Crítica

Una vida a lo grande (Downsizing) – Alexander Payne

posted by Alberto Varet Pascual 20 diciembre, 2017 0 comments
Entre lo sutil y lo obvio

Una vida a lo grande

Regresa tras cuatro años de silencio Alexander Payne con otra compleja película de sencilla apariencia acerca del significado de la vida. Una vida a lo grande está escrita con ingenio, y su medida puesta en escena vuelve a dejar claro el potencial del creador de Los descendientes como cineasta. Sin embargo, por primera vez hay que lamentar que el director se haya convertido en lo que siempre esquivó: un tabarras moralista.

La propuesta del film parece elevar a una enorme potencia muchos de los asuntos propios de la obra del de Nebraska (el vínculo entre lo global y lo íntimo, nuestra situación como humanos en el mundo, la decencia a la hora de enfrentarnos a nuestra existencia, la lucha entre la aventura y el estatismo…) mediante una juguetona trama que plantea una sociedad donde la ciencia ha logrado reducir el tamaño de los hombres y lo que les rodea.

Un ‘lógico’, que diría Hitchcock, empezará a ver problemas desde el mismo desafío, pero alguien dispuesto a disfrutar con el ejercicio audiovisual no entrará en debates sobre lo plausible y se dejará llevar por la extrañeza palpitante bajo las límpidas imágenes paynianas, capaces de aunar un sofisticado humor (ni un chiste cae en saco roto) y el más doloroso de los dramas.

Esta inteligencia se alza meridiana en el primer punto de giro, continente de una sorpresa mayúscula que situará al espectador en completo fuera de juego ante lo que está por llegar. A partir de ahí es imposible saber hacia dónde se dirige la película. Sólo queda abandonarse a la desquiciada trama planteada a través de unos gestos, unos personajes, unos diálogos y unos gags de diminuta talla y enorme elocuencia.

El extraño viaje toca el cielo hacia la mitad de metraje, cuando ante nosotros se desvela una mirada al neocapitalismo capaz de competir en ambigüedad con la del Malick de Knight of Cups. Allí, la poética malickiana transformaba Las Vegas en un solar, las palmeras de los Ángeles en una mentira y el casoplón de Antonio Banderas en la nada. Aquí Payne parte de la correspondencia entre un mundo pequeño y otro grande para dilucidar sobre cómo un universo fantasma capitalista menea los hilos del terrenal que todos habitamos.

La estrategia es genial. Su ejecución, alejada de golpes de efecto, magistral. La destreza de Payne nos coloca de nuevo frente a la verdad con sabiduría, sin forzar nada. Pero hete aquí que, llegados a la cima, la obra inicia una cuesta abajo veloz auspiciada por un gesto pueril: el director se agarra a un obvio antecedente-cumplimiento vietnamita que lanza al público a uno de los territorios cinematográficos menos sutiles: el del cine social de manual.

Así, el espectador es testigo de cómo un Matt Damon cargado de un ambiguo dolor comienza a chapurrear un español bondadoso que reorganiza sus gestos desorientados para volverlos unidireccionales en el largo preámbulo a la que podría ser la más patética de las escenas de su carrera: el timbaleo jipi. Con todo, la sangre no llega al río, y un buen gag con dinamita nos devuelve la sonrisa y nos prepara para una resolución que, aunque igualmente desafortunada, se antoja pasable visto lo visto.

Hay que lamentar, pues, que esta vez Alexander Payne nos haya dado una de cal y otra de arena. Si bien es cierto que los triunfos en Una vida a lo grande (la finura y originalidad con la que relaciona tamaño y pene; pelo, cáncer y responsabilidad) son muy superiores en fondo y forma a unas simplezas que dejarán a más de uno ligeramente decepcionado.


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