Crítica

Starred Up – David Mackenzie

posted by Marc Muñoz 16 septiembre, 2014 0 comments
Dramas enjaulados

Starred up

El drama carcelario ha sido siempre un género fecundo para el séptimo arte. Desde Fuerza bruta, La Evasión, El hombre de Alcatraz, La gran evasión, Papillion, El Expreso de medianoche o muestras más recientes como Pena de muerte, En el nombre del padre, Cadena Perpetua, Un profeta, Hunger o la española Celda 211 certifican el primer enunciado.

Grupo al que pertenece Starred Up, un relato enclaustrado en las galerías de un centro penitenciario inglés. Ahí termina Eric Love, un joven problemático y explosivo, con un temperamento incontrolable. Tan solo uno de los hombres más respetados de la prisión, y un educador social que trabaja con los presos, intentarán enderezar al chico antes de que caiga en el pozo de la muerte o de una vida entre rejas.

Un destino que Mackenzie deja sin resolver, y en su lugar prefiere ubicar un soberbio plano final que lanza una pista al espectador avivado. Porque lo que en realidad le interesa a su director es la exploración de los ambientes sórdidos que infectan las prisiones inglesas,  extrapolable a los sistemas penitenciarios de tantos otros países. Una incursión cruda, visceral, sin cortinillas ni bises a bises vigilados. David Mackenzie prefiere adentrarse en lo más hondo de ese ambiente claustrofóbico y asfixiante para reflejar la carga de éste sobre las espaldas de su personaje central. Un Eric Love sobre el que gravita todo el peso dramático de la película.

En él, en su adaptación a un medio hostil, en su frágil posición que lo empuja a tener que  ganarse un sitio en un ecosistema diseñado para que los animales más despiadados impongan su propio reino, se desliza la trama argumental de este largometraje. Una obra que como apunte al natural cumple con todas sus miras, pero que no termina de encontrar un anclaje firme cuando va en búsqueda de un conflicto más extensivo.

Todo el vínculo del joven y su protector, así como los intentos de corrección impartidos por el educador para que los presos controlen su ira y sus instintos más violentos, cuajan en el entramado narrativo, pero no se puede decir lo mismo cuando el filme explora otras subtramas en búsqueda de otros conflictos, cuya aparición y desarrollo, parece a veces fortuito y forzado, escudándose en exceso en el carácter temperamental del protagonista. Y cuyos principales males los absorbe el personaje interpretado por Sam Spruell, el gobernador dibujado con trazo grueso y que salpica de maniqueísmo el relato.

Por suerte queda contrarrestado por un elenco actoral apabullante:  Con los fiables Ben Mendelsohn y Rupert Friend, pero por encima de ellos un portentoso Jack O’Conell cargando con el peso del relato, metiéndose en la piel de este animal rabioso y salvaje imposible de contenerse, quien escupe sangre y babas cada vez que la cámara se fija en su rostro. Este joven inglés libera un torrente de emociones insostenible,  que anega incluso el trabajo de los dos grandes actores citados más arriba, y que invita a pensar en el nacimiento de un nuevo talento de cara a próximos años.

Sin duda lo más preciado de este sólido drama, compuesto de metraje de alto voltaje, con abundante contenido realista, bruto y visceral que golpea al espectador, tal y como exige la crudeza del ambiente que retrata, y que podría haber ajustado algo mejor sus mecanismos narrativos para tenerlo aún en mejor consideración.

6,5

 


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