Crítica

Somewhere – Sofia Coppola

posted by Marc Muñoz 26 septiembre, 2011 0 comments
Hastío de cinco estrellas

Tras haberse desvinculado del peso del apellido de su padre, y haber cosechado reconocimiento internacional, Sofia Coppola sigue película a película moldeando una carrera, que pese a las reticencias iniciales, tiente tintes de solidificarse en algo compacto con el paso de los años. Al menos esta es la lectura que se extrae tras contemplar su última película, Somewhere.

Un año después de llevarse el León de oro en Venecia llega finalmente a las carteleras españolas esta historia centrada en la tediosa existencia de un actor (Stephen Dorff) de Hollywood que malvive lujosamente en el Chateau Marmont de Los Ángeles, rodeado de opulencia y facilidades que no consiguen llenarlo. Todo cambiará en el momento que la hija de un matrimonio fracasado (Elle Fanning) viene a pasar una temporada junto a él.

Con apenas cuatro películas a sus espaldas ya resulta posible trazar un mapa con las constantes que rigen el cine de esta directora neoyorquina. A nivel temático, la soledad ha sido el hilo conductor sobre el que ha construido todas sus obras. En diferentes ambientes, y distinto grado, la soledad fue el eje temático de Las vírgenes suicidas, The Lost in Translation, María Antonieta, y ahora lo es de Somewhere. Una soledad principalmente ligada a unos personajes con problemas de encaje (social y espacial) en la realidad extraña que los rodea. Esto los lleva a un cierto aislamiento en ambientes que siempre tienden a lo artificioso (es esta habitación de hotel en el que vive Johnny Marco un claro ejemplo de ello). La salida de estos personajes suele ser el escape, inadaptados sociales que buscan escapar, mientras el mundo ansía asemejarse a ellos.

Otra constancia muy latente en su cine, es la incomunicación, la incapacidad (por ruido, idioma, o distancia moral y/o de valores) de comunicarse con los demás. Una latencia temática que se manifiesta como un rasgo definitorio de su cine con esa frase, ese diálogo, que no podemos oír (la paradigmática secuencia final de Lost in Translation, y que aquí se autorreferencia de un cierto modo).

Coppola se mueve a la perfección entre estas constantes temáticas que se repiten de forma coherente a lo largo de su corta trayectoria. Y en Somewhere las vuelve a confeccionar con precisión y maestría. Su dibujo de esta estrella del cine vacía por dentro, cansada de su extravagante monotonía, de sus correrías, de sus juergas, de sus lujos adquiere un vigor extraordinario con la ejecución visual tomada. Es esa patética secuencia de unas strippers bailando en la habitación de un hotel y quedándose él dormido, es esa sensación desoladora del actor viendo la televisión en la habitación del hotel con la única compañía de una cerveza las que albergan el verdadero contenido, y a la vez suponen el conflicto del protagonista.

En somewhere el incidente incitador, la aparición que despierta a Johnny Marco de su letargo, es su encantadora hija. Es su inocencia, el amor hacía un padre de carne y huesos y no la celebridad que representa (se huelen retazos autobiográficos), lo que imprime aire al tedio existencial en el que vive sumergido y lo redime. Es su irrupción lo que permitirá un escape hacía adelante.

Si hasta ahora el cine de Coppola había estado algo diezmado, especialmente en Marie Antoinette, por un híper estilizado envoltorio que en ocasiones no dejaba ver el núcleo principal de su contenido. En Somewhere, la directora de Las vírgenes suicidas parece haber alcanzado la madurez necesaria para prescindir de sus momentos videocliperos, para no limitarse a la hora de emplear un tempo lento en la película, y para sacar el mayor valor emocional y narrativo con la mínima expresión formal. En ese sentido resultan ejemplares planos dilatados como el que abre el filme o todos esos planos estáticos y distantes, que con mínimo movimiento (tanto de cámara, como de la acción dentro del plano, como de diálogos), incide de forma mayúscula en recrear el estado de ánimo de este pobre rico, y además lo consigue congeniando coherencia formal y de contenido. Su estética sigue teniendo ese aire indie, pero en lugar de hermandarse con Wes Anderson, ahora parece ser más deudora de Gus Van Sant, o incluso de Jim Jarmusch.

El ritmo de la película puede resultar lento y aburrido, pero a si mismo, resulta clave y necesario para acercarse al hastío de su protagonista y entender las coordenadas temáticas y emocionales por las que se mueven los personajes que dibuja su directora. Son precisamente estos extensos planos en los que aparentemente no ocurre nada, lo que más juego dan al espectador para interpretar lo que realmente pasa.

Coppola ha alcanzado una solvencia en su estilo que se percibe más allá de su estética visual (donde siguen muy presentes los tonos azules, desolados y tristes) y atañe también a la gran labor en la dirección de actores, con un convincente Stephen Dorff en la labor de la estrella de Hollywood asqueada, o la de esa encantadora niña interpretada por Elle Fanning (que talento de actriz). Pero también en la elección de la música, la presencia de temas indie de rabiosa actualidad no es tan abrumadora. En esta ocasión la banda sonora la ha dejado a manos de Phoenix, que lidera su marido Thomas Mars, y del que se intuyen nuevas colaboraciones juntos.

En Somewhere Coppola se confirma como una gran retratista del Off Hollywood, de lo que se puede esconder debajo de tanta opulencia, de la decadencia que irradian sus fiestas, las galas y las habitaciones de hotel de lujo, de la tristeza que subyace en los ambientes exquisitos y anhelados. Y lo logra sin estridencias, sin artificios ni frivolidades. Con su última película Sofia Coppola se gradúa como la gran narradora de la soledad, y lo hace mirando hacía delante, en una dirección diametralmente opuesta a la de su padre.

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