Crítica

Shame – Steve McQueen

posted by Marc Muñoz 16 febrero, 2012 0 comments
El precipicio de cristal

Shame

Segunda vez que el artista londinense Steve McQueen (ningún linaje conocido con el icono de Bullit) sacude conciencias, revuelve estómagos y seca las gargantas por medio de un artefacto fílmico de un alcance devastador. La primera fue con la inexplicablemente inédita en nuestro país, Hunger. Un acercamiento a la huelga de hambre del preso del IRA Bobby Sands. Ahora regresa, bateando con misma fuerza y certeza, con Shame, un descenso despiadado a la psique sexual y a la moral occidental a través del linchamiento físico y sin cuartel de un apuesto y triunfador ejecutivo de Nueva York.

Con la ayuda de la guionista Abi Morgan (capaz de lo bueno en The Hour, y lo pusilánime en La dama de hierro), McQueen firma un ejemplar guión alrededor de Brandon Sullivan. Un neoyorquino que habita un apartamento con magníficas vistas sobre el Hudson, se codea con las altas esferas, vive rodeado del lujo y la opulencia, asiduo a los ambientes más exquisitos, de los que siempre les espera un taxi a las salidas de los rascacielos, en definitiva, una vida de altura. Sin embargo, en el fondo Brandon es un ser atormentado, sufre una desafección aguda que le impide entablar vínculos emocionales con otras personas, y eso, le hace ver y concebir a las mujeres como simples objetos corporales con los que saciar su incansable sed sexual, y liberar así, de algún modo, la angustia vital que padece. Así se conforma su día a día, hasta que la llegada repentina de su hermana a su piso sacude con más virulencia sus demonios internos.

En base a esta sinopsis, los dos guionistas disponen un complejo entramado, presentado mediante las clásicas formas aristotélicas, con giros marcados que afectan el desarrollo de la figura principal del relato y con un último clímax final atronador. Este modélico guión escrito a cuatro manos queda fijado en parte por la trama del ascenso-caída-? (la ambigüedad de su final abierto impide determinar el último arco evolutivo) de un hombre, que aparentemente (según lo que el espectador ve en pantalla), lo tiene todo (principalmente éxito personal), pero que a medida que se adentra en el nudo, o lo que es lo mismo, en una mente que se descubre a través de la expresión física que rezuma el cuerpo, entonces, se comprende que es todo lo contrario.

A lo largo de casi todo el trayecto, McQueen lanza a Brandon (y con él al espectador) a explorar qué le conduce a enclaustrar todo su aliento en el sexo, en buscar la evasión efímera (en el lapso que duran sus orgasmos) de un modo de vida truncado, y a aventurarse en el disgusto y la impotencia que le provoca descubrir que los únicos estímulos a los que responde surgen de la líbido, del contacto físico más violento y enfermizo. Brandon es un ser mutilado, incapacitado para el afecto o la emoción. Ergo un personaje torturado. Y no es el único animal herido de la familia… también su hermana, quien en un momento de la película expone con elocuencia a Brandon: “No somos malas personas. Es solo que procedemos de un sitio malo”. Ésta es casi toda la información que el guión deja entrever sobre el pasado de estos dos personajes, sobre las causas que les llevan a descarrilar en el contexto de la gran ciudad y con el éxito profesional en sus hombros. Porque más allá del sexo como único refugio a la desafección, el filme también sobrevuela otros temas más amplios ligados a la soledad y a la moral. Y con ellos, consigue radiografiar con lucidez, rabia, precisión e intensidad algunos de los brotes virulentos e enfermizos que contagian a amplios sectores de las sociedades occidentales.

La película no se podría entender sin la presencia de Michael Fassbender, quien da forma al personaje central sobre el que gira toda la historia y la temática. McQueen proyecta sobre el cuerpo del actor las inquietudes conceptuales y temáticas que pretende transmitir, y éste no solo da respuesta a las intenciones de su director, sino que corresponde con una de las actuaciones más sobrecogedoras de los últimos años; exponiéndose a todos los niveles, y respondiendo igual de bien con el cuerpo que con los signos faciales. Hay en Brandon algunos rasgos que lo emparentan con el reverso amargo y alicaído que envuelve el aura triunfal de Don Draper en Mad Men. También podría entenderse como la nueva versión sexual y más actualizada de Patrick Bateman, pero desde el estreno de Shame, Brandon Sullivan perdurará como un icono cinematográfico propio, como un personaje complejo, turbio e imborrable al que acudir cuando se quiera comparar algún personaje destacable.

Tampoco hay que desmerecer en absoluto el espléndido trabajo de Carey Mulligan en el papel de la hermana, quien sin embargo no ha gozado de la misma atención que la de su compañero de trabajo (y no es la primera vez que le ocurre este año). La actriz de Una educación transmite una naturalidad asombrosa en el papel de este otro animal perdido, destrozado y emocionalmente moribundo que busca, desesperadamente, conectar en algún nivel con su hermano.

Todo este potencial actoral y el contundente guión, McQueen lo dispone con sobriedad y rigor encima de la pantalla. No concibe el cuadro cinematográfico como un lienzo donde expulsar su arte (acaso sí el cuerpo de Brandon, que confirma la violencia del cuerpo como el eje vertebrador de la obra de este artista-director), sino que le exprime un continente atenazante y fascinante, más formal que radical. Nunca se recrea más de la cuenta, no hay excesos ni desmesura en su envoltorio. Cada encuadre parece estar siempre ajustado a la precisa medida de lo qué se cuenta, cada movimiento de cámara parece estar en el sitio adecuado. El montaje, bastante clásico, marca como un reloj suizo los estadios por los que pasa el personaje. Avanzando, aturando o avasallando según le convenga en cada momento con ese control exhaustivo y avispado del ritmo. Se ayuda también del soberbio trabajo del director de fotografía Sean Bobbitt para recrear un Nueva York frío y distante, de tonos azules oscuros y grises, grandes cristales y espacios amplios, vapores del subsuelo y ausencia total del calor humano.

Todos estos elementos quedan potenciados varios niveles por encima en el dilatado clímax final. Un descenso a los infiernos apabullante, que ata la garganta con una fuerza indesligable, que no se veía con este radio de impacto desde Réquiem por un sueño y algunas de las películas de Haneke y Gaspar Noé. Y lo logra con un estilo opuesto al de Aronofsky, mucho más sobrio, pero el poso que deja a su paso es igual de extenso y duradero que el de la película citada.

Shame es un cuerpo fílmico cuyo interior alberga una lúcida y brillante caída hacía los abismos que conforman los trastornos morales del hombre moderno. Es también una feroz y salvaje mirada al sexo como catarsis de una sociedad amputada de valores y emociones reales. Y es antes todo el turbador viaje psicológico de una persona que acaudala en sus entrañas toda esa podredumbre. Solo hay que desvestir sus prendas para enfrentarse a un contenido altamente perturbador y salvaje.

Llegados a este punto no se me ocurre nada más que decir, mi limitado vocabulario resulta infacundo para lanzar más superlativos con los que intentar describir esta historia. Quizás por eso, y por la sensación única de haber sido noqueado, erizado y estimulado en su visionado, y en la misma intensidad que guardo a día de hoy cuando pienso en el filme, es por lo que no dudo en calificar a Shame como la primera obra maestra de esta década, y una de las más arrebatadoras y contundentes de los últimos años.

 9

botón Filmin


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.