Crítica

Red Road – Andrea Arnold

posted by Marc Muñoz 28 mayo, 2011 0 comments
Obsesión catártica en circuito cerrado

Debe ser sintomático que la mejor película que este servidor haya visto este año en un cine tenga fecha de 2006. El filme en cuestión se llama Red Road y supone la opera prima de uno de los valores más en alza del cine europeo: la realizadora británica Andrea Arnold.

Proyectada recientemente en el East End festival de Londres, la película es la primera de una trilogía cuyo germen idean Lars Von Trier y dos de sus seguidoras, Anders Thomas Jensen y Lone Scherfig. Bajo el nombre de The Advance Party, este proyecto imponía a tres cineastas noveles filmar una película durante un mes y medio en Glasgow, en formato digital, y con los mismos personajes y actores.

La de Red Road es la historia de Jackie Morrison, una funcionaria del ayuntamiento que pasa sus horas de trabajo observando las vidas de los demás desde los monitores que reproducen las imágenes grabadas por los CCTV. Jackie vive en una especie de burbuja aislada en la que disipa sus pensamientos y sus problemas de empatizar con sus semejantes. Sin embargo, un día, escrutando las imágenes de las miles de cámaras que siguen nuestros pasos en nuestro día a día, reconoce un rostro familiar que romperá en pedazos su burbuja irreal para enfrentarla de nuevo a sus peores fantasmas.

El plano con el que Arnold abre la película es ya premonitorio del clima angustioso, irrespirable e inquietante que rodeará al espectador en todo el trayecto. En él se observa un hombre con su perro plantado fijamente delante de una tienda. La imagen es granulosa, en ángulo picado, y de textura muy áspera. De inmediato la mente asocia esa imagen a los vídeos registrados por las cámaras de seguridad, que con tanto goteo, inundan telediarios, reality, shows, e incluso tabloides sensacionalistas. Al siguiente plano descubrimos un iris; mediante un plano enfocado, sin el grano ni la textura anterior, mirando atentamente un punto delante suyo. Finalmente se abre el plano y vemos a Jackie en el interior de una sala repleta de monitores, fijando su atención, sin el menor atisbo emocional, al monitor que reproduce la secuencia anteriormente descrita.

La primera parte del filme discurre en estas jaulas impersonales y deshumanizadas que observan la realidad de otros, y que representan la expresión física del Gran Hermano orwelliano, tan presente en el día a día de la sociedad inglesa. En esta burbuja tecnócrata reside Jackie, una mujer de mediana edad con falta de afecto, que tan solo conecta con la gente desde la distancia y la seguridad que le otorgan su particular cubículo “vouyer”.

Es la forma con que Arnold filma esas imágenes del circuito de televisión cerrada (CCTV), que todo lo ve y todo lo graba, lo que marca el pulso de la primera parte del filme. Con la textura, el grano, y las propias historias que dan acción en cada monitor, la directora consigue construir un extraño, etéreo e inquietante clima, que se apoya emocionalmente apelando a la memoria colectiva asociada a este tipo de imágenes, casi siempre vinculadas a crímenes o fechorías varias. Sin embargo, pocas cosas relevantes, peligrosas, pasan por delante de Jackie, hasta que un buen día todo cambia, un rostro familiar se le aparece en uno de los monitores, y pronto empieza su obsesión con él, rastreando cada paso que da a través de todos los paneles.

Es aquí cuando arranca la que podríamos definir como segunda parte de la película: una obsesión enfermiza con un “lumpen” residente en tétricos edificios de viviendas sociales; del que iremos conociendo su identidad, primero a través del circuito de cámaras de que Jackie observa su/la realidad, y luego mediante la interacción real y cercana con el sujeto. Este acercamiento de Jackie al misterioso hombre supone una especie de descenso a los infiernos tan bien plasmado mediante ese dibujo desolador y amargo de la periferia, los pisos sociales, y los personajes castigados que los pueblan.

 

La inteligencia de Arnold vuelve a destaparse al alargar la tensión y la naturaleza del conflicto, que atañe a Jackie con el miserioso hombre, hasta los minutos finales del filme. Durante el camino el espectador se lanza con ella a este viaje, entre emocionante, peligroso y angustioso, desconociendo en todo momento las razones reales que mueven a su protagonista a involucrarse en ese espiral urbano poblado de olores, ambientes, texturas y personajes grotescos. Arnold mantiene siempre en el espectador la inquietud de saber por qué la protagonista decide abandonar la seguridad de su cámara de monitores por la inseguridad de la calle, y verse abocada en esos ambientes cargados tan ajenos su vida apacible de funcionaria de ayuntamiento.

Una tarea que se antoja inviable sin la excelencia fotográfica e interpretativa. Especialmente la de Katie Dickie en el papel de Jackie, y la de Tony Curran como objeto de su obsesión. Arnold hila con sabiduría y efectismo todos los elementos fílmicos a su alcance para levantar esa atmósfera asfixiante de desolación, soledad y tensión que rodea a sus personajes y los paisajes apocalípticos urbanos por los que se mueven. Sin duda el estilo de realización adyacente al Dogma, más el uso de una fotografía sucia, a ratos quemada (con tonos azulados y rojizos cuando la protagonista se acerca demasiado a su presa o cazador), y el uso del silencio resonador como elemento de alteración, ayudan a que el espectador se sumerja al infierno del asfalto de las clases bajas, y sufra junto a Jackie su destino de motivos inciertos.

Red Road supuso un debut de altura para su directora que confirmó con la también muy recomendable Fish Tank. Red Road es un singular thriller que rezuma realismo social crudo, que deja una marca de ceniza y llamas en la memoria de los espectadores, y que tanto bebe de Ken Loach como de Hitchcock, Vinterberg, Haneke o Noé. Un filme poblado de imágenes abrasivas, de las que uno se siente extrañamente fascinado, pese a la naturaleza muerta, desesperanzada y desolada en que se centran.

Con estas credenciales no es de extrañar que la película obtuviera el Gran Premio del Jurado en Cannes de ese año, y que pertenezca al grupo de grandes películas que protagonizaron la última gran cosecha cinematográfica de calidad.

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