Crítica

Predator – Shane Black

posted by Alberto Varet Pascual 12 septiembre, 2018 0 comments
Psicología inversa para el fan

The Predator

En el segundo punto de giro del nuevo Depredador, el protagonista, una especie de Schwarzenegger de saldo, cree que el monstruo en cuestión lo ha tomado por un gran guerrero. Una escena que rima con un diálogo anterior entre el soldado y su hijo en el que le espeta algo así como ‘yo nunca maduré como quise’. El comentario y la situación de este fantoche bien podría aludir a todo un abanico de espectadores que tiene en su mente una idea de la película que de pequeños les fascinó y que no pueden hacer evolucionar.

Porque, sí, Predator nos habla de evolución. La de un mito. O, quizás, de una generación incapaz de aceptar dicho desarrollo. Que la obra la protagonicen un niño autista y un depredador de tres metros es aclaratorio de las intenciones de un director-guionista que, en un instante determinado, parece hablar a través de la boca del infante cuando éste menciona la psicología inversa.

Efectivamente, la realización quiere desafiar al fan fatal de la franquicia, aquel que busca 30 años después que sus fantasías infantiles se tornen realidad. Pero el viejo alien ya no inspira terror al hombre, de modo que ni siquiera es el antagonista en esta película situada con lucidez en Halloween (¿quién no ha pensado nunca viendo el original que bajo el terrible monstruito hay un tipo disfrazado?).

Predator desmitifica el mito para hablar de su condición inmortal mediante el humor. Es descreída, pero no cínica (‘un depredador es un superviviente, no mata por diversión’, se escucha en el metraje). Hace realidad el sueño de todos los que hemos amado la saga (tener a nuestro alcance la tecnología alienígena) para mostrar unos deseos evolutivos que mucho tienen también de infantil. Una cuestión, la de la evolución, que entronca con el último Alien de Ridley Scott, donde el post-humano, y no el viejo monstruo, era el enemigo real del humano en el siglo XXI. Aquí la lectura viaja en una clave mucho más ácida: en la era instagram, el nuevo paso evolutivo del hombre es el autismo.

La crítica social, pues, está servida. La violencia, brutal, está filtrada por una comicidad en estado de gracia que atraviesa las grandes preocupaciones millenials. De manera que un explosivo chiste sobre bullying acaba por dar cuerpo a la rabia del abusado con una efectividad incuestionable (probablemente el mejor y más macarra gag del año) o el personaje de durita de Olivia Munn no recibe finalmente la ayuda necesaria del hombre en un salto, lo que genera una risa liberadora a la que sólo le falta más continuidad.

Obra con lógico (por hollywoodiense) miedo a pasarse de la raya en lo político, Predator no termina por tocar el cielo, pero furrula perfectamente en todo aquello en lo que Dos buenos tipos fracasaba: su violencia es divertida, sus gags funcionan siempre, la creación de personajes es inteligente y su mirada a la sociedad yanqui es verdadera. Ahora le toca al fan librarse de prejuicios y aceptar que los viejos tiempos están donde tienen que estar. Así podrá disfrutar de la que es, para el que esto escribe, la comedia del año.

marco 75


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