Crítica

Salvajes – Oliver Stone

posted by Alberto Varet Pascual 27 septiembre, 2012 0 comments
A la búsqueda (inútil) de un nuevo punto de partida

Poster Salvajes Oliver Stone

Hace mucho que Oliver Stone dejó de ser un hombre íntegro y un cineasta de referencia. El resultado es que a un increíble compendio de chorradas espetadas en los últimos diez años se le han sumado un puñado de películas igualmente prescindibles.

La que estrena este año sólo se aleja de esa triste estela temáticamente porque Salvajes, que así se llama, coquetea de lejos con la política y se centra más en la tensión territorial entre los Estados Unidos y Méjico ligada al tráfico de drogas (aunque Stone ha aseverado que el narcotráfico en la frontera está en conexión directa con la guerra de Irak).

Vista la obra, poco importa, la verdad, ya que el calado de la misma es leve; su credibilidad, nula; sus trampas narrativas, múltiples y su falta de ética, superlativa. Así, somos testigos de cómo el prestigioso autor, tras una década haciéndoles la corte a los tres gobernantes de izquierdas más importantes de Suramérica (¿para cuándo unas palmaditas a la Kirchner?), acaba perpetrando un film materialista protagonizado por unos pijos a los que se les mira con una extremada indulgencia.

Estos niños de papá son tres y están interpretados por Blake Lively (O), Taylor Kitsch (Chon) y Aaron Taylor-Johnson (Ben), un trío de caras guapas para que el neoyorquino se luzca como publicista. Y es que la cinta está repleta de momentos de belleza fugaces, saltos cromáticos y virajes al blanco y negro absolutamente gratuitos. Sólo existen las ganas de epatar y el resultado está más cerca de las fotos ideales que se haría una petarda para su cuenta de Facebook que del gran cine.

Mención aparte merece la relación que mantienen los jóvenes entre sí donde ella es la gran beneficiada del asunto pues disfruta de la compañía de los chicos que le dan lo que necesita sin celos ni preguntas: Chon simboliza el instinto animal mientras que Ben sería algo así como el amor y la dulzura. El primero es el tipo rudo y agresivo y el segundo, el calmado y espiritual. Por si hubiera tontos en la sala, el texto matiza: uno es un excombatiente de Irak y otro practica budismo. No se le hubiera ocurrido ni a la peor guionista de porno para mujeres.

Además de follar, poco más. Mientras O va de compras, ellos miran vídeos en Internet y controlan que su negocio (el de la marihuana) esté en orden ya que, no sólo el sexo, también la hierba es una pasión compartida. Esto es, Salvajes recrea la existencia de tres niñatos que no hacen nada productivo con sus vidas puesto que viven de lujo gracias al negocio de la droga. Nada que objetar sino fuera porque el realizador se esfuerza en filmar su mundo como idóneo en un ejercicio de estilo que busca captar las sensaciones dentro de la cabeza de la protagonista (siempre presente en una voz en off innecesaria) que acaba resultando más cercana al materialismo manierista de Bruce Webber que a una representación de la memoria.

Todo ello enmarcado en una inverosímil historia de narcotraficantes y drogas con  Salma Hayek (insoportable) y Benicio del Toro (encasillado) a la cabeza donde el dolor y el horror son rodados con una vergonzosa espectacularidad.

¿Y qué hay salvable en este título? Pues la inteligente construcción de la narración y el talento de Oliver Stone para hacerla fluir y generar momentos de tensión con escasos elementos. Unas razones exiguas para defender este pretendido e inútil intento por recolocar al autor de Asesinos natos en un nuevo punto de partida.

Y es que Salvajes naufraga entre los quilos de sangre, sadismo y sexo que pueblan un argumento lastrado por su mirada complaciente a una vida sin verdaderos valores (que intenta equilibrar sin éxito el guión con unas subtramas familiares lamentables) cincelada con un inmoral esteticismo por un director que ha perdido definitivamente el norte.

3,5

Leave a Comment