Crítica

Tabú – Miguel Gomes

posted by Alberto Varet Pascual 17 enero, 2013 4 Comments
Reformular el cine mudo, reformular el amor

Tabú Miguel Gomes

Muy lejos de El Artista, ese pastiche evocador de una falsa nostalgia, se sitúa Tabú, la nueva película de Miguel Gomes, una de las grandes esperanzas del panorama cinematográfico portugués, quien ha sido capaz de reciclar el cine mudo en la era del sonoro a partir de la obra de arte que entregó Murnau en 1931 para reflexionar sobre el papel del audiovisual contemporáneo tanto a un nivel narrativo como social/cultural.

La cinta, como su homónima, está dividida en dos capítulos pero si en la original el sentido era ‘Paraíso-Paraíso Perdido’, aquí será justo al contrario evidenciando el hecho de que ya no se puede contar un relato como antaño sino sólo recoger sus restos y evocar sus fantasmas.

Así, Miguel Gomes nos transporta, hacia la hora de metraje, al pasado de su historia (y la de Portugal), se sitúa en África (no en la Polinesia), y transforma la correspondencia epistolar del primer Tabú en una voz en off magistral que evita siempre la posible ‘ilustración de escenas’.

En esta parte somos, de nuevo, testigos de una maravillosa narración de amor prohibido, que es filmado en formato 1:1’33 y en blanco y negro y que se gesta sin diálogos audibles. No obstante, además de la música, que vira entre lo diegético y lo extra-diegético, y de la citada voz en off, el autor también hace un hipnótico uso de los sonidos que le aportan los espacios ampliando la dimensión de las imágenes y eludiendo la probable imitación de la realización que toma de base.

Esta crónica amorosa desvela un enorme sufrimiento que, sin embargo, genera una creación (el dolor como elemento indispensable para el nacimiento) y completa lo visto en la mitad inicial, perteneciente al presente, donde la decrepitud de una anciana no nos hacía, en primera instancia, presagiar la pasión que un día contuvo su vida.

Sin trucos ni sentimentalismos, Gomes transmite la grandeza de la vejez, y de la existencia en general, plagada de secretos que cristalizan en el tiempo. Amores en fuga que supuran a la luz del cine o de la literatura (esa señora que lee Robinsoe Crusoe), a la luz del arte, a fin de cuentas, que es aquí empleado como un vehículo emocional conducido por una dama inolvidable (inobjetable elemento desestabilizador).

Tabú es, pues, un periplo romántico por el pretérito erigido sobre el concepto de ‘colonia’, nexo claro entre las dos piezas, que, en esta ocasión, pertenece al subconsciente, a un universo de espectros que el cinematógrafo revela como sobras.

Una tesitura en la que, de un modo u otro, también se han movido los más recientes trabajos de Chantal Akerman y Claire Denis, quienes han indagado en la figura femenina en la era de la post-colonización. Quizás los mejores cineastas europeos quieran buscar una respuesta a la crisis actual buceando en los errores que el capitalismo cometió en el pasado.

Lo que es seguro es que en ese ámbito se levanta este renovado Tabú cuyo primer capítulo (Paraíso Perdido) transita por la Lisboa contemporánea, allí donde hoy no llegan barcos con esclavos sino personas de todo el mundo gracias a una beca internacional, gente que no siente la necesidad de entender y abrazar una nueva patria pues tiene todas sus necesidades cubiertas y viaja por propia voluntad. Vivimos otra época, desde luego. Por ello, contraponer la actitud de las visitantes polacas (una de ellas ausente) con la de la asistenta negra es tan significativo. Porque en las habilidades laborales de ésta última, en su rostro cansado y en sus poderosas lágrimas contemplamos el fin de una era y, del mismo modo, un cambio generacional brutal y algunas de las consecuencias de la colonización que sólo se pueden representar hoy como una historia de fantasmas.

Así, lo nuevo y lo viejo, la religión y las supersticiones, lo que se esfuma y lo que se perpetúa en el tiempo, se cita en el metraje de este fascinante film que parece pivotar sobre la memoria de sus personajes, la del cine y la de la región lusa. Alrededor de los recuerdos que surgen a raíz de la muerte y sus ritos ancestrales.

9


4 Comments

Alberto Varet Pascual 18 enero, 2013 at 16:55

Tampoco está mal apostar por Django y The Master. También por Zero Dark Thirty que me parece magnífica. Y la de Rebollo. El problema es que tenemos meses de jodida sequía en las carteleras y otros, como éste, en el que el bolsillo no da abasto.
Yo recomiendo NO apostar por ‘Amour’ que la encuentro espantosa y ridícula y ‘Lincoln’, que me pareció una gran oportunidad perdida.
Las demás, si hay dinero, adelante. Un saludo.

Reply
Benito Queveda 18 enero, 2013 at 17:55

Tomo buena nota. A ver si entre lo que queda de enero y febrero puedo verlas. Gracias por la recomendación.

Reply
Marc Muñoz 28 enero, 2013 at 22:15

Fascinante díptico levantado como una oda al cine mudo y al romanticismo de celuloide en choque con nuestro grisáceo presente. Su segunda parte me dejó hechizado y ensimismado con la belleza que brota de la conjunción entre imagen y sonido. Hacía mucho que no escuchaba una voz en off tan perfecta. No sé si fue cosa mía pero también me pareció percibir las sombras de Memorias de África, Mogambo y White Material. Una absoluta delicia que lamentablemente pasará desapercibida en la cartelera, si es que aún resiste…

Reply
Alberto Varet Pascual 28 enero, 2013 at 22:32

Sí, yo sigo pensando en ella. Es la que más me ha gustado de lo que va de año. Lo que me fascina es que, después de su segunda parte, empiezas a ver de forma diferente la primera. La segunda es muy dinámica y la primera superestática, granítica, pero termina siendo iluminada. Una pena que no dure en cartel.

Reply

Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.