre el espectador que va más allá del maravilloso vínculo que crea Frances McDormand con su portentoso trabajo. Incluso, se le perdona a Zhao, el que para lograrlo, opte por recursos algo simplones como puede ser el recrearse en el preciosismo de la fotografía de Joshua James Richards, y la música incidental, y algo abusiva, de Ludovico Einaudi

Quizá lo más extraordinario de esta película notable, con momentos de admirable tallaje en lo emotivo, aunque desfavorecida por cierto vacío de humanidad en sus imágenes, algo palpable cuando se compara la mirada por construir de Zhao con la madurada de una Kelly Reichardt – alguien afín a estos relatos de personajes desvalijados deambulando por la gran carretera americana -, resulta su éxito imparable e inesperado en una temporada de premios que debería coronarse en la gran fiesta de los Oscars. Algo que, de confirmarse,  resulta inaudito, o, como mínimo, extraño,  para una película contemplativa, de discurrir ralentizado, con una carcasa tan propia del cine indie, pero que, impulsada por su distribuidora (Disney), y por la urgencia de premiar a una directora y su obra en el actual contexto, se ha encontrado beneficiada con una lluvia de premios y distinciones que empezó en Venecia. 

Valoraciones extra cinematográficas que no interfieren en la notable cometida desempeñada por Zhao y su equipo en esta nueva aproximación a los desclasados, sus paisajes y trances emocionales, y sus, a veces, intricados motivos por desplazarse del sendero  transitado para terminar en la carretera. Ahí nos veremos.  

7

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