Crítica

The Rover – David Michôd

posted by Marc Muñoz 31 julio, 2014 0 comments
Camino de perdición

The Rover poster

Cuatro años atrás el australiano David Michôd golpeaba las retinas de la cinefilia con Animal Kingdom, un drama criminal de tintes shaeskperianos que amordazaba al espectador a través de un estilo crudo, potente, abrasivo, casi irrespirable. La película además ponía de manifiesto la aparición de una estirpe de directores aussies con inquietudes similares, virtuosismo técnico y de proyección internacional. Directores como Michôd, Andrew Dominik o Justin Kurzel que abrazan el cine negro para enmarcar sus propuestas y desplegar su mirada.

Sin dejar ese género, la tercera película del australiano recorres sus sendas para entrecruzarlas con una raod movie de corte postapocalíptico. Pese a contar con un reclamo en taquilla como Robert Pattinson, Michôd es quizás de los tres directores citados el menos insobornable y el más crudo. Probablemente ahí radique el principal motivo por el que su carrera aún no ha dado el salto a Hollywood, y de que su última película haya pasado prácticamente desapercibida por el box office norteamericano.

Y es que por la historia que plantea el director en su última obra, pero especialmente por el cómo, su propuesta no va encaminada al público de las multisalas. The Rover propone un paisaje australiano desfigurado por un cataclismo económico, en el que China sustenta el nuevo poder económico, y el resto del mundo se ha convertido en una campo de batalla (o al menos la región de Oceanía), donde escasean los alimentos, los suministros, y los maleantes conviven sin impunidad con el ejército y los mercenarios. En ese clima sobrevive un tosco, colérico, hermético y herido animal con aspecto de hombre quien tras un incidente con tres delincuentes que le roban el coche, estará dispuesto a lo que sea para recuperarlo. En el camino se le cruza Rey, hermano del líder de la banda y abandonado por estos tras un golpe infortuno.

El largometraje de Michôd se erige como la travesía salvaje de este protagonista errático y desesperado, marcado por el clima violento y el sin sentido que azota su entorno y existencia, desplegado a través de una obsesión que es tomada por su protagonista como un intento desesperado para agarrarse con algo a una vida marcada por la tragedia.

Así desde su arranque Eric se posiciona como la pieza sobre la que se articula el relato: el devenir deshumanizado de un personaje por el paisaje desolado de Australia. Los únicos atisbos de humanidad brotan con la irrupción de Rey, que pasa de estar recluido a confraternizar con el protagonista.

En muchos tramos de esta road movie la mirada de Michôd adquiere las cotas más negras, demoledoras y catastróficas de su cine, por que no hay que penetrar mucho en el subsuelo para encontrar en la película trazos alegóricos del mundo actual, de los efectos deshumanizantes del capitalismo más feroz y despiadado, aunque la principal preocupación de la cinta radica en el dibujo de su personaje central, y con ello, se le brinda a Guy Pearce la oportunidad de lucirse como nunca hasta la fecha. El actor australiano borda una de sus interpretaciones más memorables, al lado de un Robert Pattinson que le da la réplica en su papel de redneck renegado por su troupe.

Pero si hay un aspecto por el que Michôd puede enorgullecerse es por la atmósfera que desprenden sus fotogramas. El director y la directora de foto (Natasha Braier) trabajan unidos para dibujar este ambiente árido, malsano, de naturaleza inerte, de humanidad enterrada bajos los escombros de un cataclismo económico. Dolor, tragedia y muerte dibujada en los rostros de los pocos habitantes humanos que pueblan la película (estremecedor resulta por ejemplo el encuentro de Eric con la madame de un burdel de carretera, así como su respuesta para adquirir lo que busca)  Es fácil encontrar en su recorrido trazos de Mad Max, de The Road, de Animal Kingdom, porque como en estas referencias el polvo abrasivo y la ceniza terminan por ennegrecer de alquitrán, dolor y aridez los pulmones de los espectadores. También se palpa en la elección de los figurantes y en el uso de la luz, el trabajo de retratistas de la talla de Richard Avedon.

Pese a los muchos atributos mencionados, y los dejados a lado, el trayecto sufre un ligero traspiés de ritmo avanzada la trama, y exige algunos saltos de fe en el espectador en momentos puntuales de  unguión un tanto inimaginable, incluso en las circunstancias extremas planteadas por su historia. Pero solo por el hecho de ser capaz de resolver con tanto acierto estético ese clima violento, y de golpear los pulmones del espectador con ese clima irrespirable, insano y crudo, merece The Rover su visionado, es más, puede que estemos ante la película de culto del 2014, y ante la obra que asiente en los márgenes a una de las figuras más interesantes salidas del cine australiano más reciente.

7

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