Crítica

The Artist – Michel Hazanavicius

posted by Manel Carrasco 29 noviembre, 2011 2 Comments

Memoria del fin de una época

¿Saben aquello de que todo vuelve? Pues mira, la máxima de Nietszche (pasada por el filtro del manual de autoayuda) resulta que va a ser cierta y todo. Que conste que no lo digo por nada relacionado con la situación política, malpensados, ni por el pan con ajo, ni por la enésima última gira de Miguel Ríos, que dice que sí, que esta vez lo deja en serio (oh claro Miguel…). Lo que me lleva a soltar semejante chorrada, pillada con pinzas, es una de las sensaciones de estos últimos meses en los festivales de cine de todo el mundo: The Artist.

Vayamos por partes: Hace unos meses, en plena vorágine del Festival de Cannes, uno de los nombres en boca de todos correspondía a una película francesa, a medio camino entre la comedia y el drama, ambientada en Hollywood, y en blanco y negro. Protagonizada por Jean Dujardin, una de las estrellas más ascendentes del actual cine galo, y por Berenice Béjo, actriz solvente y con parejo futuro, contaba también en sus filas con John Goodman, Malcolm McDowell, James Cromwell y Penelope Ann Miller. ¿No está mal, verdad? Encima gustó bastante, lo suficiente para sonar como firme candidata a la palma de oro del festival y, finalmente, para llevarse el premio al mejor actor para un Dujardin pletórico. Desde entonces, todo han sido alabanzas, suficientes para encararla hacia los oscar y fundamentadas en un relato cargado de encanto, chispa y buen gusto formal.

¿Qué dicen? Ah, cierto, me olvidaba de comentarlo: The Artist es muda, pero muda muda…

Privar al filme de sonido, o de diálogo sonoro más bien, no es un capricho gratuito: entronca con la narración, se constituye en motor de los recursos dramáticos del film, y se alza en una excelente muestra de coherencia formal, explotada con tino especialmente en un primer tramo capaz de ganarse al gran público que tenga paciencia para adaptarse al lenguaje del cine mudo. Y eso se hace en 5 minutos, se lo aseguro.

The Artist expone el declive del cine mudo, encarnado en la figura de George Valentin, un sosias de Douglas Fairbanks que ve como su carrera se acaba mientras la de su partenaire llega a lo más alto con la irrupción del sonoro. Construida con los moldes del cine mudo americano, el film oscila entra la comedia y el melodrama según las convenciones de aquella época. La forma y el fondo se funden y reman en la misma dirección, aportando a la historia un ambiente, un ritmo e incluso una luz acorde con la temática.

La fractura que se produjo en el seno de la industria de Hollywood se traduce en un drama de caída social, en un personaje que pierde su trabajo y, por extensión, su identidad. Valentin encarna al ejército de profesionales de Hollywood que se vieron condenados al exilio de un mundo entero: el de los aplausos y los oropeles, las portadas de Variety y los afiches de todo Occidente. En apenas un par de años, el progreso técnico se llevó por delante a toda una generación de actores y actrices que habían nutrido y asentado el cine norteamericano y, por extensión, el de todo el mundo. Valentin vendría a ser uno de ellos, ejemplificando perfectamente aquello tan viejo del “más dura será la caída”, y sin embargo hay una incoherencia en la narración de este fracaso en particular, una disonancia con la historia del cine: los intérpretes expelidos del mercado laboral en aquellos ajetreados años no encajaban en el cine sonoro precisamente por su voz. Ya fuera por su incapacidad para entonar, por una dicción deficiente o sencillamente por una voz que no cuadraba con el aspecto, todos ellos estaban condenados a no hablar en pantalla si no podían hacerlo perfectamente. Otro caso fue el de los comediantes del slapstick que, con Buster Keaton a la cabeza, vieron cómo su género se devaluaba rápidamente con la nueva cadencia que imponía el sonoro. Pero Valentin no se ajusta a ninguno de los dos casos. Nada le ocurre a su voz, y el tipo de cine que hace no se resiente especialmente del cambio de tercio de la industria. Su caso se parece al de Charles Chaplin, que se resistió hasta donde pudo a usar sonido en su cine (y un poco de razón tenía). Pero Chaplin acabó cediendo, e incluso sacó partido de ello. ¿Por qué no lo hace Valentin? La pregunta puede parecer superflua, pero condiciona parte del relato, incluyendo el clímax.

En contrapartida, la película exhibe suficientes elementos a favor para pasar por alto imperfecciones de guión. Michel Hazanavicius trabaja con mimo una puesta en escena que cautive al espectador. En sus anteriores trabajos el francés había demostrado buena mano con las recreaciones históricas pasadas por el filtro del audiovisual. En su díptico sobre el agente OSS 117 resolvió notablemente el mal trago de parodiar el género de espías enmarcado en los años 60 y desde una óptica francesa. Ya entonces demostró un gusto considerable en la reconstrucción de un mundo basándose en todos los elementos pictóricos y audiovisuales que conforman nuestra visión de aquella época y priorizándolos a cualquier opción más cercana a la realidad. The Artist sigue esa estela y la consagra como opción estética solvente. A su lado, como en sus trabajos anteriores, Jean Dujardin demuestra su dominio del lenguaje corporal y un encanto de comediante que puede ser difícil de encontrar en el sesudo e introspectivo cine europeo. Siempre mesurado, ajustado al papel, Dujardin exhibe maneras, sonrisas y garra, en los momentos cómicos y en los más patéticos, apoyado en un perrito que (sorpresa) no resulta nada irritante.

Con este material, Hazanavicius logra cubrir algunas carencias: Un segundo acto algo tedioso, en el que el ritmo y la intensidad bajan varios enteros lastrados por el manierismo de la situación. Cuando la forma se antepone al fondo la situación se simplifica hasta el estereotipo, la narración pierde fuerza ante la necesidad de restar profundidad a la historia a favor de una estética basada en el lugar común. Sin embargo, el conjunto funciona y tiene empaque. Hazanavicius trabaja el candor de los primeros tiempos del cine para usarlo como arma arrojadiza hacia un espectador que tiene muchos números de quedarse prendado con el drama de sus personajes. Y todo ello regado con múltiples guiños a la cinefilia más militante, desde Alfred Hitchcock a Busby Berkeley, y aderezado con algunos golpes de efecto que harán la delicia del respetable. Un buen entretenimiento capaz de sacarnos de la sala con una pequeña sonrisa que se prolongue más de lo habitual. Y con ello basta.

marco 75

2 Comments

Marc Muñoz 29 noviembre, 2011 at 19:07

Estoy bastante de acuerdo con toda tu crítica Manel. The Artist es un emotivo y entrañable homenaje a un cine pretérito, repleto de referencias y guiños, y atufado de buenas intenciones que seguro que encandilará a todo el mundo cuando se estrene de aquí dos semanas. Este último punto es quizás lo que menos me convenza de ésta y otras películas, la búsqueda intencionada de querer contentar a todo el mundo en lugar de elaborar un discurso más complejo. Tampoco puedo defender la tibieza con la que afronta el drama del personaje central; se muestra tan respetuoso con lo que homenajea que olvida darle una visión más moderna, punzante y profunda algo que sí cumplía con creces hace 61 años El Crepúsculo de los Dioses, un filme con el que se asemeja en temática. Pese a no suponer ningún aporte novedosos en el séptimo arte, más allá del buen ojo para recuperar el amor hacía el cine mudo y el B&N, ni ser lo mejor que se haya visto durante esta temporada, todo parece indicar que The Artist se encamina como una de las posibles sorpresas de los Oscar, al menos opciones reales existen para Jean Dujardin y su gran trabajao como actor de cine mudo caído en desgracia.

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Marc Muñoz 30 noviembre, 2011 at 01:06

Lo dicho… The Artist toma posiciones en la carrera hacía los Oscar

http://www.nyfcc.com/awards/

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