Crítica

Vivir deprisa, amar despacio – Christophe Honoré

posted by Sebastián Blanco Portals 10 mayo, 2019 0 comments
El amor carnal escupe a la cara del acomplejamiento

Vivir deprisa, amar despacio

Vivir deprisa, amar despacio supone la vuelta de Christophe Honoré a los estándares de calidad por los que se ganó su posición privilegiada ante los críticos y académicos franceses a principios de los 2000. Apoyando buena parte de su relato en sus propias vivencias, el cineasta francés nos traslada al año 1993 y nos hace testigos de una historia de amor marcada por la crisis del sida.

La cinta de Honoré destaca principalmente por su guión equilibrado y certero, que parte de una premisa sencilla: la historia de amor entre un escritor parisino de 35 años infectado de VIH, el excelente Pierre Deladonchamps, y un joven bretón de 22 años que apenas empieza a explorar en profundidad su homosexualidad, interpretado por Vincent Lacoste, alter ego del director. Su gran acierto es usar esta sencillez para reflexionar sobre ideas magnas y puras como el amor, el sexo o la muerte y hacer, casi de forma espontánea y sin grandes pretensiones ni enseñanzas morales, una declaración política contra el estigma de la enfermedad. Como su contemporánea 120 pulsaciones por minuto, Vivir deprisa… evita forzar el melodrama con embudo en los estómagos de los espectadores. La tragedia del sida en los 90 habla a gritos por sí misma, y Honoré lo sabe. Hacer pornografía emocional con la misma, como a menudo ocurre en las obras que hablan de enfermedades terminales, no solo le quitaría peso, sino que sería una falta de respeto para las personas que la sufrieron.

Así, el sentimiento de pérdida y tristeza es sustituido por la melancolía y la nostalgia de la Francia de los 90. En este aspecto, la ambientación está muy bien conseguida, sobre todo a través de la música, compuesta por una selección magistral de temas que va de Cocteau Twins a Massive Attack. La culpabilidad y el estigma de la enfermedad directamente desaparecen casi por completo, invitándonos a observar el disfrute sexual sin complejos; aunque parezca mentira, todavía en 2019 resulta refrescante este punto de vista.

Aparte del trabajo de los actores, todos ellos entregados de pleno a la complejidad y la naturalidad de sus papeles, destaca también el uso del color. En la cinta predominan los tonos azules no solo en el departamento de fotografía, también en la dirección de arte y vestuario. Incluso en la elección del casting (la mirada azul de Deladonchamps resulta hipnotizante). Con esto, el director consigue un acabado estético agradable y equilibrado, y aporta cierta calma visual que contribuye también a rebajar la intensidad emocional de lo que se narra. Pero además, al que escribe estas líneas le gusta pensar que Honoré tenía en mente la última película de Derek Jarman, Blue, estrenada precisamente en 1993, una de las obras cinematográficas más radicales de su tiempo, que consiste en una imagen fija azul sobre la que Jarman, en off, habla de vivir y morir con la enfermedad del sida.

Vivir deprisa, amar despacio es, en fin, una obra inteligente y sensible, en la cual el director retoma la frescura y el encanto de sus inicios, ahora refinados por la experiencia de casi veinte años tras la cámara, para volver a situarse en un lugar privilegiado de la cinematografía francesa contemporánea. Habrá que ver qué nos ofrecen sus próximas cintas, pero por el momento parece que ha tomado el camino correcto.

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