Crítica

Trance – Danny Boyle

posted by Alberto Varet Pascual 13 junio, 2013 0 comments
Como si no hubiera pasado el tiempo

Trance Danny Boyle

Danny Boyle continúa haciendo lo mismo que hacía hace veinte años. El problema es que ahora es incapaz de encontrar la coherencia de antaño en su puesta en escena y la acción loca y desenfrenada de Trance, al igual que el sexo y la violencia, no encuentran su razón de ser en el metraje.

La historia tiene miga: mezcla el mundo de los recuerdos con el de los robos, la pasión y el amor con la violencia, en un cóctel que podría ir del Hitchcock de Recuerda al Lang de La mujer del cuadro. El inconveniente es que el cineasta inglés siempre fue más un escandaloso bakala conectado a ciertos estímulos de la sociedad de comienzos de los 90 que el heredero de un gran legado artístico, y Trance termina erigiéndose como una Carretera Perdida panocha, con más conexiones con la fallida Origen de Nolan que con la obra emblemática de Lynch.

Así, sólo podemos salvar su juego narrativo por niveles (como en la película del autor de Memento), una secuencia vertiginosa hacia la media hora de metraje, determinados instantes callejeros que evocan los primeros largos del director, algunas escenas en las que el misterio, por fin, surge de las imágenes, y varios detalles visuales potentes (esa cabeza cortada a la mitad). Lo que no salva de la quema a una cinta recorrida, en general, por la patética tendencia de Boyle al plano inclinado bañado en música de chunda-chunda que tiene más de búsqueda incesante (y errada) de una atmósfera que de apuesta cinematográfica honesta.

Porque Trance, al igual que Slumdog Millonaire, lucha por ser un entretenimiento de qualité, aunque es difícil no desesperarse ante lo repetitivo y poco original de su arquitectura. Además, el de Manchester vuelve a demostrar, como ya hizo en aquella fábula tan bonita sobre la miseria, lo mal que le ha sentado su paso al digital al insistir, una y otra vez, en los destellos de colorines al fondo de la imagen que acaban por convertir a esta nueva producción en la pieza de un esteta de lo hortera.

Por si fuera poco, la obra también vira, en determinados momentos, al blanco y negro digital (que no es ni blanco ni negro, sino gris deprimente) para dejar claro que viajamos al pasado o para mostrarse ingenioso y variado en el uso del cromatismo.

Mas no piensen que estamos ante un film sin alma porque (y esto es lo mejor) Trance, como Kill Bill, es otro ejemplo más de cine contemporáneo nacido del ‘la maté porque era mía’. La cuestión es que, mientras en el trabajo de Tarantino estos sentimientos parecían salir de las entrañas del creador (no así su mirada, inútil y tonta, sobre la venganza), aquí todo parece responder más a un producto de marketing del Ministerio de Igualdad. Un acercamiento a la violencia doméstica (mal llamada, como otras tantas cosas, machista) que va acompañado del triunfo de una heroína que se exhibe en cuerpo y alma a través de unos desnudos de pornógrafo de barrio bajo en una serie de escenas tan ridículas como difíciles de olvidar.

Y es que Danny Boyle ha reivindicado el sexo de las películas de los 70 en la promoción de su film. Entendemos que hace lo propio con su violencia, de todo punto, obtusa. Pero es que estamos en el siglo XXI y las sensibilidades han cambiado. Es decir, el mismo director explicita lo obsoleto de una propuesta que intenta, en sus giros de guión y en su buen uso del antecedente-cumplimiento, asomar la cabeza por encima del agua… sin éxito.

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