Crítica

War Horse (Caballo de batalla) – Steven Spielberg

posted by Alberto Varet Pascual 6 febrero, 2012 0 comments
Candidez en primer plano, horror fuera de campo

War Horse

En el año 2011 Steven Spielberg presentó dos películas muy diferentes. Aunque sea posible rastrear un estilo en sendos filmes, Las aventuras de Tintín y War Horse, que llega ahora a nuestras salas, difieren tanto que conviene preguntarse si realmente al ‘Rey Midas de Hollywood’ no le pesó demasiado la producción de Peter Jackson en su infame versión del clásico de Hergé.

Si bien es cierto que se trata de dos productos que miran la taquilla, su forma de hacerlo es muy distinta. Mientras que el proyecto sobre Tintín era un indiscutible trabajo para un público infantil en el que muchas (si no todas) las referencias adultas del genio belga se difuminaban en la pirueta visual, esta otra cinta, cándida a priori, se quebranta por dentro a través de un relato bélico.

La obra comienza con unos planos aéreos del territorio inglés de Devon. Spielberg muestra con mano ágil la vida a comienzos del siglo XX de una familia que vive en un campo arrendado, su relación con el arrendador y su trato con el resto de los ciudadanos. Aquí la película adolece de una mirada superflua y estereotipada tanto en su retrato de época como en el de los personajes que pueblan la pantalla. Sin embargo, es difícil no sentir cierto regocijo ante unas secuencias en las que resulta palpable la influencia de El hombre tranquilo, el clásico de John Ford, que ya fue homenajeado en E.T.

Evidentemente, la puesta en escena del autor de Tiburón no es tan compleja como la de Ford porque su mirada a la vida rural británica carece de la profundidad y la honestidad de éste. Si en las imágenes del creador de Centauros del Desierto vivía una herencia propia, un legado familiar, en las de este film más bien habita cierta impostura y una sensiblería que no es, sino, una candidez trasnochada.

A su vez, la historia que sucede a este largo arranque, además de previsible, acaba tornándose inverosímil al caer constantemente en la ñoñería dentro de un ámbito terrible (la guerra). Todo ello dentro de una película de más de 140 minutos que, sin embargo, nunca acaba por aburrir. ¿Cómo puede, entonces, mantener al espectador atado a la butaca una obra que, en principio, no es más que otra muestra más del cine familiar made in Hollywood? La respuesta la podemos encontrar en su interesante andamiaje narrativo.

Si nos fijamos, tras la introducción, justo cuando la producción entra por los derroteros bélicos, la línea de exposición de los hechos se atiene a las peripecias del caballo. Las aventuras del animal marcan los lugares por los que transita una narración que jamás decae y la forma en la que Spielberg se desplaza a través de los diversos personajes, las situaciones y los espacios, además de ser brillante, nos regala una lectura muy interesante: al igual que el padre del protagonista, el caballo está marcado por una dura vivencia. No obstante, sólo el ser humano puede dar cuenta de ello y el cine, como instrumento del hombre, está ahí, tanto para hablar de una serie de relaciones (con la familia, con los animales), como para revelar unos determinados sucesos trágicos que conectan con una sensibilidad contemporánea.

El cineasta estadounidense entrega un film que trata de reflexionar sobre la crisis del presente como un problema generacional. Si su trabajo siempre ha tenido a la familia como centro gravitatorio, en esta película su mirada encuentra una extraordinaria coherencia que emociona sin trampas al retratar a unos hermanos enrolados en el ejército del Imperio Alemán, a una niña francesa que ha quedado huérfana por culpa del conflicto o a un padre y su hijo que se miran al final del metraje como dos tenues reflejos provocados por unas opacas cicatrices de guerra.

Es ahí, en esas lecturas ‘invisibles’ y en la forma en la que la pesadilla queda fuera de campo, donde aparece el mejor Spielberg de toda su carrera. Si la mayoría de la cinta está lastrada por el conocido sentimentalismo del director, su insistencia en crear una realización amable genera, paradójicamente, las imágenes más sutiles y sugerentes de su obra.

Así, es difícil no asombrarse al ver cómo una carga sobre un fuerte concluye con una magnífica elipsis de esas que ni se intuían en la hipertrofiada Las aventuras de Tintín. O, del mismo modo, resulta imposible no conmoverse cuando somos testigos de una barbarie bajo un molino en una escena que carece de planos cortos y en la que el cineasta se muestra insólita y afortunadamente aséptico.

Los triunfos de War Horse son, pues, inobjetables y serán reivindicados por una gran parte de la crítica y por la mayoría (si no todo) el público medio. No todos los días aparece un producto capaz de bascular de forma ejemplar entre títulos como Colmillo Blanco y Salvar al soldado Ryan. Sin embargo, su logro es también su defecto pues ese tono, a medio camino entre el horror bélico y la producción para todas las edades, del mismo modo que proporciona lo mejor del arte de su director, condena al film a ser demasiado blando.

5,5


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