Crítica

Sueño y silencio – Jaime Rosales

posted by Alberto Varet Pascual 9 junio, 2012 0 comments
Una gratuita depuración estética

Sueño y silencio

Hace nueve años Jaime Rosales presentó en Cannes Las horas del día, una película en la que ya estaba presente su peculiar manera de mirar y de entender el cine. Su cinta se llevó un Premio de la Crítica Internacional y le puso al frente de los más prometedores directores españoles de nuevo cuño. Su siguiente obra, La Soledad, le confirmó como un gran talento pero con la polémica Tiro en la cabeza comenzaron a alzarse algunas voces críticas contra un estilo que parecía abandonar la honestidad primeriza para abrazar los lugares comunes de ciertas propuestas modernas. Su cuarto largometraje confirma estas hipótesis.

Y no parece que se le pueda culpar a Rosales de impostura. El catalán simplemente insiste en su minimalismo aunque trata de depurar al máximo sus imágenes en esta ocasión. También vuelve a trabajar sin guión y con actores no profesionales que improvisan sus diálogos en busca de esa naturalidad en la puesta en escena que es marca de la casa. El problema es que, aquí, casi ninguna secuencia tiene un peso específico. La producción dura alrededor de dos horas pero, ya hubiesen sido cuatro o una, habría estado igual de hueca. Entonces, ¿qué es lo que falla en esta arriesgada propuesta?

Si nos atenemos a la temática vemos que es muy similar a la de su segundo trabajo pues el film se vuelve a centrar en una familia, esta vez un matrimonio español que vive en París con sus dos hijas, y a los que les azota la tragedia a mitad del metraje (un accidente de coche en el que muere un familiar y en el que el marido pierde la memoria). Sin embargo, todo el desparpajo y la libertad presentes en La Soledad han desaparecido. ¿Por qué?

Pues porque el cineasta parece intoxicado por algunos de los dispositivos contemporáneos más sugerentes. Porque los imita de forma gratuita y genera una distancia entre el fondo y la forma tan abismal que es muy difícil encontrar momentos de verdadero arte en su obra. Son imágenes incapaces de trascender pues el director está demasiado pendiente del físico de su creación como para dejar que se filtren a través de él las inefables sensaciones que quiere describir.

Trabajar sin guión tampoco ayuda. Rosales rueda de forma improvisada y naturalista unas escenas que, poco a poco, van tejiendo la trama. Son pequeñas set pieces cuyo total funcionamiento sólo puede ser apreciado al mirar el todo que forman. No obstante, al buscar una depuración estética en cada una de ellas, el propio autor traiciona la libre naturaleza de estos bloques. Ya no dicen nada por sí solas pues su significante (extremadamente cuidado) marcha por un lado y su significado (demasiado obviado) por otro, y tampoco en conjunto ya que su funcionalidad ha sido trasnochada.

Así, por ejemplo, las secuencias de interiores buscan atrapar el espacio y su tiempo (la erosión del primero en consonancia con el paso del segundo) y lo hacen mediante planos fijos de objetos inertes acariciados por sonidos en fuera de campo o travellings que se deslizan por diversas estructuras y que remiten a títulos como Syndromes and a Century de Apichatpong Weerasethakul. Pero donde el tailandés era capaz de hacer convivir el pasado con el presente, el documental con la ficción o la tradición con la modernidad, el español no puede hacer más que erigir una hermosa carcasa.

Una carcasa en blanco y negro que no oculta unas contradicciones entre el continente y el contenido que lastran el film de manera notable. También lo hace la decisión del creador de hacer mirar a los dos personajes principales la desgracia a través de ópticas diferentes: mientras la madre se alza en primer plano a la búsqueda de una manera mediante la cual canalizar el dolor por la pérdida de un ser querido, el marido es relegado a una posición secundaria al haber perdido la memoria y no recordar al fallecido.

Rosales, pues, impregna (gratuitamente) del cromatismo de sus imágenes también a sus intérpretes y ocasiona un lógico desequilibrio: por un lado (blanco, diáfano), la situación de la madre genera una de los pocos momentos de la cinta donde se destila una emoción verdadera. Se trata de un diálogo en un parque con una niña que permanece en fuera de campo donde, por fin, la forma entra en sintonía con el fondo. Por otro (negro, opaco), la amnesia del padre provoca el rechazo hacia él y, lo que es peor, una enorme frialdad en el global de una película que trata un asunto muy espinoso que debería conmover.

A la citada escena en el parque tan sólo se le puede añadir la secuencia central del funeral como un momento de autenticidad cinematográfica en este fallido ejercicio. Allí, en una toma única muy larga, el director es capaz de condensar todo un sentimiento (el dolor) y una cultura (la cristiana-occidental) y, a su vez, abrazar un tiempo que, a pesar de haberse ‘detenido’ para la familia, sigue su implacable andadura.

El gran cine, pues, hace aparición en Sueño y Silencio pero dura entre diez y quince minutos dentro de un film de casi dos horas. Y no nos engañemos. La película de Rosales no quiere ser el retrato vivo de una búsqueda audiovisual que abrace por instantes lo sublime (como, por ejemplo, la obra de Terrence Malick) sino, más bien, es incapaz de encontrar lo invisible a través de lo visible en su gratuita depuración estética.

3,5


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