Crítica

Philomena – Stephen Frears

posted by Alberto Varet Pascual 27 febrero, 2014 0 comments
Dichosos demócratas

Philomena

Hace años, cuando se le dedicó una retrospectiva en la Filmoteca Española, Stephen Frears comentó allí, en el cine Doré, que cada día se levantaba e iba al estudio a rodar como quien va diariamente a trabajar. Vista su nueva película nos creemos esto a pies juntillas, pues Philomena más parece la obra de un oficinista que la de un artista.

De estructura manida y construcción académica, lo último del responsable de La reina no aporta absolutamente nada al lenguaje cinematográfico. Tampoco al melodrama. Ni siquiera al dramón de sobremesa. Y es que la originalidad brilla por su ausencia en un film de buenas (o malas, según se mire) intenciones.

Sin embargo, no son pocos los que se han rendido ante este título. Suponemos que es muy fácil caer en la tentación de valorar bien lo correcto (todo en la cinta está en orden) y de infravalorar lo arriesgado. Es curioso que el público siempre busque ver lo mismo y desprecie lo nuevo. Sólo así se entiende el éxito (al menos de crítica) de este ejercicio aburridísimo que pretende conmover a machetazos con un uso deprimente de la forma (una arquitectura de manual) y del fondo (sensiblería, humor de patio de colegio…).

Frears se ciñe en demasía a una historia mil veces contada que trata como novedosa, quizás por su anticlericalismo, desvelado finalmente como blando y maniqueo. Monjas buenas y monjas demoníacas se dan cita en una road movie sin alma cuya mecha encienden unos celos provocados por el voto de castidad. Y no seremos nosotros los que digamos que no hay personajes en la Iglesia que anhelan el sabor de la carne, ni que lo que se nos cuenta aquí sucedió de verdad (la producción está basada en un suceso real), pero situar esto como detonante y pilar mayor del enrevesado periplo se antoja excesivo.

En este punto el culpable es el autor, ya que se ha dejado llevar por su ideología (en la seguridad de que su pensamiento es el único bueno) y ha caricaturizado a la religiosa en lugar de comprenderla. La ha acusado y ridiculizado mientras (ojo a la contradicción) introducía una reflexión acerca del perdón. O sea, que estamos ante otro trabajo tendencioso convencido de su naturaleza democrática (uno de los grandes problemas de los ‘demócratas’ de hoy en día).

Así, las ideas confusas (lo ‘maravilloso’ de ser libre para perdonar o para no hacerlo) y las miradas unidireccionales disfrazadas de complejidad son el santo y seña de una obra que da tumbos entre géneros (del drama a la comedia, pasando por la road movie) de forma ortopédica y cuyo carisma, bajo cero, es apuntalado por unas interpretaciones risibles (glorificadas, no obstante, por muchos) en las que Steve Coogan pone cara de pájaro bobo constantemente y Judi Dench parece momificada en su exceso de intensidad.

Las decisiones narrativas de Frears, dirigidas al subrayado de los sentimientos, tampoco ayudan en este punto, y el humor que supuestamente destila la cinta hace de Dench una versión blanca de la abuela de Cosas de casa (aquella serie protagonizada por Steve Urkel), siempre con la última y simpática palabra en la boca.

¿Qué decir, entonces, de Philomena? Pues que es anticlericalismo de patio de colegio y humor de panolis, cine ramplón de academia y actuaciones de autocue, dramón de sobremesa y apología panocha de la digna vejez, deprimente sentimentalismo e ideología sectaria disfrazada de democrática. Una combinación infumable sólo apta para quien desee de todo corazón ser engañado como espectador y como ciudadano.

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