Crítica

Sin amor (Loveless) – Andrey Zvyagintsev

posted by Marc Muñoz 24 enero, 2018 0 comments
….no hay perdón

Sin Amor

Andrey Zvyagintsev se granjeó ser considerado una de las espadas más  punteras de la cinematografía rusa desde que saltará a la palestra internacional con El regreso. Desde entonces, 2003, el cineasta ha trazado una conmovedora y venerada exploración por la culpabilidad – el gran fuelle dramático que guía la mayor parte de su filmografía – a través de una sociedad rusa moralmente descompuesta.

Con Sin Amor (Loveless), nominada ayer a la mejor película de habla no inglesa y gran premio del jurado en Cannes, escribe un nuevo episodio mediante la dramática desaparición de un niño desatendido en pleno proceso de separación de unos padres sin nada modélico en su funcionamiento como família.

Trasunto familiar, bajo corrientes sociales y melodramáticas, y reverberaciones bergmanianas, que muta, por momentos, al género del secuestro cuando la desaparición inocente del hijo se alarga y las sombras agoreras se ciernen sobre los irresponsables padres. Es entonces, cuando Zvyagintsev dispone su habitual mirada hacia la culpabilidad que concierne a esas figuras progenitoras ya con sus nuevas parejas y la falta de moralidad de unos actos de terribles consecuencias para el único elemento inocente en el entramado.

Si el retorno del padre ausente y la ambigüedad de su identidad  configuraba todo el mapa dramático de El regreso, aquí es el turno de la ausencia de amor de unos padres presentes lo que lleva al espectador a la angustia y la congoja alrededor de la suerte fuera de plano, esa que resulta esquiva y se aferra a la pista desaparecida de un niño desvalido. Conductas parentales impúdicas de las que el director ruso saca mayor gravedad cuando se vuelca, con sus habituales largas panorámicas y recorridos, y toda esta atmósfera gris y deprimida de la zona geográfica en la que vive y ejecuta su obra, sobre la rutina paralela de esos padres sin noticias del hijo ausente. Eso sí,  repartiendo siempre el grado de responsabilidad entre ambos (no hay aquí ajustes paternales o maternales).

Sin embargo, es la culpa, el verdadero antagonista de la película, lo que les impide rehacer sus vidas y recobrar la normalidad, como tan brillantemente remarcan los dos planos finales. Para mayor dolor sobre la sensación desoladora y triste que acompaña el visionado, el director ruso decide no claudica con un final cerrado, pero concluye con una pista que conecta con el inicio del film, y que resulta más  descorazonadora que la propia imagen mortuoria que angustia con irrumpir durante un tramo del filme.

Inteligente juego de elecciones en un guion que por momentos, y ahí radica su principal vara, acentúa la degradación moral de los padres hasta límites algo inverosímiles, destapando su actitud detestable en términos subrayados y reiterativos. Una sutileza que sin embargo recupera, reconfortando así el visionado, en otros tramos de la película.


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