Crítica

Sombra – Zhang Yimou

posted by Marc Muñoz 15 mayo, 2019 0 comments
Wuxia recuperada

Tras sufrir un descalabro importante con La gran muralla, su amago de incursión a las dinámicas hollywoodienses (sin salir de su país de origen pero con un plantel de estrellas con sonados caches en dólares), Zhang Yimou endereza el traspiés con Sombra. Un elegante acercamiento a la wuxia que tantos beneficios le reportó cuando explotó su faceta épica y fantasiosa en Hero y La casa de las dagas voladoras, ambas a rebufo de ese éxito que el taiwanés Ang Lee (este sí que se dejó seducir por los cantos de sirena de Hollywood) cosechó con Tigre y dragón.

En este nuevo acercamiento, el director chino, recupera esos ademanes satisfactorios, aunque especialmente fija su mirada en el cine clásico samurai de Kurosawa. Entre ese espectro tonal y referencial se levanta este relato alrededor de los cimientos tambaleantes y podridos de la corte del condado de Pei, donde un respetado y condecorado general del ejército se ve obligado a crear una sombra (un doble) con tal de sobrevivir a las traiciones que se suceden en el seno de la corte. Todo adquiere una aire más enmarañado y peligroso cuando el rey y el comandante jefe deciden asediar la ciudad amuralla de Jing.

Así, la propuesta del autor de La linterna roja busca su encaje en un punto intermedio entre la wuxia épica e irreal y el drama íntimo, entre la acción espectacular y el saliente discursivo a través de tramas palaciegas. De hecho se inclina ligeramente sobre este último terreno para buscar los brotes de humanidad señalados en el cine del autor de Rashomon, y mucho antes por William Shakespeare, a través de un mecanismo narrativo propicio como son las intrigas palaciegas y el abono de maldad, traición y recelo generadas por el anhelo de poder. Si mientras rodea ese espacio dramático, el cineasta chino opta por cierto clasicismo y sobriedad en las formas (de nuevo emparentándose con Kurosawa), es en los estallidos de acción medieval donde Yimou recupera un pulso posmoderno que traslada sobre algunas de las batallas más electrificantes y visualmente hermosas vistas en tiempo. Una de ellas, el inolvidable asalto de la ciudad amurallada con una táctica militar inaudita (obligado disfrutarla en pantalla grande), recuerda  las tremendas y tensas batallas de Zatoichi y 13 asesinos, mientras que el duelo previo entre los dos comandantes parece beber más del videojuego de lucha, tipo Soul Calibur. Una paleta más amplia de lo previsible que logra contener de manera cohesionada gracias a la impecable y majestuosa fotografía en blanco y negro de Xiaoding Zhao, que convierte cada frame en una litografía a admirar, a veces, incluso, acercándose al síndrome Stendhal generado por la fotografía de La asesina.

Numerosos atributos para esta cinta que aborda la universalidad del amor y los celos, la ambición y el honor bajo un equilibrado esquema que conjuga tradición y modernidad. Tan solo la previsibilidad de su línea narrativa, y ese sensación de esfuerzo creativo aplicado en fomentar algo ya superado, es lo que entorpece un conjunto digno y admirable que recupera la fe en su artífice.


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