Crítica

Prometheus – Ridley Scott

posted by Manel Carrasco 7 agosto, 2012 0 comments
Exploradores en tierra conocida

Prometheus

En la era del reciclaje artístico, Hollywood enarbola la bandera de la comodidad para reventar la taquilla. El reboot es una tendencia, las adaptaciones literarias y de cómics están a la orden del día, y la suma de ambos factores se deja ver en nuestras salas en forma de trepamuros y hombres murciélago. Hasta aquí, una jugada comercial más de una maquinaria que se mueve lenta y pesada, obligada siempre a engrasarse con millones que saquen lustro a su condición de primera potencia mundial en la cosa ésta de hacer cine. El problema es que la moda se convierte en toda una estructura de comercialización fija el día en que los que sentaron las bases de la mitología moderna vuelven sobre su propio terreno. Le pasó a George Lucas con Star Wars, a Steven Spielberg con Indiana Jones, y ahora a Ridley Scott con Alien. Uno empieza a celebrar que el paso del tiempo nos impida asistir a las nuevas aventuras de Charles Foster Kane, después de pronunciar su célebre “Rosebud”, o de Jack Torrance, convertido en un témpano de hielo que blande un hacha por los vacíos pasillos del Overlook Hotel. ¿Os parece que desbarro?  Me sé de un cineasta italoamericano que de vez en cuando se plantea traer de vuelta a la familia Corleone…

En el caso que nos ocupa, quizá era una cuestión de sentarse a esperar: La saga Alien ha tenido una larga (y en ocasiones provechosa) vida comercial. En 35 años ha contado con tres secuelas, dos spin-offs y multitud de referencias y plagios en todo lo ancho y largo del género y más allá. Alien (Ridley Scott, 1979), es un título decisivo para la carrera de su director y para el imaginario audiovisual común, el problema es que ni la saga ni su autor original han envejecido bien, enredados a menudo en producciones que no hacían justicia a todo su potencial. Ante este panorama, el anuncio, tiempo ha, de que Scott se proponía revisitar su claustrofóbico universo de alienígenas asesinos alegró a la mayoría y despertó alguna que otra suspicacia. El cineasta británico ha construido una carrera con algunos títulos notables, pero ninguno supera la terna inicial y, especialmente, las dos entregas de tenebrosa ciencia ficción. Esto olía a retorno por todo lo alto.

Sin embargo, las informaciones se volvieron confusas. Scott empezó hablando de una precuela de la franquicia, pero pronto cambió de idea y propuso una película que planteara una historia totalmente diferente en el mismo universo de la anterior. Si los diseños de H.R. Giger causaron furor en Alien, el rico universo de referentes que plantaban parecía una excelente idea para retomar una de las imágenes más emblemáticas y tirar del hilo. El space jockey parecía el cadáver momificado de una antigua víctima del monstruo, o incluso un testigo de antiguos dramas que habían provocado la difusión de las criaturas por todo el universo. ¿Por qué no empezar por ahí?

Con todo ello, un reparto de campanillas y un guión de Damon Lindelof, Scott plantea una historia de connotaciones míticas, religiosas y existencialistas. El origen de la vida como fuente de ficción, la pregunta más antigua del ser humano respondida mirando a las estrellas. Si en Alien el objetivo de la misión era comercial, las motivaciones de la nave que lleva a la comunidad de científicos a un planeta desconocido pivotan entre el interés que nos hizo pisar América (o a la Luna) y la necesidad insaciable de saber. Todo está diseñado para funcionar como un reloj, pero en los 35 años que han pasado entre Ellen Ripley (Sigourney Weaver) y Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) algo se ha perdido, o peor aún, se ha domesticado.

Ridley Scott demuestra su indudable oficio en una puesta en escena que atrapa desde el primer plano, consciente del potencial estético que alberga su propuesta. El problema es que ya queda poco del visionario realizador que cambió los parámetros del género en sólo tres años. La fuerza y el calculado riesgo formal de aquellos tiempos han sido sustituidos por toneladas de oficio y refinamiento. Scott ya no busca un modelo, una estética que reviente lo establecido para llevar la historia a otro nivel, sino que prefiere pulir y perfeccionar los parámetros de la ciencia ficción imperante para lograr un resultado impactante pero menos memorable. Aunque no siempre es así: En medio de la narración encontramos destellos del joven director que fue, coronados por escenas de una potencia espectacular que (ésas sí) merecen entrar en la galería de cualquier aficionado al género. La propuesta funciona, pero el interés de Scott por alejarse de su primera obra maestra se vuelve el síntoma del problema: Ante la comparación, Prometheus (2012) palidece irremediablemente, víctima de sus defectos y de sus virtudes.

El guión de Damon Lindelof intenta también salir de esa órbita, consciente de afrontar un proyecto nuevo que debe reivindicarse como autónomo y (quizás) buscar el inicio de otra saga. Por el camino, sin embargo, la necesidad de tejer referentes que satisfagan a los seguidores de Alien contribuye a plantear una galería de personajes donde no todos reciben un mismo trato. Hay por donde escoger entre el extraordinario dibujo del androide que encarna Michael Fassbender y el insustancial científico de Logan Marshall-Green, y en ocasiones la presencia de un personaje no parece justificarse por la historia ni, en definitiva, ayudar a su avance. Noomi Rapace es una buena muestra de todo ello: Su personaje tiene más motivaciones que el de Ellen Ripley, sabemos más de ella y de su pasado, y sin embargo la heroína de Sigourney Weaver era más sólida, más compacta, más ajustada a las necesidades de la historia. El guión de Lindelof abre nuevos y más amplios horizontes (reales y figurados), pero la complejidad y la ambición de su premisa se pierde en resoluciones que no siempre están a la altura, giros innecesarios y subtramas que, en lugar de enriquecer la historia, entorpecen la visión del bosque.

Frente a ello, y no es poco, Prometheus es una de las propuestas más sólidas del cine de ciencia ficción moderno. Scott ha recuperado parte de su pulso y parece cómodo volviendo a terrenos familiares. La solvencia del conjunto supera todas las objeciones que le pueda poner, y si consigue despegarse de la sombra de su predecesora funciona perfectamente como el blockbuster veraniego más adulto. Su acierto a la hora de generar atmósferas, los golpes de efecto y algunos grandes aciertos (de nuevo, entre ellos, el androide de Fassbender) garantizan un producto capaz de superar la media, donde sólo los agujeros del guión, y el poco riesgo de una dirección que reclamaba un nuevo salto mortal impiden una jugada maestra. Nadie podrá negar, sin embargo, que Scott es capaz de sacar belleza de los entornos más inquietantes, ni que Hollywood entrega aquí uno de sus productos del género mejor acabados en los últimos años.

Y volvemos a la estrategia comercial del reciclaje. No tendremos (espero) nuevas desventuras de Kane o de Torrance, pero Ridley Scott ya ha anunciado que no se va a quedar quieto: Sus próximos proyectos incluyen una segunda parte de Prometheus y otra de Blade Runner (1982). Con estas noticias, ¿alguien sabe si Spielberg quiere recuperar a E.T.?

marco 75


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