Crítica

Toni Erdmann – Maren Ade

posted by Alberto Varet Pascual 19 enero, 2017 0 comments
De agentes extraños

Toni Erdmann

Toni Erdmann es un extraño en la última y extraordinaria película de la alemana Maren Ade. Un ente fuera de lugar, al igual que Winfried, el padre de la protagonista. Winfried/Toni Erdmann como dos extranjeros en un mundo neocapitalista donde el afecto y el amor auténticos sólo pueden percibirse en pequeños gestos bajo las enormes capas de pesado estrés y agotador arribismo que edifican nuestra sociedad.

De una forma similar, son el exceso de seriedad de Christopher Nolan, la falsaria naturalidad de títulos sociales del pelo de La vida de Àdele y la fraudulenta vocación de agitador de autores como Ken Loach las columnas sobre las que se construye un aclamado cine contemporáneo. Maren Ade pretende desmontar ese estado de las cosas (lógico que gustara tanto en Cannes) preguntándose no sólo por unos valores verdaderos en el mundo moderno, sino por el lugar que ocupa igualmente el humor en las más recientes ficciones.

Así, podemos asegurar que no existe un mayor extraño en su film que la propia comicidad, destinada a pertenecerle a un perdedor en un universo construido a medida de los que siempre ganan. Porque los tiempos cambian, pero hay cosas que nunca lo hacen. De modo que es posible trazar una interesante línea entre Mr. Erdmann y Charlot dentro de este fresco fascinante de la Rumanía actual vista desde los ojos de una alemana.

Una operación, la de posar una mirada de turista acaudalada sobre la nueva riqueza de un país europeo pobre, que le permite a Maren Ade hacer algo que, por otro lado, cuesta imaginarse en Chaplin: revertir ese típico proceso del cine social que otorga, por obra y gracia del género, todos los derechos posibles al humilde para medir la falta de corazón del opulento. El film es colocado de esta manera en disposición de discursar con lucidez sobre un mundo globalizado diseñado en su totalidad, sin importar las fronteras, por y para unos pocos según reivindica el humor como una de las más útiles armas al servicio de la deconstrucción.

Porque Toni Erdmann es, básicamente, un proceso de despiece de dos universos: el global y el de la protagonista. La directora trabaja esta desfragmentación mediante una puesta en escena quebrada en su montaje y ensuciada a través de la cámara en mano. De una forma similar a la otros autores actuales (de Lars Von Trier a Terrence Malick), Maren Ade revela el mundo actual cual espacio roto donde la continuidad también se antoja un agente extraño. Por eso su película se mueve sin cesar entre diversos géneros (crítica social, musical, cine costumbrista…). Y por ello, igualmente, ningún instante del metraje puede asumir un tono determinado, pues éste va a ser puesto en crisis cuando uno menos se lo espera ya que, como Holy Motors, la cinta entiende que lo homogéneo no es una opción en un cine del nuevo milenio que no deja de dialogar con las manifestaciones audiovisuales digitales que nos rodean.

No es un capricho, por tanto, que una escena de sexo vire al post-sexo con naturalidad, que una fiesta (que es significativamente pura rutina empresarial en lugar de evento lúdico) devenga en decepción familiar o que una reunión de empresa acabe desnudada para iluminar su absurda condición.

Y en medio de toda esta locura… mucha luz. La que irradia uno de los abrazos más emotivos visto en décadas. O la que surge del que, para el que esto escribe, es el momento más hermoso del film: esa despedida en la que una hija agita la mano para decirle adiós a su padre como probablemente hizo muchas veces durante una niñez condenada a vivir sepultada en la etapa de madurez bajo kilos de vanidad. Contra ello Maren Ade se rebela, sabedora de que lo material nada puede contra el poder de la inocencia. Pues en ella reside, sin duda, El más grande de todos los amores.

9


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.