Crítica

Suspiria – Luca Guadagnino

posted by Sebastián Blanco Portals 4 diciembre, 2018 0 comments
Entrega tu alma a la danza

Suspiria

Uno de los estrenos más esperados de esta temporada llega de la mano de Luca Guadagnino, el director que hace un año conquistó a la crítica y al público con Call me by your name. La decisión de hacer un remake de una de las películas más icónicas de Dario Argento nos pilló por sorpresa, en gran medida debido a lo radicalmente diferente que resulta esta obra con respecto al film protagonizado por Armie Hammer y Timothée Chalamet. El resultado reafirma a Guadagnino como un director asombrosamente versátil, que no se cierra en banda a ningún género, y con una innegable habilidad especial para la dirección de actores.

El planteamiento de la trama es el mismo que en la del 77: Susie Bannion, una joven estadounidense, llega a la Alemania de los años 70 para estudiar en la prestigiosa academia de danza Tanz, donde ocurren sucesos extraños relacionados con la desaparición de algunas alumnas y con la existencia de un aquelarre de brujas al mando de la institución. No obstante, los espectadores que esperen ver en la nueva Suspiria un homenaje fiel al estilo del giallo seguramente saldrán decepcionados de la sala.

Guadagnino se aleja con gran acierto del esteticismo superficial que caracteriza al género explorado por Argento. En la obra original, el fondo estaba completamente supeditado a unos códigos formales muy concretos (colores muy vivos, cuidadísima puesta en escena, actuaciones desmedidas, violencia explícita apenas justificada…), los cuales la convirtieron en una película de culto con una auténtica legión de fans a sus espaldas. Pero estos mismos códigos suponen también un lastre para un público contemporáneo menos familiarizado con el giallo, el cual seguramente percibirá la obra como anticuada y frívola. En el remake se nos presenta una Suspiria muy oscura, en total sintonía con la trama, que en absoluto descuida sus recursos formales, sino que los pone al servicio de un argumento sólido, trabajado y con una carga ideológica potente. Es por esto que al film de Argento le ha pesado en cierto modo el paso del tiempo, mientras que el de Guadagnino probablemente conservará su frescura durante muchos años. Debido a su radical diferenciación, a partir de ahora hablaremos solamente de la versión de 2018.

Una de las cuestiones que más llaman la atención en Suspiria es el montaje. Desde la primera secuencia, los planos se suceden a una velocidad frenética, tanto que incluso cuesta reparar en cada detalle debido a lo rápido que llega el próximo corte. Pero esto no es un defecto, sino todo lo contrario. Con esta técnica el director alcanza dos objetivos imprescindibles en un film de estas características: en primer lugar, planta el desconcierto en los ojos de quienes asisten abrumados a esta sucesión imparable de imágenes, situando a los espectadores en el punto de partida emocional en el que se encuentran también sus personajes; en segundo lugar, marca un ritmo narrativo muy ágil desde la propia concepción formal, logrando que las 2 horas y media de película que necesita para ahondar en la trama se pasen sin apenas percatarnos.

Junto con el montaje, otro de los grandes aciertos de la película es su concepción sonora. La música de Thom Yorke, el líder de Radiohead, cumple a la perfección su función emocional, pero también tiene un componente narrativo interesante. Según el propio Yorke, parte de su inspiración para crearla fue la música de la escena berlinesa de los años 70, como el krautrock. Las composiciones de Yorke vienen además acompañadas de un uso meticuloso de los efectos sonoros, que tanto por sí mismos como en su relación con el montaje roban el protagonismo de algunas de las escenas más magistrales de la película (un buen ejemplo es la secuencia en la que la protagonista, una excelente Dakota Johnson, interpreta por primera vez frente a sus compañeras y maestras el papel principal de la danza creada por el personaje de Tilda Swinton, la señora Blanc).

Además de sus aspectos cinematográficos, el valor ideológico de Suspiria es enorme. Con un guión que prescinde de muchos elementos banales de la original y opta por no abrir un solo camino que no sea capaz de cerrar (sé que prometí no volver a mencionar la de Argento, pero evitar la comparación es una tarea casi imposible), Guadagnino toca una gran variedad de temas que confluyen en un conjunto notablemente ensamblado. Las referencias directas a la turbia situación política de la Alemania de los 70 le sirven para hablar de la radicalización y el abuso de poder, también presentes en la trama principal del aquelarre. Además, el espíritu feminista presente ya desde el propio reparto (hay solamente tres personajes masculinos, y el único principal está interpretado también por Tilda Swinton, sometida a un ejercicio de caracterización que es desde ya historia viva del cine) se enmarca en un contexto muy específico, la Segunda Ola, lo que conduce al director a hablar de temas clave como la sexualidad, la familia o la sororidad. Otras cuestiones como la exploración más profunda de la mitología de Las Tres Madres ya tratada por Argento en otras de sus películas, las referencias directas al psicoanálisis o su visión crítica de las religiones, hacen de Suspiria una obra muy completa, que si bien ha sido despreciada por buena parte del público y la crítica, sin duda encontrará con el paso del tiempo el reconocimiento que merece.

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