Crítica

Paraíso: Fe – Ulrich Seidl

posted by Alberto Varet Pascual 22 agosto, 2013 0 comments
Fe en el hombre, fe en el cine

Paraiso fe cartel

Si la semana pasada celebrábamos el estreno de Paraíso: Amor y utilizábamos la figura de Michael Haneke para indagar en la fórmula cinematográfica urdida por Ulrich Seidl en su cinta; ahora, y a riesgo de ser pesados, haremos lo propio con Paraíso: Fe y Amor, dos títulos de naturaleza muy distinta pero con, al menos, un par de semejanzas muy claras: ambas versan sobre el AMOR y se desarrollan en el interior de un piso. Eso sí, mientras que el responsable de Import/Export está presto a examinar el misterio de cerca y a ser coherente y valiente en el uso de la repetición, el oriundo de Múnich rehúye tanto lo uno como lo otro hasta abrazar un clímax incongruente con el que pretende sentar cátedra.

Hablamos, pues, de dirigir o no la mirada; de dejar o no elegir al espectador. Por eso, las estructuras y los cierres de estos filmes son tan diferentes, porque Amour desvía nuestra atención durante dos horas para tratar de iluminarnos en su conclusión y, muy al contrario, Paraíso: Fe prefiere llevarnos de frente, sin mentiras, hasta su antológico desenlace, que expone con lucidez todo lo dicho en la anterior crítica sobre el estilo Seidl (la increíble interpretación de Maria Hofstatter, la disposición en cuadro, el uso del tiempo, el montaje preciso y la deformación de la realidad). Una escena última capaz de poner en liza una cuestión tan actual como sugestiva: En un tiempo en el que el cinismo está tan bien pagado (que se lo digan si no a Haneke), ¿por qué la gente sigue creyendo en Dios? Ahora que sabemos que hay tantas cosas en la religión que están obsoletas o, incluso, que no es necesario un Ser Superior para explicar por qué estamos aquí, ¿cómo es posible que sigan existiendo devotos?

La pregunta es conmovedora y su respuesta, que vive en el interior de la imagen, retumba en nuestras pupilas como pocas secuencias lo han hecho en el cine más reciente: la gente cree en Dios porque necesita amar. El director advierte que los hombres, por encima de todas las cosas, estamos hechos para amar. Repara en que ese amor es lo único que, en el mundo apocalíptico en el que vivimos, puede salvarnos. Una lección de humanismo que liga esta joya con títulos de la talla de El árbol de la vida, Outrage, Cosmópolis o 4:44.

Semejante distancia en el contenido antropológico resulta esencial para distinguir, en esta pareja de realizadores, al gran humanista del que no lo es. También a un creador que observa lo invisible sin miedo frente a un cobarde oculto tras un nihilismo de manivela. Una divergencia igualmente palpable en lo meramente cinematográfico, donde la reescritura del guión academicista de Amour deja paso a un luminoso juego de repeticiones en Paraíso: Fe con el que Seidl genera una poesía purísima, en sus leves variaciones, que abre la puerta a determinadas lecturas muy interesantes, como el desgaste generado por una rutina que lacera nuestra fe o la creación de una ritualidad vacua que despersonaliza al hombre.

De esta forma va cimentándose, poco a poco, una película con una ingente cantidad de capas que se acumulan por sedimentación y que evidencian la categoría de cineasta que el austriaco ha llegado a ser. Aparte, todo su arsenal de comicidad mordaz, de surrealismo, de realidad y de ficción, brilla puesto al servicio de un conocimiento de causa ante el que uno sólo puede rendirse.

Pero aún hay más. Porque esta pieza mayor contiene, a su vez, un matiz político-social muy rico, tan polémico como fascinante, que indaga en algunas problemáticas cuestiones del presente. Por ejemplo, se pregunta si es lícito olvidar las raíces cristianas de nuestro continente. O si, teniendo en cuenta que la protagonista es una fanática, su ridiculez justifica la mofa y el escarnio constante al que están sometidas las religiones. Si toda esa gente que vimos en Madrid, y muy recientemente en Río, criticar a los creyentes cuando llegó el Papa a su ciudad no son, del mismo modo, sectarios. O si, comprendiendo cuál es nuestra cultura religiosa, tiene cabida el islam en Europa. ¿De qué manera chocan sus rituales con los nuestros?

Preguntas, pues, que muchos no quieren hacerse e imágenes que otros tantos prefieren no mirar, en la creación de un autor valiente que exhibe vergüenzas sin tapujos pero que jamás abandona la sutileza (aunque esto parezca una contradicción).

Paraíso: Fe es la obra de quien está dispuesto a desvelarnos; de un director que cree en el espectador como un  ser inteligente capaz de decodificar los misterios de su complejísima puesta en escena; de un hombre que, a pesar de la que está cayendo, no ha abandonado la fe en la especie.

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