Crítica

Tan fuerte, tan cerca – Stephen Daldry

posted by Marc Muñoz 15 marzo, 2012 0 comments
Serena rabia

Tan fuerte tan cerca

Tuvo que ser uno de esos productores de chequera holgada, puro pegado en la comisura de los labios y pronunciada alopecia quien tuvo la determinación de alistar al ganador de dos Oscar Tom Hanks, la ganadora de un Oscar Sandra Bullock, al director nominado en tres ocasiones Stephen Daldry, para la adaptación de una novela del reputado Jonathan Safran Foer, con la total convicción de tomar el Kodak Theater para luego arrasar en taquilla, y en última instancia, engordar su billetera con fajos de billetes verdes.

Lo último no sabemos si lo consiguió, porque de hecho la historia del supuesto productor no fue cómo arriba se cuenta (o sí) A día de hoy, lo único que se puede afirmar con certeza, es que Tan fuerte, tan cerca, pese a la carnaza taquillera y el fuerte tufillo a Oscar, no convenció ni a unos ni a los otros. Parece que la película de Daldry resultó excesivamente sensiblera incluso para unos miembros de la Academia tan adeptos a este tipo de historias. Al final solo estimaron oportuno destacar el trabajo de Max Von Sydow, nominado a mejor actor de reparto, y el conjunto de la obra con una nominación a la mejor película que cogió por sorpresa a muchos para injusticia de otros tantos muchos. ¿Y la taquilla? ¿Por qué esta historia no terminó de encandilar a los espectadores norteamericanos con tantos ingredientes predispuestos para que así ocurriera?, probablemente por alguna de las razones que a continuación se describen.

Es evidente que para millones de norteamericanos la herida del 11-S sigue sin cicatrizar, especialmente para los neoyorquinos que sufrieron en sus carnes los hechos que marcaron el fatídico día. El pasado septiembre se conmemoraron los diez años de tal tragedia. Durante este periodo Hollywood se ha atrevido a destapar la manta de esos demonios que siguen afligiendo la vida de miles de norteamericanos abordando el asunto a diferentes niveles y con distintas brochas. La sombra alargada que la caída de las torres gemelas supuso en el seno de la sociedad norteamericana, con pérdidas significativas en los derechos como individuos, el desasosegante sentimiento de vulnerabilidad, o la acentuación de la paranoia, ha quedado dibujado, en mayor o menor medida, en un buen puñado de producciones y series, de muy dispar pelaje (desde blockbuster a cintas más arriesgadas) ambientadas tras los tristes hechos.

Si en éstas, donde los atentados de Al Qaeda son tan solo el marco referencial donde ubicar una historia desligada en su núcleo argumental de los mismos, el resultado ha resultado ser desigual, menos dudas generan las películas cuyo eje central se vincula directamente a los acontecimientos de terrible fecha. Fue el caso desafortunado de la incursión de Oliver Stone al terreno con World Trade Center. Un fallido acercamiento a través de las eternas horas que vivió el último bombero que fue sacado con vida de debajo del amasijo de hierro ue formaron los escombros. Fue probablemente cuando Hollywood fue consciente, por primera vez, que la mejor representación de esos hechos será siempre la que canales, medios y videoaficionados dieron en directo durante esa larga jornada, y que nadie podrá ni siquiera igualar, porque a día de hoy, sigue siendo el espectáculo audiovisual más terrible e impactante que haya vivido la humanidad.

El mismo año 2006, con mucho mayor acierto, llegó también a las carteleras la historia de los tripulantes del cuarto avión del United que se estrelló en una zona rural de Pensilvania, supuestamente, tras la revuelta de los propios pasajeros cuando conocieron los planes de los secuestradores. En United 93 Paul Greengrass puso toda su garra visual al servicio de una experiencia que abraso y conmovió a quien subía a bordo, muy aprieta para todos los que lo vivieron en directo y prohibitiva para los que les tocó de cerca. Su artefacto de ficción impacto y cautivó, porque ese relato del 11-S no fue recogido en multipantalla por los telediarios de todo el mundo, tan solo, se fue testigo de esas grabaciones de audio de los pasajeros despidiendose de sus familiares.

Por último están casos como el que aquí nos ocupa, donde el 11-S es el motor que fija el relato, y el trasfondo emocional de una familia sacudida por él. Tan fuerte, tan cerca sigue la historia de Oskar Schell, una clase de niño prodigio que tras la pérdida de su padre en los atentados, decide embarcarse en la búsqueda de misterio que rodea una misteriosa llave quesu progenitor le dejó y cuya utilidad desconoce. Como ya habréis deducido este viaje de búsqueda del elemento físico se vuelve en un viaje de búsqueda personal y de conocimiento con la sombra de su padre presente, y el padre de éste (el abuelo) como mentor y compañero de viaje.

Imaginarse con esta breve descripción los pasajes, los símbolos y los rituales por el que nos llevará la película de Daldry puede ser el más placentero de los viajes. Porque en el plano real el director de Las horas ha decidido adaptar el libreto de Safran Foer transfiriendole altas dosis de sensibilidad tramposa, que de tan orquestada e intencionada, termina produciendo el efecto contrario. Su propia película es un oxímoron defectuoso.

El trabajo del director de El lector es un cúmulo de debilidades que torpedean un relato pusilánime, inocentón y cargado de augurios emocionales cuyo único objetivo es la venta de Kleenex a la salida de las salas. Pero el principal escollo del filme es el personaje protagonista, el Oskar Schell que interpreta Thomas Horn. No es solo su actitud egoísta, prepotente, malcriada, de niño prodigio impertinente, maleducado y asqueado con el mundo, medio justificada por su evidente trauma (no me refiero al de tener como padres a Tom Hanks y Sandra Bullock) y su prodigiosa cabeza, sino es por ver cómo su arco evolutivo se mantiene inalterable, incluso ya en el tramo final, cuando resuelve el conflicto. Transitar por este Nueva York, que pretenden dibujar como un lugar surgido de una fábula, especial y mágico para los ojos de un niño de 8 años, de la mano de Oskar resulta igual de complicado, farragoso y narcótico como al personaje de Max Von Sydow seguir el paso a su nieto por las calles de Nueva York. No conozco de primera mano (ni creo que lo haga nunca) si en el libro el comportamiento de Oskar es igual de irascible, irrespetuoso e insoportable, pero en la película Daldry consigue dibujar, pretendiendo crear un carácter entrañable, uno de los niños más odiosos de la historia del cine. Otra clase de oxímoron.

Por lo demás la historia presenta pocos alicientes, que se resumen con alguna interpretación (decir que la de Sandra Bullock es la mejor de todas es decirlo todo), algún matiz en la historia y sus personajes, algún pequeño giro, y el tratamiento de esas secuencias ligadas directamente con la tragedia neoyorquina, que por proximidad, apelan al sentimiento colectivo de cada uno, y que de forma fácil, aviva la tristeza en los espectadores. Por si no fuera suficiente indagar en esa delicada herida, aún se subraya con la delicada, y constante, música de Alexander Desplast, la fotografía vitalista y luminosa de Chris Menges y los diálogos resonantes y empapados de buenas intenciones que destila Eric Roth en su guión.

Tan fuerte, tan cerca carga en todo su recorrido con la lacra de la sensiblería más irascible, la cursilería más maquinada para buscar el llanto vacío. Y en ese propósito es probable que el director de Billy Elliot logre su objetivo, pero una vez el espectador se seque las lagrimas, se preguntará… ¿son estas lágrimas  de emoción?, y entonces se dará cuenta que lo de esta película es un llanto forzado, tan descaradamente buscado que provoca reacciones contrarias de emoción, rabia y odio (a servidor particularmente ésta ultima) De momento su película viene a confirmar que Stephen Daldry es un director mediocre, injustamente valorado (con tan sólo una buena película en su currículo), y que las catarsis del 11-S no hallarán su camino por la vía de la glucosa más ramplona.

3,5


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