Crítica

Paterson – Jim Jarmusch

posted by Marc Muñoz 6 diciembre, 2016 0 comments
La rutina ensimismadora del poeta conductor

Paterson Cartel

En su última ofrenda al cinéfilo más quisquilloso, Jim Jarmusch deja su Nueva York de residencia para cruzar al otro lado del Hudson y emplazar su relato en Paterson, una pequeña localidad de New Jersey con un no despreciable porcentaje de celebridades como único reclamo turístico. Desde este miércoles, la propia película de Jarmusch será otro aliciente para darse una vuelta en autobús por sus cálidas calles que respiran el humo del asfalto de la pequeña y mediana urbe norteamericana.

En Paterson, el director de Mystery Train arma una historia mínima a través del círculo de cotidianeidad que rodea a su personaje central, de nombre Paterson. Un conductor de autobús que en sus horas muertas se dedica a escribir poesía, a embellecer con palabras una realidad de apariencia poco sofisticada y la mar de corriente, pero que bajo el lente de Jarmusch, se transforma en un poemario visual mágico.

De hecho es el propio director quien emulsiona en la forma de su trabajo la métrica y ciertos esquemas de la poesía. Los ciclos, la repetición (incluso a través de los gemelos que se cruzan en el día a día del protagonista) , la división estructural y regular de la propia narración en días de la semana, rituales cotidianos y acciones, propicia otorgarle una rima interna al propio relato. Una decisión no atada al libre albedrío, sino que refleja la madurez de un cineasta imprescindible, atento a la simbiosis entre fondo y forma.

Otro de sus apartados más loable es la capacidad de sonsacar ese valor conmovedor, esa belleza intrínseca de los gestos más mundanos a través de quien aplica la mirada adecuada, ya sea la de propio Paterson con sus versos, o Jarmusch con sus lienzos visuales. Una belleza que los poros de los fotogramas, en su circundar de la cotidianeidad, irradian hacia el espectador sin necesidad de aspavientos, forcejeos estéticos, gags chillones, sino desde la mera simplicidad, y desde el elogio a ésta por parte de unos personajes conformes y felices en su ruta programada por la normalidad.

Igual de elogiable es el aporte humorístico que Jarmusch logra en secuencias en que la normalidad de Paterson se ladea ligeramente para dar entrada a sarpullidos que rozan el surrealismo. Unas pinceladas que sin duda aligeran la carga de ritmo en la repetición esquemática en la que incide la obra.

Todos estos aciertos quedarían en agua de borrajas sin la admirable intervención de Adam Driver en el rol principal, así como la bella Golshifteh Farahani como ese faro vital sobre el que gira la existencia y la poesía del protagonista, ni sin toda la paleta de secundarios entrañables; los que forman parte del círculo diario de Paterson – el perro, el camarero negro del bar, la pareja en crisis, los últimos de claro diseño jarmuschiano – como los que irrumpen como contrapunto de esa línea recta de su día a día, las apariciones inesperadas en el bus y fuera de éste, que en el mejor de los casos, producen un cambio notable en las perspectivas y sentir del personaje central.

Paterson se convierte así en una delicia de una belleza ligera, sencilla y extraña. En un trabajo delicatessen, sensible y conmovedor, armado bajo el influjo de la poesía. Y en su interior, como en su anterior Sólo los amantes sobreviven – aunque en las antípodas estéticas de esta -, brota un apunte  – en este caso luminoso, opuesto al discurso oscurecido y agorero de su cinta de vampiros existenciales – sobre la soledad y sobre la aceptación de ésta en un marco de cotidianidad complaciente, siempre con el arte como refugio vital.

marco 75


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