Crítica

Paradiso – Omar A. Razzak

posted by Alberto Varet Pascual 11 abril, 2014 0 comments
Semilla del cine que está por llegar

Paradiso poster

Omar A. Razzak debuta en el largometraje con una obra excepcional. Su nombre es Paradiso, su naturaleza documental y su objetivo, la radiografía de una doble melancolía: la de la desintegración de un mundo y la de los refugiados en el final de ese mundo.

Con estas directrices, el film le toma el pulso al corazón del último cine X de Madrid a través de un silencioso periplo que nos lleva de sus pasillos a su corazón (la sala de máquinas), y que registra sus latidos/sonidos según retrata a unos clientes condenados a transitar a perpetuidad el lugar mientras el tiempo se (les) escapa (¿paraíso: liberación o condena?).

Nos encontramos, por tanto, ante una película en constante movimiento, que se construye a sí misma sobre tiempos diversos. Sobre el presente de cada individuo, por ejemplo, pero también sobre su pasado, que abre narraciones paralelas. Igualmente alrededor de un tiempo propio del local, así como de uno general (el de ahí fuera, el de la acera con sus transeúntes) que nos transporta del verano al invierno, a la espera de una primavera que es una incógnita, en la decisión cinematográfica más rica de la realización: el cielo tormentoso del estío funciona a modo de bisagra temporal al ser bañado por los gemidos procedentes de la pornografía. Un hallazgo de una abstracción brutal que, desgraciadamente, no se volverá a repetir durante el metraje.

Es ésta una de las grandes pegas que se le pueden poner a la cinta: que su riesgo (siempre presente) podría haber sido aún mayor en cuanto al montaje. Otra es la indiscutible condescendencia que exhibe el director con los dueños del negocio, quienes parecen saber en todo momento que están siendo filmados, lo que desemboca en una cierta e involuntaria hagiografía. Y es que resulta difícil creer que con la que está cayendo tengan continuamente tan buen talante.

Esta complacencia puede hallarse asimismo en los clientes, aunque son precisamente ellos los que la esquivan al exhibirse sin miedos ante una cámara a la que le cuentan todo lo que a buen seguro callan en la calle. Así, los dos instantes musicales de la producción, sutiles y conmovedores, se erigen como sendos gritos de auténtica desesperación a través de los cuales se vislumbra un dolido pasado.

Es entonces cuando el edén se transforma en un sitio escurridizo, en el sanatorio de unas almas que deben volver a una determinada hora a un universo en el que no tienen cabida. Su reposo, pues, se encuentra en un ambiente rebosante de perversión y tristeza, que se huele y se siente (ese ambientador) a cada segundo dentro de un metraje que evita con inteligencia los subrayados.

Porque Paradiso no se ha construido sobre ridículos excesos melodramáticos, sino alrededor de una serie de largos planos secuencias que dejan fluir las acciones libremente para no interceder ni entrometerse en la existencia de los outsiders que retrata. Una estrategia formal capaz de levantar en silencio algunas preguntas cargadas de actualidad como ¿qué relación hay entre una pantalla X y una convencional (los diálogos en torno a un cine de todo tipo se mezclan naturalmente)?, ¿eran también homosexuales a la búsqueda de un encuentro furtivo los primeros espectadores de Paradiso? o ¿cómo ha cambiado, en este sentido y tras la llegada de la era digital, el panorama de la sala?

Las cuestiones emergen pero el film, como debe ser, no da respuestas, se las deja a los espectadores. No obstante, sí que nos hubiera gustado que hubiera puesto en crisis la existencia de los protagonistas en lugar de observarles sin más. Hay, por ende, algo de superficialidad en la obra que nos ocupa; mas no olvidemos que estamos ante un debut. Además, más allá de estas taras, la película es capaz de entregar complejidad donde y cuando uno menos se lo espera. Por ejemplo, en su montaje invisible que, a pesar de no alcanzar siempre la cota de abstracción deseada, va sumando capas de información sin ser sentidas. O en el retrato de todos esos sujetos puramente españoles, más concretamente meseteros y particularmente madriletas cuya manera de ser, hablar y actuar será plenamente reconocible tanto por los capitalinos como por una cinefilia que verá en ellos los trasuntos de los personajes de algún castizo producto nacional de los 60, de algún film de Jesús Franco o de las primeras cintas de Pedro Almodóvar.

Porque el primer largo de Omar A. Razzak es un trabajo de observación capaz de penetrar, sin ser notado, en el inconsciente del audiovisual patrio para desvelar un terreno fértil para la ficción. O sea, que viéndola uno puede entender cómo empezó a forjarse el universo de un Almodóvar que hoy hace el ridículo con sus Amantes pasajeros. Y es que no se puede hacer cine social ‘chapoteando en el cielo’; hay que ‘enfangarse en el paraíso’. Paradiso, pues, como la semilla de un cine que está aún por llegar.

marco 75


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