Crítica

Vida oculta – Terrence Malick

posted by Marc Muñoz 6 febrero, 2020 0 comments
Integridad santificadora

Al inicio del pase de Vida oculta en los cines Phenomena, la responsable de prensa nos aclara que la historia que se está a punto de revelar es ampliamente conocida en los Estados Unidos, especialmente desde que Cassius Clay se inspirara en las hazañas morales del protagonista (Franz Jägerstätter) para oponerse al llamamiento a filas en la guerra de Vietnam. Sin embargo lo que interpela a Terrence Malick es el relato de integridad, convicción y ética inquebrantable que protagonizó este campesino austriaco durante el ascenso imparable del Tercer Reich, especialmente, desde el instante que decidió no doblegarse a la corriente nazi y a su yugo, aunque en su admirable (y controvertido) empeño, arrastrara a su familia a la desesperación y al aislamiento.

Inmerso en esta segunda etapa artística de insaciable productividad, Malick ha perdido esa seña autoral irrevocable. También sus obras han bajado el escalón de acontecimiento cinematográfico, algo que llevaban implícitas solo por las esperas angustiosas que se podían prolongar durante años o, incluso, décadas. Ahora, sin embargo, su cine ha quedado inscrito en el de la fracción de la obra anual. En ese frenesí creativo,  adoptado desde la resurrección con El árbol de la vida, el cineasta norteamericano se ha visto engullido por su propio estilo: desde esa intolerancia a la narración convencional a favor de lo sensorial, pasando por una búsqueda incansable de la llama espiritual en clave panteísta, así como el apremio por esas fragancias de pomposidad algo ridículas en ciertos tramos de películas como To the Wonder o Song to Song. Durante sus últimos intentos parecía que quedaba atrapado en cierto encasillamiento autoral, enfangado por un estilo que a veces tendía a lo excesivo, lo irritante, o, incluso, a material sensible para burlas en “La hora chanante”. Un lastre del que se desprende en la mayor parte del recorrido de su última propuesta.

De entrada al recuperar el discurso narrativo bajo una orientación dramática; al narración se despliega apoyada en un pilar que viene dado por el libreto escrito por el propio Terrence Malick según los hechos conocidos alrededor del via crucis moral sufrido por este insólito y valiente objetor de consciencia del lado nazi. La obra inicia su periplo en el “cuando vivíamos por encima de las nubes”, como afina la mujer de Franz al describir la relación con este. Malick vuelve a poner su cámara flotante alrededor del afectivo e irrompible vínculo entre Franz, su esposa y las hijas de ambos. Un precioso recorrido por el costumbrismo de estos personajes viviendo una luna de miel eterna en los bucólicos paisajes de los Alpes austriacos. Son parajes en los que los destellos líricos de Días de cielo, o incluso Tess, de Roman Polanski, mordisquean la memoria del cinéfilo. Una felicidad que queda interrumpida por el avance del nazismo, pero, especialmente, por las dudas que acechan a Franz alrededor de ese escenario en que se vea obligado a claudicar ante el mal para sobrevivir, siguiendo los pasos del resto de vecinos. De hecho, uno de los episodios más interesantes de la obra es el retrato del desprecio, el arrinconamiento que dispensa una comunidad rural pequeña a quien se desmarca de la línea unidireccional oficial. El calvario de Franz se desarrolla en su consciencia y en su imposible encaje con su fe cristiana, pero tiene sus primeros impétigos visibles en las reacciones de desprecio que le brindan sus otroras amables y risueños vecinos; tanto a él, como a su familia. Los laberintos de duda, incomprensión y desamparo empiezan a hacer mella en el protagonista y a teñir de sombras los resplandecientes y blanquecinos fotogramas de la primera parte, reforzados por un tono más hosco en las partituras desempeñadas por James Newton Howard. Es el mismo período en que la pareja protagonista incuba su mayor temor: la llegada de esta carta que llame a Franz a acudir a filas..

Otra de las constantes de los últimos años en el cine del director de La delgada línea roja se reproduce aquí. El género epistolar, entre un marido (preso por su carga de culpabilidad por el daño que imparte a su familia y encerrado físicamente) y una mujer, la cual sufre el desprecio y el ninguneo de la comunidad en silencio y sin consuelo (más allá de su hermana). El director de Malas tierras utiliza la epístola para expresar, en voz en off, los pensamientos y sentimientos de ambos personajes, a veces, fatigando el relato con su uso.

Aunque la principal mella, el desacuerdo entre fondo y forma, se produce en todo el tramo final, cuando su autor no es capaz de desprenderse de su preciosista continente para expresar la beligerancia nazi. Cuando el relato pide oscurecer, secar y afear la forma para expresar el horror más superlativo vivido por la humanidad en tiempo reciente. Malick, sin embargo, esclavo de su estilo, sigue fiel a la fotografía empleada por Jörg Widmer. No hay una contraposición formal entre los distintos estados por los que pasa el protagonista, especialmente cuando lleva hasta sus máximas consecuencias su desplante al aparato nazi, Deshabilitando así el efecto dramático que debería procurar esta historia con un planteamiento formal más acorde a la evolución de esta.

Vida oculta recupera por momentos los trazos de genialidad de un director aventajado a la hora de incorporar un componente lírico a las imágenes de sus obras. También para escudriñar las pasiones y los sentimientos humanos más irresolubles e insondables, así como su interrelación con la naturaleza, con una carga de profundidad al alcance de pocos. Sin embargo, preso de esa satisfacción y capacidad artística, descuida el ritmo y la demanda sobre un relato de enorme interés y de no tan acertado acercamiento. Ajustables desvíos en un visionado que recompensará a los devotos del cine de Malick, pero que distanciará, una vez más, a sus adversos.

 


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