Crítica

Star Wars: Los últimos Jedi – Rian Johnson

posted by Marc Muñoz 18 diciembre, 2017 0 comments
La esperanza de un nuevo ciclo

Star Wars: los últimos Jedi

La tercera trilogía de la saga cinematográfica de mayor culto religioso descolgó su pieza central en los cines en fechas pre-navideñas – como ya es habitual en este calendario precintado por Disney – con la voluntad y el deseo de repetir los logros en taquilla de su antecesora, El despertar de la fuerza. De momento, tras concluir el primer fin de semana en cartelera, las cifras eufóricas acompañan: segundo mejor estreno de la historia, solo por detrás del récord taquillero conseguido por J. J. Abrams con el episodio VII. Pero al contrario de la propuesta planteada hace dos años por el de Super 8, la obra de Rian Johnson dinamita convenciones y códigos del libro sagrado de Star Wars para exponer así una luz más sorprendente  y revolucionaria, la que utiliza para iluminar  el futuro desarrollo de la saga, aunque esto, muy probablemente, le impida alcanzar en términos de taquilla la hazaña de Abrams. Además, con su osadía conceptual, se ha generado el desprecio de parte de la facción más radical de los fans de Star Wars.

Si en El despertar de la fuerza se preservó un respeto desmedido hacia el trabajo original de George Lucas mediante un mimetismo que reproducía hasta los mismos esquemas argumentales – algo así como un mapa calcado pero con nuevos jugadores configurándose para dar el relevo a los personajes icónicos -, en definitiva, un artefacto clónico con picos emocionales hechos bajo el mismo molde (incluso estético) de la saga original, y por otro lado, Rogue One quedaba como la criatura desatendida y desubicada en la cronología de La Guerra de las Galaxias, el resultado del afán avaricioso de Disney, y por último este Los últimos Jedi que se desmarca de ambos caminos para proponer una nueva vía desde la que preparar el asalto futuro de la saga, un escenario con suficientes elementos y personajes novedosos y emancipadores  que posibiliten un relevo generacional al que se alude desde dentro de la pantalla – parte de la emotividad va ligada a ese aspecto intrínseco – , sino que además, gracias al estilo imprimido por Johnson y la particularidad autoconsciente que arrastra la obra, ese relevo generacional queda también patente fuera de la pantalla con el guiño a una nueva generación de espectadores.

Un riesgo notable de cara a los feligreses más intransigentes del que sin embargo el de Looper sabe salir airoso. Primero al no desechar todo el componente nostálgico, esos lazos sin los cuáles no tendría sentido seguir buceando en la saga, y que aquí, parten de la copia descarada de Abrams para transformarse en sentidos homenajes a los personajes capitales de Star Wars bajo equilibradas dosis. Segundo por imprimir algo muy novedoso a la identidad del relato galáctico y que seguramente sea la piedra que descoloque y lleve a repudiar el filme a los más acólitos: un humor muy de la escuela de los hermanos Zucker  y Jim Abrahams  filtrado, de forma notable, en varios segmentos de la película, no solo aflorando como el necesario sosiego ante un ritmo endiablado, sino sacando seriedad a una epicidad que está más presente que en la propuesta de Abrams, especialmente durante su frenético tramo final. De hecho, también con ese humor abundante, de tono paródico, Johnson se cubre a la hora de confiar la búsqueda de un misterio que no corresponde intentar dar salida a estas alturas del partido. En su lugar, prefiere imprimir un ritmo que impide el parpadeo: tres historias en paralelo desarrolladas en el mismo plano temporal que se cruzan y se separan en distintos momentos hasta su convergencia en el tramo final:  un encadenamiento de tres o cuatro clímax con el que se busca secar los lagrimales;  batallas y enfrentamientos consecutivos que en cualquier otra producción hollywoodiense hubiera supuesto el acceso inmediato a los títulos de crédito, mientras que aquí se sigue apostando reiteradamente por el espectáculo colosal. Dejando por el camino varias secuencias memorables; el enfrentamiento coreográfico en la corte del líder Supremo Snoke que parece filmada con la ayuda del equipo artístico de Tarsem Singh y Zhang Yimou, o la potente batalla final donde la fotografía de Vittorio Storaro parece empapar la escenografía wagneriana que acoge a todos los personajes implicados en el octavo episodio.

En su decidido paso por tejer complicidades con el zeitgeist juvenil no duda incluso en dar pinceladas temáticas en ese sentido: el ecologismo y el animalismo afloran por algunos fotogramas,  un feminismo nada testimonial, como también cede espacio a personajes ligados a grupos raciales minoritarios en los Estados Unidos, como la pareja compuesta por el ex-soldado de asalto Finn y la soldado rebelde Rose Tico. Aunque más impulsivo y beneficioso es la consolidación de unos personajes cuya madurez permite el paso de la llama con garantías; Johnson, consciente y hábil, juega las cartas emotivas alrededor de ese choque generacional, expresado en los diversos conflictos que atañen a los personajes centrales, Rey y Kylo Ren. Mientras el último quiere romper con el pasado a las bravas,  Rey adopta una posición de admiración y respeto a través de un aprendizaje que le cuesta alcanzar por vía de un Luke avinagrado, desencantado y huraño, muy alejado de la faceta mitológica que el aficionado podía esperar. Y precisamente la película del director de Brick se encuadra en esa actitud que Rey tiene con Luke, respetando las dinastías anteriores, la mitología originaria, alimentandola con reducida nostalgia, y cuidando al detalle los reencuentro y las apariciones de los personajes legendarios – especialmente los de Leia – pero a su vez insuflando aire fresco, aportando un tono distinto que no tiene miedo de redibujar los códigos, e incluso cachondearse de estos, y en el proceso, perfilar los nuevos héroes y villanos para que afronten entregas futuras con las condiciones dramáticas que se les presuponen. Por si fuera poco aplica un barniz “meta” sobre el estado de la saga y los puntos cardinales que afrontará en los siguientes pasos de la estrategia diseñada por Disney.

Los últimos Jedi emprende así dos pasos hacia adelante por cada paso atrás. Rian Johnson se atreve a cuestionar características dogmáticas de la saga – al menos se erige como el episodio más osado en mantener vivo el espíritu embrionario-, ha cerrado un ciclo para abrir otro que puede seguir suministrando  emociones cósmicas  a una nueva legión de adeptos. Y precisamente por eso la película es tan relevante y satisfactoria. Un capítulo de entretenimiento puro a la vez que rompe esquemas y códigos que permiten configurar una galaxia hermana llena de estímulos y sensaciones que probablemente es lo que hubiera tenido que intentar J.J. Abrams en su intento. Ahora la faena será suya de intentar seguir la estela ganadora en la entrega que cerrará la actual trilogía en un par de años.

marco 75


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