Crítica

Oblivion – Joseph Kosinski

posted by Alberto Varet Pascual 11 abril, 2013 0 comments
Triste elogio de la hipertrofia

oblivion

Joseph Kosinski, el responsable de la reciente versión de Tron, lleva a la gran pantalla un cómic futurista con interesantes matices humanistas creado por él mismo hace varios años. Lamentablemente, su paso al celuloide (al digital, mejor dicho, ya que se rodó con una potentísima cámara de Sony recién salida al mercado) es muy decepcionante pues los efectos especiales se imponen sobre esas lecturas (condenadas al apunte superficial) sin poder, apenas, ir más allá del efectismo y la rutina.

No obstante, no podemos decir que hayamos sido engañados pues, con un simple visionado del trailer, uno ya se podía hacer una idea de la naturaleza de la cinta: una sobreproducción con muchos kilos de croma hortera, varios diseños futuristas muy poco originales y una acción sin carisma. Aparte, la interpretación de dos actores que, a estas alturas, también están más que calados: Tom Cruise (y sus gigantescos problemas de ego) y Morgan Freeman, un valor seguro cuando se trata de dilucidar si una película es un pestiño.

Con semejante panorama, el que lea estas líneas ya sabrá de qué pasta está hecho este film sin necesidad de pagar la entrada: carreras infinitas, peleas mil veces vistas, lucimiento de torso del protagonista de Misión: Imposible y grandilocuencia con pretensiones en los diálogos.

A todo ello hay que sumarle la banda sonora de M83, que funciona exactamente igual que lo hacen las últimas composiciones de las más actuales entregas de ciencia ficción hollywoodiense (como en The Host, por hablar de una en cartelera): épica electrónica en escenas a cámara lenta con la intención de conmover por la vía del exceso. Y no es algo que suceda una vez porque el director, consciente de sus limitaciones, pone música de chunda-chunda casi a cada plano para hacer pasar por intensas unas secuencias que no contienen ni un gramo de emoción.

Pero lo más increíble no es que un cineasta de Hollywood haga una obra de manivela y ruido, sino que el tal Kosinski haya abrasado su propio trabajo original en la operación de traslación. O sea, que este creador, cuando pone un pie en el estudio, está más pendiente de generar un espectáculo frío de post-producción que de abrazar una serie de planteamientos sugestivos ¡que él mismo ha ingeniado!

Así, somos testigos de cómo echa a perder la fascinante relación que el texto establece entre la Historia (siempre comunal) y la memoria (esencialmente individual), que nos advierte de cuán absurda es esa expresión (tan redundante como incoherente) de ‘memoria histórica’.

Igualmente, es muy notable la forma en la que juega con los pensamientos más íntimos (relacionados con los pequeños actos de nuestro día a día) en oposición a esos otros que tienen por protagonistas a los sucesos globales y que son compartidos con nuestros semejantes, aunque nunca vividos ni recordados del mismo modo.

Sin embargo, y como decimos, toda esta reflexión se queda en la superficie para ser, finalmente, dilapidada por la exageración al ser mostrada a través de determinadas americanadas que, en ocasiones, van de la mano de una voz en off más que discutible. O sea, que estamos ante una más de esas realizaciones que, claramente, antepone la epidermis al contenido pero sin querer dejar de ser complejo temáticamente, lo que depara una grandilocuencia a todos los niveles sin acabar de penetrar en ningún aspecto.

No obstante, no todo son malas noticias pues sería muy injusto no reconocer alguno de los riesgos asumidos por el autor en la puesta en escena. Y es que no es muy común ver una obra de este género interpretada en su 90% por, tan solo, dos-tres personajes. Un logro estimulante al que habría que añadir algunos aciertos visuales como esa luna destrozada, la secuencia en la piscina de noche (aunque es totalmente estúpida) o las edificaciones flotantes, amén de algunos paisajes y tomas aéreas fascinantes.

Pero Kosinski se muestra mucho más interesado en las cosas grandes que en las pequeñas y desaprovecha sus hallazgos y el material que él mismo ha ideado para acabar entregando un film de esos que hemos visto infinidad de veces, en los que nada sorprende y donde el espectador tiene que colaborar para no aburrirse. Sí, justo esa clase de película en la que Tom Cruise vuelve a poner, por enésima vez, físico al mismo personaje de todas sus cintas de acción mientras deja claro que vive encantado de haberse conocido.

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