Crítica

Un Dios salvaje – Roman Polanski

posted by Marc Muñoz 17 noviembre, 2011 1 Comment

El baile de las máscaras

Han transcurrido 2 años desde que el director polaco Roman Polanski se viera forzado a permanecer encerrado en su casa de Gstaad a la espera de esa resolución sobre su extradición a los EEUU. Un episodio de su vida digno de los argumentos más retorcidos y los ambientes más claustrofóbicos que ha recogido en algunas de sus películas.

Desde entonces ha estrenado dos películas. La primera fue el estimable thriller político El Escritor, y a partir de mañana, vuelve con un Un Dios salvaje. Esta última supone la primera película concebida íntegramente fuera del encierro hogareño, y puede que en ella trasluzcan algunos reflejos de su ingrata experiencia.

Al menos algo de ello se puede entrever en la elección de adaptar la obra teatral de Yasmina Reza, Un Dios salvaje. La reputada dramaturga y novelista concibió para el teatro una historia que recoge una ácida confrontación entre dos parejas adultas con motivo de una batalla infantil que ha implicado a sus respectivos hijos. Un argumento levantado sobre un solo espacio (la casa de los padres del chico agredido) y sustentada en base a los diálogos y las discusiones de sus cuatro únicos personajes (las dos parejas).

El director de La semilla del diablo trabaja sobre el libreto de Yasmina Reza (quien le apoya en labores de coguionista) para adaptar la acción al medio cinematográfico, situarla en un apartamento del barrio neoyorquino de Brooklyn (en lugar de París) y sustituyendo a Isabelle Huppert (protagonista en la obra de teatro) por la doblemente oscarizada Jodie Foster. Una de las lujosas patas con las que se sostiene este filme coral. Las otras tres las forman John C. Reilly, como el marido de Foster, y la pareja formada por Kate Winslet y Christoph Waltz.

Lo que sigue son 79 minutos, en tiempo real, de una escaramuza dialéctica entre cuatro personas adultas. En su trasfondo sobresale un retrato agudo sobre la hipocresía escondida tras la fachada moral de la clase media y alta. Incurre a ello a través de una mirada ácida y crítica hacia esos personajes atrapados en el desván apartamento que termina por estallar cuando las máscaras necesarias para la convivencia estable en los espacios de socialización se desintegran.

Un brillante y potente tema, con ingenioso uso de los medios al alcance para proyectarlo, que sin embargo, se ve aquí adolecido por los baches en el trayecto, por los pequeños giros que hacen avanzar la trama e inmovilizan a sus personajes en ese comedor/salón de combate/desván psiquiátrico.

El autor de Lunas de Hiel opta aquí por un tono satírico, casi burlesco, para acercarse a esa decadencia de la conducta humana, de los valores de los personajes, del matrimonio que representan, de sus vicios y de sus fobias. Sin embargo, hay un desajuste de tono entre lo que pretende explicar y su representación en pantalla. Polanski parece perder de vista la verosimilitud en su relato. Partiendo de la idea de exagerar sus formas para potenciar el contenido, el director descuida la base real de la que parte. Abundan las situaciones y las reacciones de sus personajes poco convincentes. Desde la inexistencia de razones para permanecer en el piso, o de volver a él cuando parece que lo abandonan, hasta la incredulidad ante escenas como la del vomito o la borrachera (la cual hace verdaderos estragos en tiempo récord), hasta pasando por reacciones desmedidas o estallos de virulencia sin motivo justificado.

Esas fracturas en la representación se deben en culpa a un guión sumamente trabajado en la tesis y la descripción general de los cuatro protagonistas, pero que pasa por alto, o infravalora, los detalles que ligan y hacen avanzar su historia. También se debe en parte al dibujo en brocha gruesa que tanto su director, como sus intérpretes, llevan en práctica para construir a sus personajes. Y el último componente que hace que te lleves esa sensación de estar presenciado algo irreal, es el lenguaje empleado. Muchas veces optan por reflexiones, estamentos y conclusiones pretenciosas y profundas, impropias de la situación que se está planteando. Hay en general una falta de equilibrio entre la situación exagerada, rondando lo delirante, y la base real que ayuda a hacerla creíble ante el público.

En ese sentido, y alejada totalmente de época, estilo y tema, Buñuel hizo una demostración de cómo debía plantearle al espectador una situación similar, y absolutamente surrealista, en la incomparable El ángel exterminador.

No es que la última película de Polanski sea un trabajo desestimable. Es simplemente que te deja un sentimiento de cierta decepción entre la potencia del relato con el que parte, y los suaves y tímidos escarceos con los que te sacude durante su trayecto. Hay ideas interesantes, diálogos jugosos, interpretaciones valiosas (la de Jodie Foster de las que más) y mérito ante su concepción espacial sin elipsis, pero le falta ese distintivo, esa huella potente que acostumbra a dejar impresa su director en sus obras.

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1 Comment

Pilar 22 noviembre, 2011 at 12:12

Un Dios Salvaje, la recomiendo. Esta ha sido una obra llevada al teatro. De hecho es puramente teatral e interpretativa.
La escena es una casa, sin más.
Da mucho juego y tiene mucho jugo, en mi opinión (claro, eso se da por supuesto).
Los cuatro estupendos.Jodi Fostier, magnífica.
El argumento, genial.

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