Crítica

Phoenix – Christian Petzold

posted by Alberto Varet Pascual 11 junio, 2015 0 comments
Speak Low

Phoenix

 

El desconcertante uso de la música al comienzo de lo nuevo del alemán Christian Petzold, y la manera en que su utilización cobra sentido en la conclusión del film, nos aclaran mucho acerca de la naturaleza de un trabajo que parece surgido de los desvíos que un híbrido entre Los ojos sin rostro y Vértigo ha encontrado en su guión.

Efectivamente, estamos ante una obra construida mediante unos elementos que se antojan dislocados en la edificación, pero que encuentran su razón de ser a través del tiempo de proyección. Quizás por esto no hayan sido pocos los críticos que han encontrado reiterativa Phoenix, cuando es ahí, en la repetición de la jugada (con ligeros cambios en la misma), donde la cinta cimenta su alegórico discurso sobre el oscuro trasfondo político y social de una nación que decidió emprender una huída hacia adelante tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Puede que sea una larga escena la que mejor explique este dispositivo: Nelly, la protagonista, de traumático pasado en el Holocausto, va a ser recluida durante unos veinticinco minutos de metraje dentro de una habitación en la que su partenaire actuará como un tirano. En la reiteración de sus movimientos se ilumina una metáfora intensa sobre el sufrimiento de la mujer; también acerca de la inercia que influyó en el exterminio masivo de los judíos y la complicidad de los alemanes que callaron ante la tragedia. Una lucha gestual que desvela un gran logro en la puesta en escena culminado con un elocuente uso de la palabra en un duelo de monólogos que alumbra el eterno conflicto entre la Historia y la memoria en una secuencia para los anales.

Así es: Phoenix nos exige paciencia para ‘ver’ en su repetitiva naturaleza, que tampoco presenta salidas señalizadas ni ideas subrayadas. Ahí está, si no, el instante en el que Nelly recibe una carta que, como judía salida de un campo de concentración, la coloca en el lugar de las víctimas, pero, a su vez, en cómplice de un acto atroz. Una escena sin trampas ni medias tintas que muestra sin cortapisas una dura realidad. Un cuento que bien se podría haber aplicado László Nemes en su falaz Hijo de Saúl, trabajo que, a diferencia del que nos ocupa, nunca mira a la verdad de frente. De hecho, el debut del húngaro es algo así como el anti-Phoenix, tanto en cuanto la obra de Petzold habla de acabar con la mascarada, el teatro impostor, las mangas largas que cubren las marcas de guerra y el maquillaje que tapa el rostro de la tragedia. O sea, terminar con bastante de lo que Nemes perpetra en su aclamada producción.

Por eso es tan importante este film: porque vivimos un tiempo en el que la mentira en nombre de la verdad oficial se nos impone. Y también por eso es un mazazo su cierre: porque nos dice con lo mínimo mucho acerca de las consecuencias provenientes de las decisiones tomadas en torno al miedo a la culpabilidad, causante de nuevas y sangrantes heridas. Y es que ser esclavo o no es, igualmente, la cuestión para un cineasta, un espectador o un crítico. Una pregunta que estamos obligados a hacernos a nosotros mismos. A formulárnosla ‘en bajo’.

8


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