Crítica

Otra Tierra – Mike Cahill

posted by Marc Muñoz 20 octubre, 2011 0 comments
Mi otra Tierra

En el reciente clausurado festival de Sitges dos ejes temáticos sobrevolaron con insistencia las plateas de los recintos que albergaron el festival. La proximidad del fin del mundo en el calendario Maya, y la actual hecatombe financiera, social y ética parecieron ser fuentes de excitación para un buen número de directores que han decidido plantear el Apocalipsis (de distinta índole y a diferentes niveles de intensidad) como el motor de sus producciones.

Si el Apocalipsis fue el tema estrella del certamen catalán, el cosmos drama consiguió darle la replica con dos de las películas más comentadas y apreciadas. Ambas tratan las relaciones personales, la psique humana, el conocimiento del propio “Yo” a través del influjo de los planetas en el drama de los personajes. Fue el caso de la contundente Melancholia del siempre controvertido Lars Von Trier (y que en próximos días publicaremos su crítica), pero también fue el caso de una cinta más modesta, de presupuesto pequeño y espíritu indie.

Tras obtener el primer certificado de garantía con el premio especial del Jurado en Sundance, Another Earth aterrizó en Sitges, y a partir de mañana lo hará en algunos cines de toda España, para narrar las vidas truncadas de Rhoda (Brit Marling) y John (el lostie William Mapother). Ella es una prometedora joven que acaba de ser aceptada para un programa de astrofísica en el MIT. Él es un reconocido compositor de música clásica. Sin embargo, en la víspera del descubrimiento de un nuevo planeta la vida de ambos se cruza en un fatídico accidente de coche en el que pierden la vida dos seres queridos.

A partir de ahí Mike Cahill teje una historia de redención, culpa y amor soterrada bajo los cauces del melodrama de corte independiente, y aliñada con una gotas de ciencia-ficción. Género este último que utiliza como mero contexto (inusual) para profundizar en la relación que une a estos dos seres marcados por el accidente, y a la vez como un espejo simbólico de las dobles oportunidades. Es hacía el nudo de la película cuando se destapa que ese nuevo planeta, cada vez más grande y cercano a la atmosfera terrestre, es en realidad una copia exacta de la Tierra, y descubren entonces que los humanos pueden comunicarse con sus dobles de allí.

Esta inquietante premisa fantástica no termina de disolverse de la manera esperada en el eje de la historia. Si que le sirve a Cahill para potenciar los temas que realmente quiere sacar a la luz, como las dobles oportunidades, el conocimiento del propio “Yo”, la culpa, la redención, el amor imposible. La presencia del planeta (presente físicamente en todos los planos exteriores) marca una alargada sombra en sus personajes, su manera de relacionarse, el propio reconocimiento emocional; ya sea como un lugar físico para emprender una nueva vida, o como la ilusión de pretender este empezar de cero. Pero a su vez la obra se inclina sin dudarlo hacía el melodrama de esa joven intentando redimirse a través del amor hacía la víctima del acto que la ha (auto)condenado, hasta el punto que la ausencia total de la aparición de la otra tierra no hubiera alterado en absoluto el arco narrativo de su historia.

Para los aficionados al fantástico o al indie con planteamientos originales, resulta una pena que la inquietante premisa de un mundo paralelo igual al nuestro no se explaye en mayor profundidad, ya que los escasos fragmentos en que Cahill desplaza su cámara a los elementos fantásticos el filme consigue inquietar y perturbar a partes iguales.

Se ha querido comparar con otras obras fantásticas de corte independiente como Premier o Monsters pero resultaría engañoso encaramar al espectador hacía estas expectativas, porque aquí el fantástico es una excusa, un pretexto bien ligado con el drama psicológico al que realmente incide su director.

Por su parte el estilo del filme bebe en exceso de las convenciones estéticas del cine indie. Encuadres imperfectos, cámara al hombro, texturas áspera y difusas (en algunos planos parecían extraídos de Winter’s Bone). En ese sentido la aportación de Cahill se reduce a seguir la propia línea marcada en los últimos años por los filmes de bajo presupuesto. Lo que ya adolece un poco más su visionado, es el reiterado uso de la música, los chelos y el piano (según explicaba su director en la rueda de prensa cada uno se utiliza como leitmotiv de los dos personajes) se repiten con insistencia, y con ello, provocan un efecto pesado en la película, que termina por afectar considerablemente a su ritmo.

El debut de Mike Cahill en la dirección supone una interesante propuesta para los ávidos del drama con un punto exótico pero a la vez resulta incapaz de agarrar al espectador con su metraje. Traslucen detalles interesantes de un director que seguro no le faltan opciones para proyectar su talento en otras direcciones, pero de momento en su opera prima pierde de vista los flirteos interesantes con el sci-fi y se sumerge en un drama poco creíble y sin demasiado agarre.


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