Crítica

Tres recuerdos de mi juventud – Arnaud Desplechin

posted by Alberto Varet Pascual 26 mayo, 2016 0 comments
Cruzar a través del tiempo

Tres recuerdos de mi juventud

Al último trabajo de Arnaud Desplechin bien se le puede aplicar aquello de ‘más vale una película irresistible que una perfecta’. Abrazada por una rima bellísima entre el prólogo y el epílogo, Tres recuerdos de mi juventud se alza a modo de tríptico claramente desequilibrado, tanto en la calidad de cada sección como en la duración de las mismas. Sin embargo, el autor de Reyes y reina hace del defecto una virtud, y se lleva el material de partida al terreno de la pasión, la memoria, el amor y la libertad (especialmente cinematográfica), donde edifica una excelente muestra del mejor cine narrativo contemporáneo.

Para semejante empresa, el director francés retoma el personaje principal de Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle), Paul Dedalus, interpretado de nuevo por su actor fetiche, Mathieu Amalric. De su mano marcha en un peculiar viaje de regresión para levantar una hermosa obra cargada de melancolía por todo aquello que fue y, también, por lo que nunca llegó a ser. Un viaje emocional que transita el camino labrado por las oportunidades perdidas a través de una mirada a las mismas que tiende a infinito, ya que el rastro que dejan en el alma no desaparece en su totalidad, pervive en la imaginación.

La película, entonces, cual torrente de vida y memoria de enorme caudal que, como tal, está siempre a punto del desborde, pues el cine narrativo no puede asir la grandeza de los elementos puestos en juego si se limita simplemente a contar una historia. Por ello el realizador apuesta por las digresiones en el lenguaje, de manera que los monólogos a cámara, las salidas oníricas, la documentación de las emociones o la dilatación a conveniencia del tiempo se convierten en las verdaderas piedras de toque de un film que encuentra su razón de ser en una sensualidad que sólo puede ser cinematográfica.

Para ello cuenta con la presencia de la desconocida Lou Roy-Lecollinet (Esther), de físico corriente e insolencia juvenil. Su cuerpo en la pantalla es el significado del amor adolescente en toda su magnitud. Sus miradas y serpenteos en la cama, la materialización en imágenes del primer amor y su dimensión espiritual: para Desplechin el físico es el contenedor de una vida, con sus anhelos y decepciones, alegrías y penas, por lo que el instante en el que una persona se lo cede a otra se convierte en una emoción en suspensión tendente a la eternidad. Razón por la que su cinta no está simplemente cimentada sobre esta paradoja, sino que hace de ella su propia carne.

‘Los hombres llegan y las mujeres se van’, dice Dedalus en algún punto del metraje. La frase explicita el espíritu de una obra rebosante de sabiduría ética y estética que, como decíamos, no se limita a ‘contar una historia’, sino que, al igual que su actriz, se entrega en cuerpo y alma a la imposible tarea de modular el misterio del deseo, la felicidad y la pérdida. Por ello no duele demasiado la fragilidad de los dos primeros relatos, inobjetablemente desdibujados. Porque en cuanto el film hace de la sensualidad su materia, a través del cuerpo sinuoso de Esther, las emociones palpitan más allá del texto, y se alzan a modo de engarces entre un pasado y un presente capaces de dibujar una hermosa reflexión vital que resalta no tanto el tiempo cual condena de nuestra existencia, sino la posibilidad del hombre para atravesarlo gracias al amor.

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