Crítica

Steve Jobs – Danny Boyle

posted by Alberto Varet Pascual 31 diciembre, 2015 0 comments
Un egocéntrico director de orquesta

Steve Jobs

Como vemos en varios tramos de la nueva cinta de Danny Boyle, Steve Jobs tendía a medirse con hombres de la talla de Bob Dylan o Martin Luther King. El tiempo demostró que su presunción no era gratuita, pues fue un visionario. Uno mercantil, concretamente. Él predijo, de algún modo, dónde estaba el dinero, y que ese dinero le convertiría en una persona inevitable dentro de la sociedad consumista norteamericana (y, por extensión, mundial).

No sólo el tiempo. Los creadores audiovisuales también le han terminado por dar la razón a través de revisiones de su vida en todo tipo de formatos y fórmulas desde su muerte. La última de estas manifestaciones es un largometraje lleno de buenas bazas bajo la manga, como Michael Fassbender en la interpretación o Aaron Sorkin en el guión, pero que destaca más por el egocentrismo del propio director, dispuesto a medirse en grandeza al mito, que por ninguna otra cosa.

Más allá de la fama, Steve Jobs es un personaje muy goloso para un biopic. Su accidentada existencia (que contó con escándalos profesionales y personales), su lucha contra el cáncer, la superación del mismo y la mitificación final de sus productos le convierten en pasto para los mejores escritores. Y ahí ha entrado Sorkin, con un texto muy suyo, lleno de sabrosos diálogos imposibles, idas y venidas de información, buenas tramas secundarias perfectamente vertebradas en la principal y una dispensación de la información idónea. El resultado es un libreto complejo, una golosina al nivel de la vida del protagonista que merecía un realizador mejor y, sobre todo, más humilde.

Si uno leyese el trabajo de Sorkin sin haber visto antes la película llegaría a la conclusión de que Jobs tenía genio, pero, igualmente, de que aquel tipo delgado era un auténtico capullo con su familia, un tirano con sus compañeros y un vendedor eficaz antes que un inventor. También alguien solitario, aunque esa soledad, tan propia de los artistas, procedía, asimismo y de algún modo, de su difícil forma de ser. Y sí, sabemos que los genios son tipos complicados, pero se antoja chocante el lugar al que se ha llevado Boyle esta idea: para el de Trainspotting todo lo malo del personaje está justificado en su grandeza, así que el problema es más de los que le rodean que de su ego. De la incomprensión del otro hacia el talento. Y no será este crítico el que niegue aquello de que ‘el talento anda siempre bajo sospecha’, pero la manera en la que el autor retrata a Jobs (y a sí mismo) cual director de orquesta inclina la balanza claramente hacia la teoría de ‘gran hombre incomprendido’ en detrimento de la que ilumina el sufrimiento de los demás.

Ahora, si, como sugiere la película, el creador de Apple era una especie de director de orquesta (treta para justificar su incompetencia técnica), hay que decir que era uno bastante mejor que Boyle, quien, a pesar de contar con unos grandes músicos (guionista, productores e intérpretes rayan a gran altura), no es capaz de hacer mucho más que poner todo en orden. Y para eso ya está el guión. Es decir, que el cineasta se ha limitado, básicamente, a ilustrar un texto. Eso sí, a la ilustración le ha dado un ritmo de chunda-chunda a base de música de chunda-chunda y planos inclinados para que parezca más de lo que es. También ha añadido determinados momentos de desmelene onírico donde está lo más sugestivo del film, pero incluso ahí se percibe la poderosa mano de Sorkin.

Donde sí se exhibe Boyle en todo su esplendor es en el estruendoso final a mayor gloria de la figura que se fue dejando tras de sí todo un universo consumista. El de La playa no pondrá esto en tela de juicio. Tampoco las actitudes reprobables de Steve Jobs durante el metraje, que acabarán en peccata minuta. Lo bueno que supuestamente hizo por la humanidad vale el dolor de los que le padecieron. El autor juega en esa liga, la de la petulancia y el ombliguismo, que no es, precisamente, la de la sutileza. Ésta se queda en el guión… y en una elipsis que envía al fuera de campo la larga enfermedad del personaje. Una ausencia en la narración que brilla como un sol en medio del ruidoso batiburrillo en nombre de la genialidad que Boyle ha perpetrado para entronizar a Steve Jobs… y a sí mismo.

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