Crítica

Sieranevada – Cristi Puiu

posted by Alberto Varet Pascual 20 julio, 2017 0 comments
Nuevo cine-verdad

Sieranevada

Si el reciente cine rumano se construye sobre planos secuencia y sonido diegético, la obra de Cristi Puiu es la que más y mejor ha sabido forzar sus límites. Frente a la tendencia de colegas como Radu Muntean o Cristian Mungiu de otorgar a cada unidad secuencial un significado y un tiempo ‘exactos’, el autor de Aurora prefiere dilatar la duración de los mismos hasta borrar su supuesto sentido, vaciar los gestos de cualquier valor preestablecido y llenar de diálogo, a priori intrascendente, situaciones, también en principio, banales. El resultado es la aniquilación de toda idea previa con la que el espectador llega a la sala de proyección.

Con esto en mente, ya se habrá imaginado el lector que Sieranevada no es, precisamente, un film para un público (mal)educado en historias, sino para uno educado en cine. Aquí el relato es mínimo (básicamente se narra una comida familiar). Lo realmente importante yace bajo unos personaje transformados para la ocasión en contenedores de un particular mundo interior que entrará en colisión con el del prójimo al estar marcados, unos y otros, tanto por sus historias como por la Historia. Una temática muy presente en el nuevo audiovisual rumano que no deja de cuestionar la naturaleza neocapitalista de su sociedad actual, incapaz, como la nuestra, de cerrar heridas del pasado por culpa, entre otras cosas, de las frustraciones materialistas y la desvergüenza política.

Sieranevada, por tanto, no es enorme por los asuntos que trata, ya vistos, sino por cómo los trata, por cómo los dispone en el tiempo. De una forma absolutamente magistral condensa su información durante el metraje sin que aparezca apenas esa molesta sensación de que el director, vía guión, está imponiendo lecturas desde arriba. Aquí la película se erige gesto a gesto, plano a plano (secuencia), con la aparente facilidad con la que un gran escritor doma palabras.

Puede que sea porque es, precisamente, a través de ellas como Puiu construye las tensiones de su obra. Sabedor de que una vale más que mil imágenes (y no al revés), el autor permite a sus personajes-persona hablar, discutir, orar y cantar, pues entiende que en todo ello radica una sinceridad total capaz de arrojar luz sobre patologías históricas, miedos, mentiras, celos y frustraciones. Una realidad que corretea agobiada de un lado a otro de una casa filmada por una cámara siempre a media altura, que no muestra ni un solo plano largo-conjunto de la familia, condenada a encontrase constantemente con objetos que obliteran su foco y anclada sin remisión a un trípode que limita por sistema sus movimientos.  

Los ecos del Buñuel de El ángel exterminador o del Berlanga de Plácido están ahí, pero esta película es nueva porque en ella la cámara es, en sí misma, el estado de las cosas del país. Un estatismo impuesto que rima a la perfección con ese frío tono marca de la casa que reduce al absurdo los brutales giros dramáticos del metraje y que condena a los clímax a sucederse como si latiesen bajo una tiránica carcasa que no permite ninguna salida al exterior. Como ese personaje que amenaza con una huida que no le lleva más allá de la escalera del bloque o esa pareja protagonista enfrentada, al salir a la calle, a una violencia genuina.

Si el cine-verdad de Vertov trataba de expresar a través del montaje una realidad aún más profunda que la que el ojo podía ver, podemos decir que Cristi Puiu ha logrado una renovación de aquel concepto gracias a su particular montaje interno. Una puesta en escena sutilmente alucinada y enigmática que tiene a las figuras de los padres (incluido el difunto y el cura) y las madres como auténticas puntas del iceberg. El desprecio de los primeros para con las segundas es acaso la llave para descifrar el significado último que habita esta gigantesca película. Una seria obra de arte que no cesa de preguntarse por la identidad de una familia, de una nación. Por la verdadera Historia de la Madre Patria.  

marco 9,5


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