Crítica

Ted – Seth MacFarlane

posted by Alberto Varet Pascual 9 agosto, 2012 0 comments
La tragedia de madurar

Ted Seth McFarlane

‘Todo el mundo decía entonces que era un film admirable pero que, lamentablemente, tenía un final feliz. Y descubrimos que, en realidad, era aún más atroz que el resto de la película’. Con estas palabras Jean-Marie Straub defendía el incomprendido desenlace de Fort Apache en una entrevista con Charles Tesson. Unas líneas que bien se le podrían aplicar a la conclusión de Ted, el debut en el largometraje de carne y hueso de Seth MacFarlane, pues son muchas las voces que aseguran que resulta azucarado cuando, verdaderamente, se trata de un caramelo envenenado.

Y es que es ésta una obra extraña y subversiva aunque no lo parezca. Como lo es, también, Young Adult, otra de las joyas estrenadas en el que está siendo un año memorable para la comedia americana. Podríamos rastrear coincidencias y tendencias entre los títulos más destacados del género en lo que va de 2012 pero si nos interesa comparar el susodicho estreno con la última creación de Jason Reitman es, precisamente, porque sendos trabajos, al igual que Fort Apache en su día, han sido tildados de conservadores por una parte de la crítica (muy especialmente el escrito por Diablo Cody).

En aquella realización, la guionista de Juno insistía en la inviabilidad de una existencia ideal. En que la felicidad completa se encontraba tan solo en las series para maduras o en la literatura adolescente y que éstas resultaban ser no más que un sueño que se tornaba en pesadilla cuando el hombre era expuesto a la auténtica vida. Así, el dúo Reitman/Cody desnudaba el perfil siniestro de esos productos y concluía una película en la que nunca, jamás, hubo ninguna esperanza de que el deseo de la protagonista se volviera real.

Resulta, por tanto, muy interesante ver a Seth McFarlane firmar una cinta de pretensiones similares a la citada. Ted comienza como un cuento infantil, a la manera de uno de esos filmes con los que creció el cinéfilo en los 80 (el arranque está situado pertinentemente en esta época) y en cuyo seno comienzan a surgir determinadas rupturas. Todas ellas están relacionadas con el lado más amargo de la puericia, como si en la creación de esas producciones para niños viviera oculta una mentira que hoy, en plena crisis mundial, hubiera sido revelada. Y lo hace de la manera más elegante, con unos estupendos gags que disfrazan una elocuente tristeza.

Con un enorme conocimiento de causa se nos enseña a Ted como una antigua estrella de la televisión (el lugar donde hoy habitan las ansias más lúgubres) para, más tarde, hacerle aparecer perdido en esta sociedad cual treintañero incapaz de hacer cuentas con una realidad que le supera. La película traza, de este modo, un camino hacia una afligida madurez desde el mito de la infancia.

Y qué mejor equipo para andarlo que los creadores de Padre de familia, uno de los nuevos estandartes de la animación para adultos donde sólo tiene cabida la niñez para crear gags que la desmitifiquen y hablar de una cultura pop que, inoculada a toda una generación desde pequeños, ha terminado desplazando al verdadero conocimiento.

El triunfo de McFarlane y los suyos reside en haber conseguido llevar este/su mundo a la gran pantalla y haberlo hecho trasladando de manera magistral lo aprendido durante los últimos años en la televisión (el tempo, el timing cómico, el humor, la animación, la aventura…) al celuloide (aquí HD) con todos los retos que eso conlleva. Ahí está, por ejemplo, la escena en la que los novios rememoran su encuentro en la pista de baile y que emerge como la recreación perfecta en carne y hueso de una secuencia animada. O esa pelea entre el osito y Mark Wahlberg, capaz de maravillar pues se diría que Peter Griffin ha tomado vida y la protagoniza.

Por si fuera poco, la obra también nos deja algunos detalles deliciosos sobre las diferentes psiques de los hombres y las mujeres, la imposibilidad de imponer una de las dos en una relación, la necesidad de ser, pues, generosos, las envidias y las miserias en el trabajo, y, aparte, un par de inquietantes sujetos interpretados por Giovani Ribisi y Aedin Mincks que funcionan a modo de reflejos terribles de los protagonistas al no haber disfrutado de una infancia feliz.

Una lectura que entronca con el cameo de Flash Gordon presentado como una creación inmadura incapaz de evolucionar y, aún más allá, como un icono de los 80 que, al igual que los Sonny Crockett y Ricardo Tubbs de la última (y magnífica) Corrupción en Miami de Michael Mann, está desubicado en el siglo XXI.

Y es que es éste un film levantado sobre contrastes donde la narración nace cuando se contrapone el despiporre a la seriedad, la vida marital a la desordenada, la pareja a la amistad entre colegas, la figura de la mujer a la del varón o la acción real a la animación. Por ello es tan importante el final de la película. Porque nos habla de que cada parte confrontada debe ceder para poder vivir. De que sendas facciones tienen que dejar por el camino un trozo de su razón de ser para continuar existiendo. Y habrá recompensas. Lo que no quita para que este paso contenga su dosis de tragedia.

 8,5


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