Crítica

‘Tenet’ – Christopher Nolan

posted by Marc Muñoz 29 agosto, 2020 0 comments
El mago polarizador

Existen hoy en día pocos debates más encendidos que los que genera el cine de Christopher Nolan. Habría que acudir a las ágoras digitales (preferentemente Twitter o foros cisterna), en los que se expulsa bilis a diario hacia adversarios políticos o colores deportivos contrarios, para encontrar un equivalente a las reacciones enfrentadas, e irreconciliables, que genera Nolan y su identificable estilo. Lo que en esos ámbitos sociales desemboca en una clima crispado, viciado, deleznable y hasta violento (verbal y/o físico), en el caso que nos ocupa, y por el momento, no traspasa la discusión acalorada, reconfortarte en la medida que recupera cierta normalidad en la experiencia de acudir a una sala de cine y las horas posteriores en las inmediaciones.

De hecho con esa misión aterrizaba la última obra del director británico. Una idea mercadotécnica coherente y asumible por la egolatría que profesa el personaje que estos días es objeto de elogios, burlas y desprecios. Una percepción polarizada que arrastra desde que eclosionará con Memento, y que se ha visto acelerada con películas como Origen, Interstellar, y, sin duda, este Tenet recién aterrizado en la sala de juicio.

En ella Nolan decide aproximarse al cine de espías bajo un planteamiento opaco, laberíntico y cargado de injerencias propias de la ciencia-ficción. Se la ha descrito apropiadamente como un Bond en clave sci-fi. Porque lo que el director londinense plantea es una asimilación, bajo su estridente, hipervitaminado y ampuloso estilo, del thriller de acción en su vertiente británica. Una aproximación que llega por vía de una deconstrucción de los lugares comunes y los arquetipos del género: el héroe (John David Washington), el escudero sacrificado (Robert Pattinson), el personaje femenino (Elizabeth Debicki) que pulsiona la humanidad del protagonista y el villano, un oligarca anglo-ruso interpretado por Kenneth Branagh. La deconstrucción se produce no en la construcción de las identidades de los personajes: plana y arquetípica, sino en su ubicación dentro de un diseño narrativo innovador y sorprendente. Esa carcasa adherida  a la ciencia-ficción, donde los viajes en el tiempo dan paso a una concepción de la narración en forma de palíndromo, y en la que el tiempo lineal confluye con el tiempo inverso – representado este como una amenaza del futuro -, propiciando así el objetivo último del cine de Nolan: el estallido de una plasticidad mastodóntica, en la que el espectador se ve arrastrado (entre perplejo, inquieto y sobrepasado) hacia formas audiovisuales nunca antes vistas en la gran pantalla. Porque Nolan no dejará de ser el científico loco del cine contemporáneo, el cineasta que preserva la búsqueda del cine como fábrica de sueños donde lo inenarrable es posible (escuela Méliès).

Y lo lleva a cabo bajo el paroxismo de su estilo; una narrativa intrincada, un galimatías que, en el fondo, no lo resulta tanto, sino en apariencia, más cohesionado y lógico de lo que pueda parecer a simple vista. Hay una secuencia clave  que funciona a modo de pantalla tutorial entre el protagonista sin nombre y una científica. Ahí se exponen las claves para entrar en el juego fílmico ideado por el director de Dunkerque, cuando la científica espeta “No intentes entenderlo. Siéntelo”. Salvando las distancias, misma clave para saborear la obra de David Lynch y otros directores que intentan alejarse de los senderos convencionales.  Nolan peca incluso de excesivo en la explicación de las mecánicas que rigen los dispositivos narrativos ideados. Parece no confiar en el espectador, y se obceca en lanzar bocadillos – con líneas de diálogo a veces ridículas, a veces sostenidas por finas capas irónicas y meta comentarios – que expliquen la lógica de sus fascinantes universos. Esos artefactos que, como el desplegado el Tenet, asumen el lenguaje videolúdico. Concibiendo el espectador como un jugador que, con los tutoriales  y las explicaciones de la lógica y dinámicas internas, deberá desplegar las capas y navegar por los laberintos narrativos. Una influencia que no afecta solo al contenido sino al continente. Los equipos rojo y azul, los set up que parecen salidos de las misiones más espectaculares y sonadas de la saga Modern Warfare. También del campo cinematográfico, más allá de la huella de Hitchcok en la secuencia inicial, asoma la sombra de Al filo del mañana, otro film que agrupaba sin concesiones los preceptos lúdicos del mundo de los videojuegos en la construcción de una lógica interna propia, y del videoclip de Leningrand, “Tattoo Artist”, de Ilya Nayshuller, en la concepción estructural como palíndromo.

Sin embargo, no todo se lleva al campo sensorial, ni toda la maquinaria desplegada por el autor de El caballero Oscuro encuentra el acople deseado. Tenet atropella con su sucesión de acontecimientos y su acción atronadora sin espacio para las transiciones y la pausa. Parece que Nolan haya limado su estilo para ofrecer un bombardeo continuo con el que agarrar la atención de las generaciones cómodas con el sobrestímulo, pero se olvida de pasar la tijera, y de dejar respirar los momentos álgidos. Otras inconveniencias, extrapolables a buena parte de su cine, es el limitado poso sentimental que dejan los personajes. Especialmente, los adheridos a un protagonista sin carisma ni volumen dramático. Tampoco acierta en diseñar un clímax final a la altura de lo ofrecido. En ese sentido, la secuencia de entrada en la opera de Kiev resulta mucho más satisfactoria y memorable que el acto final.

Tenet es así otra demostración de que el blocksbuter puede ser sofisticado y de autor, confrontado a la copia a granel que impera en el nuevo Hollywood y su alianza con Marvel, Nolan defiende una aproximación novedosa, rompedora y refrescante al cine como espectáculo total. Y lo magnifica con una magia de la que ya se conocen los trucos  – y por ende, no resultan tan efectivos ni sorprendentes-, pero no hay que dejar de valorar su empeño por inventar nuevas experiencias que solo pueden entenderse en el marco de una sala de cine.

 


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