Crítica

Paul – Gregg Mottola

posted by Manel Carrasco 2 agosto, 2011 0 comments
Viaje a los 80

Freak, asocial, geek, rarito, weirdo, anormal de los coj… ¿A quién no lo han llamado así alguna vez de pequeño? Y todo por saberse de carrerilla que la nave de Luke Skywalker es un caza de ataque T-65 Ala-X de Incom, cuyos planos fueron robados al Imperio por los mismos que lo diseñaron antes de pasarse a la Alianza Rebelde…

Bueno, está bien, quizá no le ha pasado a todo el mundo, pero ¿Quién no ha notado que lo miraban raro y se reían a sus espaldas solo por reconocer que había llorado con el principio de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001), o que tenía un amigo imaginario al que llamaba Gizmo?

Muy bien, maldita sea, a nadie más le ha pasado, pero no se puede negar lo evidente. Los freaks son como las meigas: haberlos haylos, y a patadas. En realidad, están (estamos, querido lector, si lees esto estás metido hasta las trancas) de moda, multiplicándose y alcanzando el estatus de grupo social, de simpática tendencia. Y el que no me crea, que se pasee estos días por San Diego, donde se celebra la Comic Con que reúne cada año a miles de amantes del cómic y del cine más espectacular. Hace muchos años (en una galaxia muy, muy lejana) un joven George Lucas presentó en esa convención una idea que se le había ocurrido, una cosilla sin mucha proyección llamada Star Wars (1977), y desde entonces Hollywood sabe que la Comic Con atrae cada año a más gente y funciona como un perfecto trampolín para las taquillas de todo el mundo.

Y precisamente es en la Comic Con donde se inicia la acción de Paul (2011), la nueva película de Greg Mottola que presenta a dos freaks ingleses de treintaytantos que en medio de un viaje por los puntos más calientes de la mitología OVNI norteamericana encontrarán exactamente aquello que venían a buscar…

La película representa una nueva aportación de uno de los tándems más exitosos de la actual comedia británica: los actores Simon Pegg y Nick Frost, que firman el guión y encarnan a los antihéroes de esta road-movie que esconde, tras capas de humor de trazado irregular, una pequeña reflexión sobre los mitos de la infancia, sobre los universos ficticios que nos ayudan a sobrellevar la rutina de la niñez y de la adolescencia. Unos universos que, llegados a la edad adulta, descubrimos que a menudo no somos capaces de quitarnos de encima, o simplemente no queremos. En el caso de Graeme y Clive, los protagonistas de esta historia, su encuentro con Paul representa no solo la posibilidad de conocer a un alienígena (bien que sea malhablado, fumador y un poco borde) sino una oportunidad de perpetuar su estancia en el umbral hacia la vida adulta, gris y aburrida… Aunque para hacerlo tengan que huir por el desierto americano, acompañados de una cristiana ortodoxa y perseguidos por el padre de ésta y por unos Men in Black bastante majaderos. Hace unos días, en una entrevista, Pegg afirmaba que su película era un homenaje a Steven Spielberg. Realmente mucho se puede encontrar en ella relacionado con el fundador de Amblin (y alguna sorpresita), no solo a través de alusiones a su cine, sino incluso como retrato de toda una generación que creció en los 80 acompañada e influida por un cine americano de aventuras y ciencia ficción que tiene al director de E.T. como el mayor de sus exponentes. Se nota el cariño que el dúo Pegg-Frost y el director Greg Mottola sienten hacia esa época, como también su amplitud de miras a la hora de meter, aunque sea con calzador, muchos temas diferentes en la trama. Sin embargo, algo chirría y solo funciona a medias. A priori, el equipo parece casi el más adecuado: Mottola es el director de Supersalidos (2007), una de las más refrescantes propuestas de la factoría de Judd Apatow; Simon Pegg es el responsable de exitazos de la nueva comedia británica como la serie Spaced (1999) y las películas Shaun of the dead (2004) y Hot Fuzz (2007), siempre con Nick Frost de partenaire; Jason Bateman es uno de los actores de comedia más solventes (y más desaprovechados) de los EEUU; y tanto Kristen Wiig como Bill Hader son parte del elenco del Saturday Night Live. Ah, y la voz de Paul es Seth Rogen, actor fetiche de Apatow. Sin embargo, el mejunje no acaba de funcionar. Pegg y Frost (que se estrena como guionista) no siempre encuentran el tono, y la acción se diluye en una road movie plagada de referencias al cine de los 80 que son simpáticas, pero que no logran llevar por sí solas todo el peso de la película, como tampoco me acaban de convencer algunos momentos de humor grueso resueltos sin mucha brillantez. Siempre es odioso hacer comparaciones, pero quizá lo que echo en falta en Paul es, más allá de todas las objeciones, la firma de Edgar Wright, la otra pata del taburete (uno de tres patas, se entiende). Wright ha dirigido y coescrito los guiones de Simon Pegg que citábamos anteriormente, y su más que notable talento con la cámara y el montaje van acompañados de un sentido de la mesura que le permite jugar y estirar las convenciones de cada género que parodia sin llegar a romperlas fatalmente. Cuando el trío se junta funciona como un engranaje perfecto, y aunque es evidente que no siempre pueden trabajar los tres en el mismo proyecto, no puedo evitar sentir su ausencia en la primera aventura de Pegg y Frost en solitario. Una aventura que no es redonda y hace aguas en algunos momentos, pero que también reporta momentos imaginativos, coherencia en la narración, y ese cariñoso homenaje al colectivo freak del que hablábamos al principio. Todo ello en un verano hasta ahora más bien árido e inclemente para los amantes del cine de aventuras. En estas condiciones una propuesta así, como diría Aragorn (hijo de Arathorn, rey de Gondor) es más que bienvenida.


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