Crítica

Toro – Kike Maíllo

posted by Marc Muñoz 21 abril, 2016 0 comments
Corrida bajo luces de neón

Toro cartel

Hay una eterna discusión de difícil punto de  encuentro en los corrillos de la cinefilia: ¿qué distingue el homenaje de la copia?, o incluso más intrincado, ¿la cita de un guiño, o este del homenaje o la copia?. Una fina línea que en la última obra del director catalán Kike Maíllo se destapa de forma nítida para facilitar conclusiones para ese cacareado debate. Ya desde la primera secuencia el director de Eva pone sobre la mesa una baraja de cartas de thriller criminal de acción, en concreto, unas muy manoseadas por Nicolas Winding Refn. La estética, los personajes, la violencia explícita, la persecución automovilística, la acción dentro del plano, e incluso la manera en que los malhechores dan esquinazo a la policía remiten a una de las partes más intensas de Drive.

Disipada la enorme deuda de la película con la obra más popular del cineasta danés, Maíllo intenta hacer propio su artefacto encajando ese estilo y la manera de filmar sobre una cartografía reconocible, la del territorio español, en concreto, la del sud de España, una Málaga erigida como trastienda de la mafia europea y uno de los epicentros de la corrupción sistémica que sacude el país. Con esa particularidad, se despliega la historia de lucha y venganza de una pareja de hermanos enemistados contra un capo de la mafia local, adversario suyo tras varios desencuentros y golpes mutuos de importante calado.

No obstante en esa simbiosis de lo cool, de influencia nipona y norteamericana, y el folclore patrio, Maíllo se topa con la encrucijada del realismo. Cuesta imaginarse a esos personajes tan noir – casi pulp -, pero tan poco malagueños, haciendo sus fechorías por la ciudad andaluza. En ese sentido, el director catalán incurre en una contradicción, solo adapta el espíritu español en intención y en cierta iconografía que no cala en el fondo. En un posicionamiento que se aleja del que a día de hoy es un referente del thriller castizo más realista, el del sevillano Alberto Rodríguez.

Por ahí no se dirigen las coordenadas de la película. Además de la deuda evidente con Refn, el director salido del ESCAC se inspira en The Raid, Old Boy y la trilogía de venganza de Park Chan-wook, en el cine de John Woo, e incluso en otros artes – la caracterización del personaje de Luis Tosar le debe mucho al Trevor de GTA V.

Pese a las dificultades de encajar unas aspiraciones hollywoodienses en un escenario patrio extraño, ajeno, marcado por esa voluntad de epatar a través de una carcasa llamativa, de una estilización poderosa y deslumbrante, la obra adquiere volumen gracias a su bravura, su valentía, su agresividad en las formas, y en la propia violencia capturada en pantalla. También la favorece un guion, que se conforma en su simplicidad, en su línea recta (con giros entrantes pero sin rizaduras de rizo) por las motivaciones y conflictos que mueven a unos personajes ayudados por las solventes interpretaciones de tres figuras que han marcado, y marcan, sus respectivas generaciones: Mario Casas, Luis Tosar y José Sacristán.

De este modo Toro permanece como una película que atrapa, entretiene en todos sus tramos, con incluso descargas eléctricas en ciertos tramos, y que se beneficia por un envoltorio visual de altura, pero en su voluntad de asemejarse al referente pierde de vista los elementos que la caracterizan como un valor propio, y ahí desgasta su potente acelerada.  

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