Crítica

Star Wars: El despertar de la fuerza – J. J. Abrams

posted by Marc Muñoz 22 diciembre, 2015 3 Comments
Relevo mimético

El despertar de la fuerza

La saga cinematográfica que tantas pasiones despierta entre su extensa masa de seguidores volvió a la cartelera el pasado viernes diez años después del episodio que cerraba la trilogía precuela, y casi 40 años después de que George Lucas introdujera en la memoria colectiva a estos personajes que tantas alegrías dispensan, tanto al fan que espera sus nuevas aventuras con júbilo, como a los productores y distribuidores que se frotan las manos con su impacto en la taquilla.

Con el padre de la criatura millonaria desvinculado del negocio por una módica suma que Disney desembolsó al adquirir Lucasarts, el encargo de insuflar nueva vida a la saga recaía en un valor seguro de la industria actual, probablemente el más fiable de la penúltima generación de directores habituales en los despachos de Hollywood; un J. J. Abrams que asumía la responsabilidad de llevar a buen puerto tal exigente empresa cinematográfica. Y en ese sentido Abrams se desenvuelve de la forma más eficaz, cumpliendo con las elevadas exigencias marcadas por Disney, pero aún más determinante, las dictaminadas por una legión de fans incapaces de perdonar un desvío, ni por mucho que este proceda del propio profeta de su religión, tal y como ocurrió con el papel de Lucas en la segunda trilogía.

El Despertar de la fuerza, el séptimo episodio de la saga, se emplaza 30 años después de los hechos acontecidos en El retorno del Jedi: Luke Skywalker anda desaparecido, y la única pista sobre su paradero la guarda un androide llamado BB-8. Un stormtrooper renegado  y una chatarrera huérfana tendrán que llevar el descubrimiento a la resistencia antes que las fuerzas del Primer orden (una división del Imperio lideradas  por un nuevo villano, Kylo Ren) lo capturen.

Con este escenario el de Super 8 construye un juguete sumamente respetuoso con la trilogía original, especialmente con su cuarto episodio (y primero en estrenarse), hasta el punto de repetir el mismo esquema argumental, secuencias que retumban como un déjà vu, escenarios y universos que evocan a los ya vistos en la saga, y presentando a personajes que no son más que el relevo generacional de esos otros a los que recupera para escenificar ese cambio de testigo. Es tal la aproximación con el original que cuesta dirimir si la propuesta de Abrams se queda más cerca del homenaje o del remake. Pese a las similitudes incuestionables, la película termina inclinándose por lo primero, gracias a ese tono nostálgico con el que unta todo el metraje, y que no solo funciona como marcador de guiños para el fan atento, sino también como potenciador de las emociones que pretende acumular en su trayecto, e incluso como juego extra cinematográfico de lo que supone la saga y este reinicio para las nuevas generaciones.

Algo que no impide tener cancha para recriminar a Abrams su falta de osadía a la hora de abordar la ofrenda. Si en Star Trek se salió estupendamente airoso rompiendo los moldes preconcebidos de otra saga cinematográfica con millones de fans intransigentes, incluso imprimiendo un trasfondo contextual sobre el 11-s en su segunda aventura trekkie, en El Despertar de la fuerza no lo empuja la misma valentía y decide decantarse por la pleitesía y el respeto máximo. Eso repercute a varios niveles, no solo en el narrativo, donde todo se vuelve previsible, sino también en el plano estético, o en el creativo aplicado al diseño de este universo tan familiar en la memoria del cinéfilo.

Y con ello no solo se reduce la capacidad de sorpresa, sino el impacto de generar nuevas emociones para viejas y nuevas generaciones a través de reinventar una iconografía que sin duda estaba lista para sufrir un salto, o como mínimo, un lavado de imagen más acorde a nuestros tiempos – y no hablo de la inclusión de efectos digitales, más al contrario.

Descontando el androide BB-8 – un personaje que resuelve la papeleta cómica mucho mejor que el Stormtrooper que interpreta John Boyega y cuya personalidad remite a Wall-E, mientras que su diseño apunta a Jonathan Ive -, algún vehículo nuevo, y el diseño del sable de Keylo Ren, pocas aportaciones al universo se puede atribuir Abrams a su solapa.

Tampoco carga su contenido significativamente de batallas espectaculares – hay un par-, ni de una épica desatada, así que el principal logro de la producción está en dar cobijo a toda la sustancia emocional que sin duda alterará las pulsaciones de los fans. Esas entradas de los personajes que marcaron la saga se produce no solo de una forma ordenada y coherente, sino configurada sobre una expectación desbordada que potencia los golpes emocionales que dispensa cada encuentro sonado. Pese al relevo generacional que se escenifica con la película, las viejas e icónicas figuras sigue levantando más pasiones que estos nuevos personajes que han venido a cubrir su vacío cinematográfico –  en ese sentido Daisy Ridley coge la sartén por el mango en su papel de aprendiz Jedi, más dudas genera Adam Driver como villano de la función.

Como dijo un amigo a la salida de la proyección: “Star Wars es y será una saga para no adultos”, y la película de Abrams conecta con nuestra sensibilidad más inocente y aniñada de manera rotunda y fulminante. En ese sentido ha construido un festín emocional, una reverencia al pasado a través de la nostalgia que habrá que colocar en el podio de la saga en su justa posición una vez que se complete esta trilogía que Disney amenaza con servir a un ritmo apresurado de aquí al 2019.

7

 


3 Comments

Alberto Varet Pascual 22 diciembre, 2015 at 21:27

Lo de esta peli es un poco fuerte. Creo que no deja de pasearse por momentos ya vistos. Decir que es un déjà vu es quedarse corto: es una sucesión de instantes míticos que deben ser cuestionados. En este sentido, funciona muy bien el encuentro, al principio de la peli, entre el piloto protagonista y Kylo Ren, donde el humor parece poner en crisis el terror que un disfraz tipo Vader lleva consigo.
En este sentido, el humor y la química entre los nuevos protas (que están muy bien, sobre todo ella (en todos los sentidos)), es lo mejor. Pero el guión es sumamente ortopédico, y a muchos, aunque no lo quieran reconocer, les recordará a cosas de las defenestradas secuelas.
Al hilo de esto, creo que esta película deja claro que aquellas no eran tan malas, y que la imaginación de Lucas es muy superior a la de Abrams y los fans. Allí había ganas de inventar constantemente, aquí sólo de imitar. Pero esa imitación no conlleva una lectura acerca del valor de las imágenes de antaño y su lugar hoy entre nosotros. Y eso que vi una copia brutal en 70mm (la única en Europa) que te permite ver la calidad de una imagen en la que Abrams formula una fisicidad pasada y la carga de su buen hacer para la épica moderna. Bueno, pues, a pesar de esto, no hay ni una sola gota de autorreflexión. Únicamente las ganas de saltar de un espacio conocido a otro (¡con lo maravilloso que es el plano de abertura de la cinta!), lo que dirige al film a la ortopedia y la falta de flujo narrativo que colapsa cualquier atisbo de emoción. Por eso ésta no llega, por mucho que aparezca la vieja guardia. Aparición siempre con calzador, en especial la de R2-D2, patética a mi juicio.
Y sí. Si analizamos la conclusión entendemos que se trata de un reencuentro. ¡Pero qué mal los filma Abrams! Ese final tan tosco, en el que toda elección de planos es errónea, con un plano de helicóptero para intentar impulsar un misterio que el director sólo abraza en un maravilloso plano/contraplano entre un sable láser y unas ancianas lágrimas.
Si lo mejor está en el arranque, lo peor está justo en lo que mueve la cinta. Y es que Abrams es bueno filmando acción y escenas sensibles, pero nada tiene sosiego ni misterio. Sus pelis no dejan huella. Un colega, de hecho, me comenta que sus películas son sólo un arranque de 2 horas. Creo que tiene razón: no sabe navegar en el tiempo. Todo es chunda-chunda que furrula por acumulación. Por eso no es de extrañar que la película se disfrute más masticada que durante su visionado, donde el aburrimiento llega varias veces.
Y dos últimas cosas: a) Si ya conocemos a los personajes, por qué verles hacer cosas que ya conocemos (los contrabandistas en el Halcón Milenario).
b) Tampoco iba a pasar nada si Abrams decidiese no poner alienígenas en una de sus películas. Sólo eso.

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Marc Muñoz 22 diciembre, 2015 at 22:51

Sí, de acuerdo con lo del guion ortopédico, previsible y transitado. No tanto con lo que comentas de que Abrams es hábil cargando su obra de épica moderna, creo precisamente que esto escasea; si descontamos la primera huida del Halcón milenario y la batalla final, la peli se queda sin acción y sin épica, de ahí cierto aburrimiento en el tramo central. Lo que no comparto es que no brote emoción, creo que la película se sustenta precisamente en eso, en apelar a la nostalgia del espectador-fan ya sea a través del homenaje descarado o del reencuentro con los iconos de la vieja guardia. Y solo por eso, creo que Abrams cumple, a medias, en su misión, o al menos, viéndolo desde el punto de vista del entusiasmo generalizado que parece haber levantado su trabajo.
A) sí todo lo de R2-D2 es bastante lastimero y patillero
B) Y sobre el final, no creo que sea tanto que lo filme mal, sino que el misterio es incapaz de brotar por lo previsible de su recorrido. E insisto… aún así, consigue tocar(me) la fibra.

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Alberto Varet Pascual 22 diciembre, 2015 at 22:59

Yo creo que la fibra la puede tocar por acumulación de viejas glorias y tics/guiños, pero no porque él sea capaz de abrazar el misterio y la intensidad originales. Pienso que todo es postizo. Más, mucho más, de hecho, que en los guiños que había en las secuelas.
En la última escena, todas las elecciones, excepto el citado plano/contraplano, son, a mi entender, erróneas. El helicóptero es una forma de impresionar desde fuera cuando no puedes emocionar desde el interior. Yo creo que es un encuentro fatalmente rodado. Pero para gustos…
Y, en cuanto a la acción, pienso que está muy bien dirigida, pero no es mucha y entra destartalada. También porque llega de la mano de un guión que, aún sin estar digamos mal escrito, tiene taras muy claras. Y sí, no ayuda repetir lugares, escenas y momentos. Creo que esa misma acción en otro ámbito hubiera funcionado mejor. Aunque J.J. siempre hace pelis apelmazadas. Creo que está muy lejos de dominar el tempo cinematográfico. Del misterio de la imagen ya ni hablar.

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