Crítica

Titane – Julia Ducournau

posted by Marc Muñoz 5 octubre, 2021 0 comments
Nueva carne Diesel

Julia Ducournau ensanchó el pasado julio el selecto, y reducido, grupo de directoras que han alzado la Palma de Oro. Anteriormente solo había logrado esa hazaña la neozelandesa Jane Campion con El Piano. El receptor de la extraordinaria condecoración es Titane, la segunda película de la directora gala tras ya apuntar formas con Crudo, su bautizo como directora. ¿La decisión del jurado presidido por Spike Lee obedecía a una claudicación para contentar a las corrientes que abogan por la igualdad de género? Viendo el resultado filmado por Ducournau queda claro que había otros motivos; fue una decisión sumamente valiente premiar un artefacto tan demencial como incendiario.

Titane clava su desarrollo narrativo en una bailarina de treinta y pocos despegada de la vida, de su familia, y que manifiesta brotes de psicopatía. En un control de seguridad de un aeropuerto afirma ser Adrien Legrand, un niño desaparecido diez años atrás. Para el padre del chaval la inesperada llamada de la policía supone el fin de una pesadilla, por mucho que sea consciente de la farsa en la que participa.

La cineasta francesa arranca su controvertida y lubricante propuesta con el personaje central, esta mujer de transición identitaria, recorriendo una especie de salón del automóvil donde bailarinas de ropaje minimalista bailan encima de carrocerías tuneadas. Encima de uno de estos autos termina la salvaje protagonista para dar rienda a un baile que haría las delicias del Tarantino de Death Proof. Ese punto de partida, acompañado por la sugerente “Doing It to Death”, de The Kills, supone el primer acercamiento de la directora al imaginario masculino ligado a la testosterona exacerbada y la sobredosis de esteroides. Una aproximación puntiaguda y retorcida, como se irá dilucidando en el resto del trayecto. Una primera estocada a preconcepciones y a imaginarios masculinos en crisis.

Debido a esa introducción, y a una secuencia más malsana que la sigue, parecía lo más sencillo e inmediato trazar comparaciones con el Crash de David Cronenberg,  que como eslogan siempre resulta goloso para los aficionados al fantástico. Pero la inteligencia de la autora de Crudo se emancipa como una identidad autoral propia; radical y sugerente, extremadamente punzante. Porque su criatura fílmica no deja de ser un trayecto demencial por la deconstrucción de las identidades y los imaginarios y estereotipos asociados a estas. Pero también se establece como un juego perturbador, perverso y sádico que desploma el propio género cinematográfico con el que conecta. No se niegan los elementos del Cronenberg de Crash en toda la plasmación angustiosa y enfermiza del dolor corporal y del deseo sexual desviado. Como si el Steve McQueen que entendía el cuerpo como espejo del fuero interno se hubiera juntado en un salón del automóvil de la periferia francesa con Cronenberg y el Romain Gavras más tunning. Pero también comprenderíamos la aceptación de Ducournau y su retorcida mirada en la logia de Gaspar Noé, Takashi Miike, Tarantino, von Trier, Haneke y otros enfants terribles del cine contemporáneo con los que Ducournau comparte ese desafío al espectador más curtido: mantener la vista en pantalla sin retorcerse de un dolor que adquiere presencia corpórea para el que observa en la butaca.

Pero igual de desafiante y radical es toda la parcela temática que aloja en esos recodos de sadismo, perturbación y desconcierto. Ducournau lanza un doliente y agudo tratado más que de la nueva feminidad y la maternidad – sus horrores uterinos – , que también lo hay, de una nueva masculinidad construida a través de la escisión del género. El personaje del padre, interpretado por un genial Vincent Lindon, la verdadera brújula cabal del relato, le sirve a la directora para levantar la figura moral, la que defiende el amor a prueba de contratos sociales, prejuicios y casillas de “tache la opción que más le represente”. Una figura paterna que abraza esa postidentidad tan en boga en nuestros días – (los no binarios)-, llegando un paso más allá mediante la hibridez cíborg. Lo que propone su autora en este descarrile, muy bien atado por su subtexto, es una nueva masculinidad surgida del choque irremediable con una realidad que le (nos) pasa por encima. Esos nuevos mutantes de titanio capaces de reconfigurar nuestra realidad en sustancia delirante, enfermiza e incomprensible, como de explosionar las distinciones de género.

Titane no es solo un logro mayúsculo, y astutamente demencial, dentro de los márgenes del fantástico, es también la confirmación de una autora de la que no despegarse. Hábil en la parcela estética – todas las unidades musicales realzan el discurrir narrativo, especialmente las ligadas a esa hombría en crisis y cuestionada por una realidad compleja y enfermiza, donde no todo responde al blanco y al negro; a lo binario. Tocando incluso la fibra con esa secuencia musical con el “Light House” de Future Island – como en su ligazón con un entramado temático que resuena con fervor en el espacio social y cultural de las sociedades occidentales inmersas en sus luchas culturales.

8

 

 

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